Parecía un truco de magia. Empezó con una declaración de intenciones. Y todos nos reímos. Unos decían: menudo loco; otros, menudo imbécil. A la declaración de intenciones siguió una orden escueta, poco tranquilizadora: asesinen a todos los que nos vistan como yo. Seguimos riéndonos. Dijimos: pero quién va a hacer caso a la primera tontería. Entonces, llegó el primer tiro. Se hizo un absoluto silencio. Todos teníamos miedo a salir a la calle, así que decidimos quedarnos en casa. Encendimos...
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