Europa suele contarse a sí misma como una historia de progreso continuo: de la superstición a la ciencia, del absolutismo a los derechos humanos, del medievo a la modernidad. Pero el mapa europeo es traicionero y guarda excepciones que parecen diseñadas para recordarnos que el pasado, a veces, no se va: se enquista. Una de las más fascinantes es el Monte Athos, un lugar real donde hasta fechas sorprendentemente recientes estuvo prohibida la entrada a las mujeres, a las hembras de los animales y, durante siglos, también a los catalanes.