Juzgar a un animal como si fuera un criminal resulta hoy profundamente absurdo. Hasta grotesco, dado que no pueden entender una norma, ni elegir incumplirla. Y, sin embargo, hubo un tiempo en que esto no solo ocurría, sino que formaba parte del sistema judicial. Hay que remontarse muy atrás en el tiempo: entre los siglos XIII y XVI, en distintos puntos de Europa, animales como cerdos, vacas, ratas o incluso insectos fueron procesados en tribunales reales y eclesiásticos.