He hecho sacrificios de focas a la diosa Qailertetang para que me favorezca. No quería matar al oso. Yo cazaba entre montañas de hielo a la deriva y el olor amarillo de su grasa llegó a mi nariz. Medio día después lo vi asomar a muchos pasos, entre agujas de hielo flotante, hambriento. Dejé que se acercara y cuando estuvo a tiro invoqué a los antepasados; la lanza obedeció a mi brazo. Quedó clavada en el costado blanco, brotaba humo rojo. Bramó su boca hecha de hielos y sangres. Quedó moribundo tendido en el …
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