Una bodycam es discreta, en cambio, con un teléfono apuntándote a centímetros del rostro la cámara se impone. Te recuerda, de forma brutal, que todo lo que digas, hagas o gesticules está siendo registrado. No es casual que muchos lo describan como intimidante. La tecnología no solo documenta, presiona. Expertos en derechos digitales y privacidad lo dicen claro: si un agente graba con su propio dispositivo, puede borrar, editar, guardar o compartir ese material fuera de cualquier control. Puede conservar o eliminar lo que le conviene.