En un rincón del Moncayo, donde la niebla se desliza lentamente entre las laderas y el silencio parece tener peso propio, existe un pueblo que fue condenado por la Iglesia Católica… y nunca perdonado. Un lugar donde durante siglos no se podían celebrar misas. Donde los muertos no podían descansar en suelo consagrado. Donde, según la tradición, las brujas no eran una leyenda… sino una presencia aceptada, temida y, en cierto modo, cotidiana. Ese lugar es Trasmoz.
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