Recordaréis, allá por ese lejano 2016, el “escándalo” del pizzagate, una de las subtramas de los correos de la campaña de Hillary Clinton filtrados por los servicios de inteligencia rusos1 que acababa asociando al expresidente con Epstein. Había todo un folklore, una mitología incluso sobre el oscuro, misterioso, ominoso y omnipotente cabal de degenerados ultramillonarios pedófilos que dirigían los destinos del mundo, con el millonario en su centro y una coalición de políticos demócratas detrás.