Cuando llegó, todo eran sonrisas. El señor resultaba de lo más gracioso y todos reían sus gracias. Era un rico como tantos otros, con tiempo para jugar al golf, comer con fruición y molestar lo menos posible al servicio, encantado de, por una vez, no sucumbir a las locuras de un nuevo rico. Jugaba al golf, comía y bebía, realizaba fiestas que lo hacían sentir satisfecho. Hasta que ya no. Empezaron entonces los rituales extraños, en que bebía la sangre de personas puras, aunque nadie sabía qué demonios …