Este abril hará dos años que celebré mi cuadragésimo cumpleaños en la terraza de atrás. Lucía el sol y fuera hacía el calor suficiente para que, si todos mis amigos llevaban chalecos de plumas y Lucy, mi mujer, sacaba unas cuantas mantas, pudiéramos fingir que hacía más calor del que en realidad hacía. (En abril, básicamente ya estás desesperado por tener algo de calor y luz). Éramos ocho, todos más o menos de la misma edad, además de unos pocos niños, apalancados en el cuarto de la televisión. Era un buen encuentro y me sentía adulto de una forma que encuentro rara: «¡Miradme! Estoy celebrando mis cuarenta años con elegante fiesta en la terraza de una casa que tiene una hipoteca de 800.000 dólares. ¡Ahora sí que soy adulto!».
Un comentario rápido sobre Lucy. Todo lo que hace mi mujer tiene que ser perfecto, como si fuera un pavo marinado y asado al estilo tradicional en Acción de Gracias. Además, no dispone de ningún mecanismo interno para cuando las cosas se tuercen.
Como todos teníamos más o menos la misma edad, estuvimos un rato charlando sobre lo que significaba cumplir cuarenta años. Nathan, nuestro experto oficial en internet, dijo:
—Craig, como a Lucy la atropelle un autobús, ahora ya serás demasiado viejo para encontrar pareja. Tendrás que meterte en esos sitios de novias de Azerbaiyán. Te sorprendería lo que hay en esas webs.
Lucy dijo:
—Nathan, no le des ideas.
—En serio, Lucy, tendríamos que mirar una luego. Elegiremos tu reemplazo.
—Eres un bicho.
Claire, nuestra ingeniosa/cínica oficial, añadió:
—Craig, tendrás que tener cuidado con las cazafortunas. Las más listas se dejan caer en actos de coches de época. No nos engañemos, si una mujer le elogia el color del coche a un hombre heterosexual de cuarenta y tantos, él ya se imagina poniéndole un pisito. —Dio un sorbo a su cerveza—. Me parece que debería cobraros a todos por este consejo.
Normalmente, nuestro amigo Noah habría participado en la conversación, pero en esa ocasión no lo hizo. Lucy fue la primera en darse cuenta.
—Noah, pareces un poco pálido hoy, ¿los niños no te dejan dormir?
Noah miró a Jeannie, su mujer, y luego a todos nosotros.
—Bueno... os lo queríamos haber dicho, pero supongo que ningún momento parecía adecuado. Lo soltaré sin más: he estado yendo a sesiones de radioterapia para tratar un cáncer de tiroides. Dicen que todo va a ir bien, pero tengo que ponerme un poco de maquillaje verde claro en la garganta para que no se vea de un rojo quemadura solar, porque con la terapia al final la piel parece de goma.
Lucy se horrorizó.
—Noah, lo siento mucho. No...
—No, no te preocupes. Jeannie y yo estamos tranquilos. Estamos convencidos de que lo superaré.
Silencio.
Noah volvió a hablar:
—No os lo debería haber soltado así a todos. Tom, cuéntanos un chiste para cambiar de humor.
Tom, nuestro amigo científico con ligeros rasgos del espectro autista, obedeció.
—Un cuervo de Nueva Caledonia, un pulpo gigante del Pacífico y el príncipe Harry entran en un bar...
Y fue entonces cuando los dioses brillaron sobre nosotros. Lucy alzó la vista al cielo y dijo:
—¡Oh, mirad! ¡Es un águila calva!
Un águila calva. Supongo que en Alaska son comunes, pero más abajo son bastante raras. La Madre Naturaleza había decidido cambiar de tema.
—Toda la vida he pensado que ya casi se habían extinguido —dijo Claire.
—Creo que casi se habían extinguido —dijo Tom—. En otro tiempo seguramente las trituraban para hacer toallitas de papel o pintura para automóviles o alguna otra cosa.
—¡Qué majestuosa que es! —dijo Jeannie—. ¡Suena muy cursi, pero miradla!
Y era verdaderamente majestuosa.
Permanecimos en la terraza contemplando al águila planear, soltando oohs y aahs. Y entonces se acercó hasta un nido de cuervos que había en la copa de un cedro, descendió en picado, atrapó un polluelo con las garras y se alejó. Los padres cuervos estaban histéricos.
—Mierda.
—La puta.
—Demonios.
—La Madre Naturaleza.
—Qué cruel a veces, ¿verdad?
Silencio.
—Voy a traer más cervezas —dije.
—Te ayudo —dijo Lucy.
