Comercios singulares que cierran, franquicias internacionales que abren y centros urbanos que cada vez se parecen más entre sí. Mucha gente ve en esta combinación una prueba irrefutable de que las ciudades van perdiendo el carácter propio y que nos encaminamos hacia una cultura global, uniformizadora, hecha a la medida de las necesidades del sistema económico. ¿Es una realidad inevitable o hay brechas en las que se puede mantener la diversidad?
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