La propaganda laboral sobre la felicidad nos habla de esta regla. Una pauta que, por su estructura retórica y su alcance simbólico, remite inevitablemente a aquella fórmula siniestra con la que ciertos regímenes totalitarios del siglo XX anunciaban, sobre los umbrales de los campos de concentración, que «el trabajo os hará libres». En aquel caso se trataba de una ironía macabra; en el presente, se presenta como una verdad científica, una política institucional del bienestar en términos irreprochables e indiscutibles. ¿Vas a negarte a ser feliz? Pues cuanto más trabajes, más feliz serás. Dicho de otro modo: tu felicidad —o sea, tu trabajo— hará rico a tu amo.
Los informes plantean, incluso, la creación de programas de felicidad laboral, muchos de ellos basados en filosofías orientales, como si el zen pudiera ser administrado por el departamento de recursos humanos, del mismo modo que se compra en una farmacia una pastilla de Trankimazin. Se alude, por ejemplo, a un método japonés, llamado de los «círculos concéntricos», como se podría llamar de los trapecios triangulares o de los rombos pentagonales, una suerte de adaptación mística de la autoayuda. Sin embargo, es llamativo que la encuesta en la que se fundamenta este informe —tan exótico él— no se haya realizado en ningún país asiático. No aparece Japón, ni China, ni Corea del Norte o del Sur, ni ningún otro país oriental. El método es japonés; la encuesta, occidental. Curioso procedimiento. El zen se toma prestado como decorado espiritual, pero no se consulta a quienes lo han desarrollado. Quizá se incluya en futuras ediciones; quizá no. En cualquier caso, el informe se presenta como global, aunque los países asiáticos brillan por su ausencia. Es un concepto de globalización muy «occidental».
Datos así revela una de estas encuestas propagandísticas, que se ha aplicado a poco más de 3700 personas en más de 65 países, es decir, a una media de unas 57 personas por país. Una muestra ínfima para un diagnóstico de pretensiones planetarias. Se afirma que, en el momento de responder a la encuesta, el estado de ánimo de los participantes era bueno (47%) o muy bueno (37%). Lo que ya introduce una distorsión: si el ánimo es bueno, el resultado tenderá a serlo también. La felicidad que se mide es la de los días soleados.
Los participantes pertenecen mayoritariamente a la llamada generación X, cuyo natalicio la encuesta sitúa entre 1965 y 1981, con un 47% de representación, seguidos por los llamados milenaristas (1982-1995), con un 34%. Lo curioso es que a los búmeres (anteriores a 1964, según la propia encuesta), que aún detentan la mayor parte del poder económico mundial, se les ha ignorado, sin duda deliberadamente. Es evidente que ellos, los búmeres, han diseñado la encuesta. A pesar de que los milenaristas son, en gran medida, un producto directo de la hegemonía búmer, la encuesta parece ignorar esa relación generacional.
Se concluye, sin mayor fundamento, que los trabajadores más satisfechos son aquellos de mayor edad, con cargos de responsabilidad, que trabajan de forma híbrida o presencial. En cambio, los jóvenes que trabajan en remoto son los que manifiestan menor bienestar. Pero todo esto, hay que insistir en ello, remite a sentimientos, no a hechos. Y no hay que confundir el deseo de los unos con la organización financiera del planeta que llevan a cabo los otros, ni la emoción del trabajador con el poder del dinero de quienes gestionan el trabajo ajeno y subordinado.
Además, se afirma que los sectores con menos felicidad son automoción, publicidad y prensa, mientras que los más felices se encuentran en el ámbito inmobiliario. Una vez más, lo que se mide es la percepción subjetiva de la supuesta satisfacción, no las condiciones objetivas del trabajo.
Y para culminar esta doctrina del contentamiento global, muy gélido, por cierto, se introduce un concepto que merece atención: la regla de los tres metros. Según esta premisa, las personas más felices en su trabajo son aquellas que ejercen su control o autocontrol sobre un perímetro máximo de tres metros de diámetro. Una libertad espacialmente delimitada, cuantificada y medible. Una jaula amable y sedante, sin duda. Una placenta que es una prisión.
Desde una perspectiva geométrica, se trata de un círculo cuyo radio es de 1,5 metros, con un área de aproximadamente 7 metros cuadrados (π × r²). Exactamente, 7,07 m².
