No todos los años tienen el privilegio de ser una bisagra. 1732 lo fue. Porque en ese año, el vampiro —ese espectro campesino, de boca violácea y corazón aún tibio al tercer día— dejó de ser un murmullo de aldea y se convirtió, de golpe, en objeto de estudio. Se abrió en canal no ya su pecho, sino su significado. Por primera vez en la historia, se le diseccionó con las herramientas de la razón, el bisturí académico y la imprenta.
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