A sus 74 años, Anna no entendía por qué les obligaban a sufrir así. Durante el siglo XXI había disfrutado una vida próspera y llena de amor junto a su marido. Los dos lloraron juntos una vez más, abrazados. Otra despedida. Ella no quería perderle, pero respetaba su «derecho natural a no revivir». No era una simple reivindicación. El reputado doctor en Ingeniería de la Consciencia logró, una vez más, saltarse las medidas de seguridad. Sentado en su lado del sofá, sereno, se …