Existe una narrativa oficial sobre el origen de la UE que resiste tenazmente a cualquier desmentido: (...). Es una narrativa bella, edificante y, en gran medida, falsa. O mejor dicho: verdadera lo suficiente como para ocultar lo que realmente importa, es decir, que la arquitectura profunda de la Unión Europea —su ADN institucional, su antropología implícita, su filosofía del poder— no proviene de Roma ni de Viena, sino de Londres y de Washington. Es hija del pragmatismo anglosajón, del utilitarismo benthamiano y, en última instancia, de una...