Daba mucha vergüenza ser facha, pero ha vuelto la moda, como los pantalones de campana. La rueda de la fortuna no para de girar, aunque a veces se embarre y salpique. El facha de antes (del último medio siglo) solía ser un señor entrado en años y en carnes, fragante a tabaco y loción de señor, con cortinilla capilar canosa y/o teñida, trajines varios y traje estándar, a menudo cruzado, corbata reventona o pecho airoso y encadenado; opinaba sin matices o misericordia para que lo oyeran en la acera de enfrente y solo él tenía razón