La vida de una camisa no se antoja emocionante. Te sacan del armario, te arrugan, te sudan, te lavan, te planchan y vuelta al armario. Yo, al menos, soy una camisa de sábado noche. Tengo mejores recuerdos que mi compañera, la que roza con el teclado del ordenador entre semana. Yo viví la fiesta. No era la primera vez que acababa tirada en el suelo, arrugada junto a la cama. Pero esta vez ha sido diferente. Me han lavado delicadamente y, sin planchar, floto libre sobre una piel tersa y suave. Espero que él no vuelva a buscarme.
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