El mundo no es una Hidra, sino una cadena
Algunas reflexiones sobre la teoría y la teoría antifrágil de Nassim Nicholas Taleb: por qué el mundo no es antifrágil (y nunca lo fue) y, de hecho, no se beneficia del desorden.
Hemos llegado a creer que nuestro mundo se fortalece con las crisis. Que las crisis nos hacen más inteligentes, los sistemas más resilientes, las economías más robustas. Es una idea atractiva. Casi reconfortante.
Proviene del trabajo de Taleb, quien sostiene que algunos sistemas no solo resisten el estrés, sino que mejoran gracias a él. La Hidra que desarrolla dos cabezas cuando se le corta una. El sistema inmunológico que se fortalece con la infección. El emprendedor que aprende del fracaso.
Todo cierto. Pero se introduce un peligroso malentendido cuando aplicamos este principio al mundo en su conjunto. Porque el mundo no es una Hidra.
La antifragilidad solo funciona bajo condiciones estrictas. Los impactos deben ser localizados. Los daños deben ser contenidos. La recuperación debe ser rápida y económica. Y, sobre todo, debe existir una base estable sobre la que se pueda experimentar. Y ahí es precisamente donde falla.
Nuestra economía moderna se basa en lo contrario. No en fallos locales, sino en dependencias globales. No en reservas, sino en eficiencia. No en ciclos de recuperación rápidos, sino en infraestructuras lentas y que requieren mucho capital. Una refinería no aprende nada de un cierre. Una cadena de contenedores no se fortalece con una interrupción. Un sistema agrícola no se recupera de la escasez de fertilizantes, sino que produce menos.
Lo que emerge aquí no es antifragilidad, sino fragilidad acumulativa. Los choques se refuerzan mutuamente.
La confusión surge porque mezclamos lo micro y lo macro. A pequeña escala, la antifragilidad suele funcionar bien. Los músculos se fortalecen con el estrés. Las empresas emergentes prosperan en la incertidumbre. Los individuos se adaptan. Pero a nivel sistémico, se aplica una lógica diferente. Cuanto más grande y compleja sea la estructura, más difícil será aislar el daño.
Lo que para el individuo es un proceso de aprendizaje, para el sistema se convierte en una reacción en cadena.
Y las reacciones en cadena no aprenden nada. Hay más. La antifragilidad presupone un excedente: un espacio donde se pueden absorber los errores. Pero ese espacio se ha optimizado sistemáticamente en el mundo moderno. Los inventarios son mínimos. Los plazos son ajustados. Los flujos de energía y materiales se maximizan.
La eficiencia no es una fortaleza aquí, sino una forma de vulnerabilidad. En el momento en que el flujo se interrumpe, no queda margen.
Lo que sigue es una extraña paradoja. Hemos construido un mundo que se ha vuelto más adaptable a pequeña escala, pero más frágil a gran escala. Flexibilidad local, rigidez global. Resiliencia individual, dependencia sistémica. Creemos ser un organismo. Pero funcionamos como una máquina.
Y las máquinas tienen una propiedad simple: no mejoran a partir del daño. Esa es la verdadera lección de nuestro tiempo.
No que debamos volvernos antifrágiles, sino que debemos reconocer dónde termina la antifragilidad. Que no todo puede aprender. Que no todos los sistemas se recuperan. Y que algunas estructuras, por impresionantes que sean, en última instancia dependen de una condición: que sigan funcionando. Porque en el momento en que eso deja de ser evidente, el mundo se revela no como una Hidra, sino como una cadena.
Y las cadenas se rompen.
Zip en C§E
El que voy a exponer no es el único caso, seguramente hay cientos iguales, pero éste me ha llamado la atención tras ver este vídeo:
twitter.com/TuiteroSismico/status/2036877424764547358?s=20
El alcalde de Margaliot, en Galilea, una población en una punta de tierra embutida entre los Altos del Golan y el Líbano, y cercana a la frontera de ésta última, se queja amargamente de que tanto su asentamiento como los de Misgav Am, Teshuba y Gader, limítrofes con el Líbano, están siendo bombardeados y destruidos por los cohetes de Hezbollah, y lo expone a pesar de la censura militar.
