Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia, algunos hasta divinos, y el mundo moderno por fenómenos o procesos, a veces heroicos, la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas».