Póstumo leyó el obituario sentado sobre la fría y sucia acera, su actual hogar. Su misteriosa desaparición, avivada por una críptica nota de suicidio, logró lo que nueve prometedoras novelas no pudieron: convertirlo en una celebridad.
Frente a él, su rostro aseado protagonizaba el escaparate de una conocida librería. Mucha gente paraba, conmovida por el genio perdido, y salía con algún ejemplar bajo el brazo. Observar aquel trajín le alegraba el día.
Alguna vez pensó en "resucitar", pero temía arruinar el prestigio por el que tanto había luchado. Así que siguió celebrando su gloria entre orines, colillas y cartones de vino.
Una tarde vio acercarse a su editor, quien, distraído, pasó junto a él y le arrojó una moneda. Póstumo sonrió ante aquella inesperada regalía. Su recompensa era otra: la posteridad.