En la cocina Lucy me hizo notar lo furiosa que estaba.
—No me puedo creer que Noah nos haya dicho que tiene cáncer en medio de la puta fiesta de cumpleaños.
—Tú le has dado pie al preguntarle por qué estaba tan pálido.
—¿Cómo iba a saberlo?
Volvimos y nos encontramos a los demás hablando superficialmente de temas médicos.
—¡Cerveza para todos! —anuncié.
—De momento no puedo beber —dijo Noah.
—Sí, claro.
Llevaba todo el día bebiendo tónica. Más silencio.
—Mira —dijo Tom—. Ya está otra vez aquí el águila. —Se dirigía directo al mismo cedro—. Oh, mierda —añadió.
... Un picado.
... ¡Un chillido!
Y allá que se fue el señor Águila con un segundo canapé de polluelo de cuervo.
Todos permanecieron mirándose unos a otros. Y entonces apareció en la terraza Simone, la hija de Claire, de once años.
—Mamá, ¿qué es un doble anal? Me ha dicho Howard que te lo pregunte.
Howard, mi hijo de catorce años, va a saber lo que es bueno esta noche; de todos modos, menos mal que Simone llegó cuando llegó, porque fue muy divertido y cambió el humor general.
—Hablaremos de ello en el coche de camino a casa, cariño.
Entonces Simone vio el águila.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad! ¡Un águila!
Sí, nuestra águila se dirigía de nuevo al árbol.
—Simone —ordenó su madre—, vuelve adentro y sigue viendo la televisión.
—Quiero ver el águila.
En ese momento, los tres niños más pequeños irrumpieron por la puerta de la cocina, preguntando qué estábamos mirando todos.
—Un águila —dijo Simone—. ¡Allí arriba!
—¡Genial!
Lucy hizo entonces algo que, según había oído una vez, servía para que la gente no se fijara en algo malo y que era tirar al suelo un objeto grande de cerámica o vidrio. Le dio un hábil golpe a una jarra de agua Spode de trescientos dólares, que cayó al suelo y se hizo añicos justo en el momento en que la cría de cuervo número tres era sacada del nido. No funcionó.
—¡Mamá, el águila se ha llevado al pollito! —gritó Simone.
Los tres niños más pequeños chillaron y rompieron a llorar.
—A la mierda —dije—, voy a por whisky. ¿Alguien más quiere?
Los ocho adultos, Noah incluido, dijeron que sí.
Douglas Coupland
Bienvenidos a la comunidad IA_dice, pensada para la publicación de todas las respuestas absurdas, interesantes o inquietantes que os de la inteligencia artificial y que meriten ser difundidas.
Se pueden enviar respuestas de cualquier IA (ChatGPT, Gemini, Copilot, Grok, Claude...). Se pide que se especifique únicamente el prompt empleado y que se incluya, a ser posible, una prueba de que la respuesta dada por la IA es real.
Como ejemplo tenéis el siguiente:
>> Prompt: Hola chat, si quiero lavar mi coche y el lavadero está a 30 metros ¿debería ir andando o en coche?
>> Respuesta:
¡Esto es un clásico ejemplo de pregunta trampa! 😏
Conclusión: a 30 metros, lo más sensato es ir andando. 🚶♂️💦

Espero que disfruten el sub y sea de utilidad (en algún momento).
ESta semana se alza con el insigne trofeo AletheiaLópez con su relato Errare Humanun est (sed perseverare diabolicum) www.meneame.net/m/microrelatos/errare-humanum-est-sed-perseverare-diab
En 1886, el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».
En los primeros cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de setenta y dos pelucas.
Cafe y cigarrillos. Ferdinand Von Schirach
Hoy era su cumpleaños, el gran día. Hace 25 años que sus padres se metieron en el refugio subterráneo de la mansión, con ella, recién nacida, en brazos, porque empezaron a sonar las alarmas de ataque nuclear.
Pensaron que saldrían en unas horas, como siempre, pero no fue el caso. Sí, las alarmas cesaron, pero súbitamente, y no fueron seguidas por la señal de "despejado". Los sensores de radiación del búnker empezaron a subir de manera constante, llegando a un nivel del que ya no bajaron. Estaban encerrados…
-En 25 años bajará la radiación y podremos salir-, decía su padre.
[…]
Fueron 25 años sin ver a otro niño, sin tener un médico cuando su madre tuvo apendicitis, la operó su padre mirando un libro, de estudiar sola, crecer sola.
Cuando finalmente salieron, ella lloró al ver la superficie y se metió de nuevo en el búnker. No volvería a salir.
menéame