El fascismo no muere, solo se transforma. Cambia de forma cada vez que el mundo se fractura un poco más. Entra por las grietas del desencanto, del miedo, de la pérdida de sentido. Se disuelve en la cultura digital, se mezcla con la estética del fitness, con la ironía de internet, con el tedio de una generación criada entre crisis y pantallas. Ya no necesita proclamar su nombre para existir: basta con que contagie su lógica. En el siglo XXI, la derecha radical se mueve como un virus: silenciosa, adaptable, distribuida. Se apropia de símbolos ...