Antes que el pecado fue el castigo. Fue después de una charla extraña, un diálogo consigo mismo: ¿como lo horrible aparentaba ser tan cierto? No había culpa, pero las consecuencias eran duras y claras: el dolor, la degeneración, la corrupción de la carne en vida, por fin, la muerte. Y, ¿por qué saberlo? ¿Por qué condenar la existencia ignorante, pacífica y dichosa, en una espera consciente del final más humillante …
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