El sargento no dejaba de empujar a su pelotón hacia delante. La masacre debía continuar, pesara a quien pesara. Y su unidad era la mejor. Casa por casa, eliminando la resistencia y volándola. No importaba si todavía quedaba gente dentro. Tras volar la última casa, oyeron ruido bajo los escombros. Eso, normalmente, no hubiera importado, pero también escucharon los llantos de un bebé. Bajo un montón de escombros, alrededor de una mesa, asomó la cabeza de una mujer, completamente cubierta de polvo. Cubría …
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