El Jeep, abarrotado de fusiles y sus empuñadores, dibujaba tras de sí una cometa de polvo y arena. Sentía que casi podía masticar el calor del desierto. Avanzaban hacia el horizonte, hacia ese coloso metálico de mil brazos retorcidos que hurgaban la riqueza más profunda. Un bramido grave y hondo se clavó en su pecho consiguiendo que su cabeza girara hacia la izquierda, donde atravesando la ventana, un inmenso barco ondeaba las barras y estrellas mientras rodeaba un iceberg. Inuk apagó la pantalla y salió a verlo más...