Ella me juzgó y condenó en un solo acto, sin necesidad de mayores rituales. Supe de inmediato que no había apelación posible, que la súplica era inútil, que la esperanza había acabado con aquella última mirada sólida que me atravesó el estómago. Supe, con un estallido de dolor, como un boxeador que recibe el directo que lo derrota, que recordaría cada palabra, cada gesto, cada silencio de aquella condena dictada sin defensa posible; que el hecho de que yo fuera inocente era parte del castigo, del no...