Llegas a casa, enciendes la luz del pasillo, pones una lavadora, te haces la cena en la vitro, ves la tele y cargas el móvil. Ninguno de esos gestos huele a vicio. No hay resacas, no hay humo, no hay cirrosis, ni cáncer de pulmón, no hay peligro sanitario que obligue al Estado a desincentivar nada. Y, sin embargo, en España la electricidad se grava con un impuesto especial, esa categoría fiscal que se reserva para productos que generan costes sociales como el alcohol o el tabaco. La luz, ya ven, se trata como si fuera champán o un puro.