Fragmento del monólogo de Ignasi Taltavull – Ya no sé ni lo que digo:
Eh, no, yo creo que si queremos de verdad acabar con la ultraderecha, lo que tenemos que hacer es unirnos la gente de izquierdas y la gente no nazi
La gente no nazi ya está en mi equipo, ya es la única exigencia. No eres nazi, eres mi hermano. Tenemos que unirnos y quedarnos con la simbología de la ultraderecha, reivindicarla como propia. Igual que los gays hemos hecho con el “maricón” que ahora lo decimos nosotros, tenemos que hacer lo mismo.
Las feministas en el 8M, esvásticas lilas pintadas en la frente. Ya os llaman feminazis, id hasta el final sin miedo. Carteles de Führer, yo sí te creo. El día del orgullo, banderas del arcoíris con el aguilucho encima. Que la Audiencia Nacional esté en plan, son de los nuestros, que me bajo con la toga bailar, ¿eh?
Y migrantes cruzando el estrecho cantando el cara al sol, cara al sol.¿ No? Que la Guardia Civil esté como si él canta el cara al sol, el inmigrante soy yo.
No, tío, si nos quedamos su simbología les dejamos sin nada.
Esta gente no son de reinventarse, ¿eh?
Y los confundiremos tanto que habrá nazis diciendo:
"Creo que voy a borrarme el tatuaje de Hitler porque parezco maricón."
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a partir del min 6:52
'Ya no sé ni lo que digo' es el nuevo especial de comedia de Ignasi Taltavull.
Una hora de stand up sobre amor, palomas y homosexualidad, entre otras cosas. Ignasi Taltavull es cómico y guionista, co-creador del podcast La Ruina junto a Tomàs Fuentes, además de los podcast Aquí Estamos y Lejos de Aquí con Adri Romeo. En televisión ha trabajado en Crackòvia y Està Passant (TV3), y en stand-up ha dirigido los especiales de Magí García y Adri Romeo.
La especialidad filtrada en V60 con fermentación anaeróbica consiguió que rozaran las manos. Sonrieron. Salieron a la calle. Bajo la lluvia, un portal los juntó demasiado; el beso fue breve y prometedor. La noche, para beber despacio y prestar atención. Limpia, delicada y expresiva. Cuerpos ligeros sin acidez. Brillantes.
Antes, en el lounge, bebía craft beer, pero desde que se hizo mainstream siempre pido Cruzcampo.
Barrio de El Born, 2:30 de la madrugada.
- Le estaba contando a Ramiro lo de las sensaciones. Es que matar a alguien tiene muchas capas, no es simplemente cargárselo y ya. Es una proyección y una declaración de intenciones. Tiene su vibra, en plan una experiencia orgánica total. De algún modo tú estás siendo el que mata y la víctima, es un espejo en el que te miras para afirmarte ¿sabes? Es muy fuerte. Y va el tío y me dice: "Lo de la navaja es muy mainstream, yo lo de Jack el Destripador lo hacía cuando era chaval, pero si te quedas ahí y no evolucionas es todo aburrido. Eso antes molaba, ahora es muy charca".
- ¿Te parece normal lo que me suelta?
- Qué mal, tío.
- Tremendo gilipollas
Las dos figuras se alejan. Callados van pensando en el outfit con el que matarán mañana.
El amor romántico es un invento reciente (y por eso nos cuesta tanto)
Nos han vendido la idea de que el amor verdadero lo puede todo, que existe una "media naranja" perfecta esperándonos, y que el matrimonio es la culminación natural del enamoramiento. Pero la realidad es mucho más compleja -y fascinante- de lo que las películas nos cuentan.
Durante milenios, el matrimonio no tuvo nada que ver con los sentimientos. Era una transacción: se unían familias, se consolidaban patrimonios, se sellaban alianzas políticas. Los padres arreglaban bodas cuando los novios apenas habían dejado de jugar con muñecas. Nadie esperaba enamorarse de su cónyuge; con suerte, surgía algo de cariño con los años.
La idea de casarse por amor -esa que hoy nos parece tan obvia- es una rareza histórica que apenas tiene tres siglos de antigüedad.
Mientras nosotros usamos una sola palabra para todo, los griegos antiguos distinguían con precisión:
Eros es esa pasión arrebatadora del principio, cuando idealizamos a la otra persona y todo parece perfecto. Intenso, sí, pero efímero por naturaleza.
Philia es el amor de la amistad profunda, basado en el respeto mutuo y la confianza. Los griegos lo consideraban superior porque se elige libremente y perdura.
Storge es el afecto familiar, ese vínculo natural e incondicional que nos une a quienes comparten nuestra sangre.
Ágape representa el amor más elevado: querer el bien del otro sin esperar nada a cambio, amar incluso cuando es difícil.
Aquí está el dilema contemporáneo: esperamos que nuestra pareja sea nuestro mejor amigo, amante apasionado, terapeuta emocional, compañero de aventuras y proyecto de vida, todo en uno. Es una presión enorme para cualquier relación.
Cuando la fase de Eros se desvanece -y siempre se desvanece-, muchos interpretan esa normalización como fracaso. "Ya no siento lo mismo", piensan, y buscan esa intensidad inicial en otra persona, iniciando un ciclo que se repite.
Más allá de sus diferencias, las grandes tradiciones espirituales comparten una intuición: el amor duradero no es principalmente un sentimiento, sino una decisión sostenida en el tiempo.
El cristianismo habla de entrega diaria. El islam enfatiza la misericordia mutua como pegamento de la relación. El judaísmo prioriza la paz en el hogar por encima de la pasión constante. El hinduismo busca equilibrar el deseo con la responsabilidad.
Todas apuntan a lo mismo: el amor maduro se construye conscientemente.
No es encontrar a alguien perfecto, sino comprometerse con alguien real -imperfecto, como todos- y elegir nutrirlo cada día. Es transitar desde el Eros inicial hacia la Philia profunda, aspirando al Ágape cuando sea posible.
No se trata de conformarse con una relación mediocre o de aguantar lo intolerable. Se trata de entender que mantener vivo el amor requiere algo más que sentimientos espontáneos: requiere voluntad, paciencia y trabajo consciente.
El verdadero romanticismo, paradójicamente, está en aceptar que el amor no es magia. Es una habilidad que se cultiva, un jardín que se riega, una conversación que nunca termina.
menéame