Tan pronto como aprendió a leer, mi padre devino en un voraz, apasionado y desprejuiciado lector de novelas y, aunque ahora su vista ha mermado prácticamente hasta la ceguera, de oído las sigue leyendo a través de los audiolibros. Durante su infancia devoró todas las novelas de aventuras que cayeron en sus manos, y, aunque sólo fuera por eso, su opinión merece ser mencionada. Consideraba que novelas como Las minas del rey Salomón, El prisionero de Zenda (que da nombre a esta distinguida revista) o Los tres mosqueteros estarían seguro entre las