Construido en madera y hierro hacia 1562, el monje mide apenas 40 centímetros, pero ejecuta movimientos complejos: camina, gira la cabeza, mueve los ojos, se golpea el pecho, besa una cruz y parece rezar mientras avanza. Todo ello impulsado por un mecanismo de relojería oculto en su interior.
Más de cuatro siglos después, el autómata sigue funcionando. Hoy se conserva en el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Smithsonian, en Washington, donde continúa caminando y rezando como lo hacía en el siglo XVI.