Hubo una época en España, en la que podías llegar a casa, encender la televisión a las siete de la tarde y encontrarte con absolutamente cualquier cosa: gente que descubría en directo que su pareja le había sido infiel, jóvenes enamorados por un chat, reencuentros familiares después de años sin verse, abuelas metidas a gogós, amigos que se pedían perdón, exnovios que intentaban volver o niños que fumaban para "hacerse el chulo". Todo ello convivía en el mismo sitio, el mismo plató y el mismo programa: el Diario de Patricia