Me ha llamado la atención el nombre compuesto de "Misgav Am" y me ha dado por buscar información. Tanto Margaliot como Misgav Am son poblaciones israelíes fundadas poco antes o poco después de 1948, pobladas por gente venida de Irak, de Yemen, de Turquía, de Sudamérica, de Europa…
¿Sobre tierra libre? No, sobre Hunin. Misgav Am se fundó en 1945 en las afueras de Hunin, una población palestina cuyo rastro arqueológico nos lleva a la 1.ª Edad de Hierro, 1.200 años antes de Cristo. Cuenta con un castillo medieval, el Chastel Neuf, construido en el s.XII por los Cruzados:
Hunin pasó por varios mandatos, desde los romanos a los árabes, desde líderes locales hasta el Imperio Otomano, Francia o Inglaterra, pero, que se sepa, siempre conservó a sus habitantes, con idas y venidas, como cualquier población, pero manteniendo población autóctona, básicamente una mezcla de los cananeos y amorreos originales que habitaba la zona desde siempre y los árabes que invadieron la zona en el s.VII. Eran musulmanes chiíes.
Hasta que llegó 1948. El año de la Nakba, "la catástrofe", la limpieza étnica de árabes llevada a cabo por Israel. En agosto de ese año, sabiendo que se acercaban fuerzas israelíes del Palmach, la élite de las fuerzas de asalto de la Hagana, la fuerza paramilitar israelí, casi la totalidad de los más de 1.600 habitantes de Hunin huyeron al Líbano.
Quedaron unos 400 habitantes.
Esos 400, junto con el resto de los habitantes que quedaron, como ellos, remanentes en otras poblaciones cercanas de la región después de que la mayoría de sus pobladores hubiera huido, un total de unos 4.700, con tal de permanecer en su tierra, en sus casas, les trasladaron a los israelíes su voluntad de ser buenos ciudadanos de Israel. Habían vivido bajo muchos señores, no les importaba uno nuevo, siempre que pudieran seguir en sus casas. La petición se elevó al Gobierno israelí, recibiendo incluso el apoyo entusiasta de Bechor-Shalom Sheetrit, Ministro para las Minorías. Éste trasladó la petición, con su apoyo explícito (siendo chiíes, sería bueno para una relación amistosa con el Líbano), a la presidencia.
La propuesta fue rechazada.
El nuevo señor no quería viejos súbditos, quería sus tierras. Iban a llegar judíos de todas partes del mundo, e iban a necesitar sitio.
En este documento, fechado en septiembre del '48, se detallan las órdenes a las tropas que debían asaltar el pueblo otra vez, con una descripción previa de las circunstancias políticas e históricas:
"Esta es la orden de septiembre. Similar a la de Dir Yasin y otros casos. Cualquier intento por parte de los aldeanos de manifestar sus intenciones pacíficas o su disposición a vivir bajo la soberanía israelí resultaba inútil. En muchos casos como estos, estaban condenados tanto si se resistían como si no.
1. Enemigo: La aldea de Hunin fue desalojada durante un intercambio de disparos en los alrededores de Manara (una colonia judía en la Alta Galilea); es posible que sus habitantes hayan regresado entretanto.
2. Nuestras fuerzas: Pelotón G
Dos unidades de zapadores del Pelotón Auxiliar [y algunos detalles más como este]
3. El objetivo: irrumpir en la aldea de Hunin, matar a varios hombres, tomar otros prisioneros, volar algunas de las casas de la aldea y quemar todo lo que sea inflamable [literalmente, todo lo que se pueda quemar].
En el resto del documento se señala que los zapadores llevarían consigo 250 kilos de TNT.
En realidad, «varios hombres» fueron veinte; «algunas de las casas», fueron veinte casas y la mezquita."
En el asalto militar, como dice el documento, pues "lo típico" en esos asaltos militares en los que se pretende aterrorizar a la población para que se vaya: 20 hombres muertos, varias mujeres violadas, una veintena de casas quemadas, la mezquita del pueblo derruida…
Los pobladores de Hunin que sobrevivieron al ataque huyeron al Líbano. Misgav Am, el asentamiento israelí de las afueras, empezó a expandirse sobre lo que fueran las casas y las tierras de los árabes. Margaliot sería fundada en 1951, al sur de la población, también sobre los restos de Hunin.
Así que Misgav Am (y Margaliot, y otros dos o tres asentamientos israelíes más), son Hunin, y Hunin es ahora Misgav Am y esos asentamientos.
Como dije al principio, ésta no es sólo la historia de Hunin, es la de varios centenares de pueblos palestinos que han sufrido exactamente el mismo destino, o incluso peor. Y sus actuales habitantes, muchos de los cuales llegaron cuando ya no había ni casas ni habitantes originales, porque el Estado israelí había empezado a construir encima, ni siquiera conocen la historia de los que allí vivían, de las atrocidades llevadas a cabo por los sionistas para que ellos tuvieran dónde vivir, ni siquiera saben que allí había antes un pueblo árabe, o su nombre.
Es la historia de una usurpación.
menéame