En ese espacio confinado se presume que se despliega la libertad del individuo. Esa es la nueva medida de la emancipación: una circunferencia de 3 metros de diámetro. Es decir, tu libertad como ser humano se reduce al espacio que puedes controlar dentro de ese círculo. Así se redefine hoy la autonomía: un microterritorio gestionable. ¿De qué extensión? Entérate: tu libertad laboral —y la otra igual o menos— mide 7,07 m². ¿Alguien cree seriamente que el presidente de cualquier país del mundo, o cualquier mandatario de una gran empresa internacional, ejerce su libertad en un perímetro de 3 metros de diámetro o de 7,07 m²? Ningún hipopótamo, tigre o león se permite a sí mismo esa (auto)limitación en su hábitat. Nunca. Ni la más pequeña célula de un organismo vivo opera confinada en un radio de acción proporcionalmente tan reducido y limitado. En absoluto. Pero el trabajador moderno, sí. Se le ofrece esa jaula circular como fórmula para alcanzar la felicidad. Y, además, se lo venden en inglés, la lengua oficial de los amigos del comercio. Y de la felicidad.
En definitiva, el nuevo catecismo del bienestar laboral afirma que serás feliz si aceptas que tu libertad no mida más de un metro y medio de radio. Ya lo sabes: tu libertad termina donde empiezan los tres metros y un milímetro de diámetro, que es lo único que se te permite controlar. Una doctrina que convierte la reducción espacial en virtud emocional y mérito laboral. Mientras los poderosos expanden su influencia a escala planetaria y global, al resto se le promete la felicidad… en tres metros de diámetro, o en 7,07 m² de superficie terrestre, si así te suena mejor.
Es acongojante. Permítasenos usar esta palabra, en lugar de su posible anagrama.
El mito de la felicidad en el trabajo desempeña una función publicitaria muy importante. Hasta el punto de acomplejar incluso a quien dispone de razones críticas para denunciar problemas en sus condiciones laborales. Es un modo muy sutil de desplazar cualquier forma de protesta laboral. No hablemos ni de huelgas o movilizaciones. No vayamos a crear un mal ambiente en el trabajo.
Ocurre además que algún que otro relato fantasioso sobre la felicidad en el trabajo, difundido bajo la forma de documento laboral procedente siempre de países exóticos, aduce y sostiene datos contradictorios: un 58% de los trabajadores —leemos en algún informe— «no dejaría de trabajar aunque tuviera dinero infinito». ¿Acaso alguien puede creer sinceramente en esta afirmación? ¿Es realista pensar en un colectivo que ame su trabajo hasta ese extremo? Todo esto se parece más a una narración distópica o a un catecismo moderno, para justificar la sumisión laboral disfrazada de felicidad, que a la realidad del mundo en que viven muchos trabajadores.
El secreto para la felicidad en el trabajo se reduce a la absurda «regla de los tres metros», a la que ya hemos aludido, y que establece una circunferencia de libertad diminuta, un espacio donde supuestamente el trabajador controla todo. Es decir, tu libertad se limita a un radio de un metro y medio en el entorno laboral. Una cárcel invisible, una esfera imperceptible y minúscula que representa la libertad que hoy se nos concede en el trabajo: ninguna. Trabajar es obedecer a cambio de dinero. La esclavitud es obedecer y trabajar, sin contrato, a cambio de supervivencia, es decir, a cambio de que no te maten.
Extraído de "El Fracaso de la Felicidad", de Jesús G. Maestro
Diario de bitácora. 7 de junio de 2026.
Nuestro barco llegó finalmente a las costas de Groenlandia. Habíamos previsto que obstaculizaran de algún modo nuestra trascendental misión, pero jamás imaginamos que fuera de forma tan directa, brutal y torpe.
La US Navy nos ha abordado. Alegan que se trata de una zona de conflicto y no se permiten civiles. Después de humillarnos de todas las formas que han considerado convenientes, nos han obligado a desistir, entre grandes risotadas.
Estos servidores de Satán no ven que fortalecen nuestra causa. Su violencia es nuestra victoria. Ahora es más claro que nunca cómo conspiran para esconder que la Tierra es plana. Han llegado a teatralizar un supuesto conflicto para evitar que fotografiemos el Gran Muro Helado, que contiene las aguas de los mares.
Pero con la ayuda de Dios, y la torpeza de nuestros adversarios, cada vez somos más quienes vemos La Verdad.
menéame