A sus 74 años, Anatoliy Paduka apenas sale de su casa en Odesa, Ucrania, salvo para pasear a su perrito entre los bloques de departamentos construidos en la década de 1960 y los puestos de frutas y verduras. Cuando pasa, la gente suele seguirlo con la mirada. Sus sombreros caprichosos y pañuelos estampados destacan en medio de la desesperanza gris y fatiga apagada —y el sonido familiar de las sirenas antiaéreas— que impregnan nuestra ciudad, en el sur del país.
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