Hace tres años. Exhaustos, atravesamos el pueblo entre cascotes. Su casa era la única habitable. No nos preguntó de qué huíamos. Miró a los pequeños, no dudó: — Quedaos, hay sitio de sobra. No hagáis ruido. Tres inviernos, han sido duros. Le cuesta más moverse. Con las primeras brisas tibias se sienta en el poyo de la puerta, la espalda apoyada en la pared. El canijo juguetea junto a él, que le acaricia la cabeza. Puedo intuir media sonrisa dibujada en su boca. Pero, al atardecer, su mirada se …