En el momento de su estreno, allá por 1998, lo que me molestó de Torrente, el brazo tonto de la ley, no fue el humor zafio, ni la chabacanería, ni el mal gusto, ni los chistes machistas. No hacía falta cavilar mucho para comprender que aquel personaje odioso, lastimoso y deplorable era una sátira en carne y hueso de ciertos comportamientos típicos de la España profunda. Que, más o menos, por suerte o por desgracia, casi todo el mundo conocía a algún policía adicto a la chulería, al carajillo, a las gafas de sol, al Torito Bravo, a la falta de h
|
etiquetas: torrente , vox