Quiere preguntarme, pero nunca lo hace. Apenas puede mirarme a la cara antes de apartar su mirada con vergüenza. Como cada día, me acompaña a ver el atardecer, en silencio, sentado en las viejas escaleras del porche. Él quería que me marchara de allí, que estudiara, que trabajara en la ciudad y que tuviera una novia con la que nos pudiera reprochar cada domingo lo poco que íbamos a verle... y ahora... ahora él se culpa de todo, de todo lo que pasó. Me cansé de intentar convencerle de lo contrario. Le comentaron que...