Una para los melómanos y amantes del jazz.

El CEO de una gran empresa decide que es mejor despedir a una cantidad enorme de empleados con el objetivo cortoplacista de reducir el costo de nómina, mostrar mejor rentabilidad y llevarse una jugosa bonificación y el aplauso de inversionistas. Sin embargo, a largo plazo, la empresa sufrirá la pérdida de talento humano experimentado.
Una ingente cantidad de empresas contaminan el ambiente, explotan indiscriminadamente los recursos como si no hubiese un mañana (ni siquiera permiten que se regeneren algunos recursos), para obtener beneficios lo más pronto posible sin pararse a pensar que a largo plazo eso terminará pasando factura, con una escasez de recursos o volviendo el ambiente inhabitable.
La contradicción total, queremos dejar un gran lugar para nuestros hijos y nietos, pero el afán del enriquecimiento en muy poco tiempo está destruyendo ese lugar. Las generaciones futuras van a vivir en un entorno muy hostil.
Y es que nuestra cultura y sociedad, nos empuja a pensar a muy corto plazo:
No dejes que llegue la vejez, ¡Viaja a destinos exóticos ya que sólo pueden ser disfrutados siendo joven! . Así que a buscarse la pasta a como de lugar para ir a esos sitios.
La vida es muy corta, ¡Disfrútala ya! Así que busca pasta rápido y como sea para consumir.
Uno nunca sabe cuando la muerte llegue a nuestra puerta, ¡no pierdas tiempo, vive la vida ya!. Igual que el anterior.
El futuro no existe, pueden pasar muchas cosas, ¡vive el presente! Igual que el anterior.
¿Para qué ahorras tanto si la inflación termina devorando esos ahorros? Consume ahora.
¿Para que tantos planes? Viene un COVID o una guerra o una enfermedad grave y a la mierda con esos planes.
Hasta algunos se la juegan con ¡Quiero disfrutar esto de joven! y cosas como el consumir tabaco, bebidas alcohólicas, trasnochar, alimentarse de comida chatarra, no cuidar la dieta, pasan una espantosa factura a futuro: dinero para intentar recuperar la salud perdida, mucho miedo, mucho dolor, tiempo en exámenes y consultas médicas, sacrificios y desesperanza.
¿Solución? Difícil, porque hay que lograr un delicado equilibrio entre lo corto, mediano y largo plazo. Más que esa dualidad que muestran en algunas películas y TV entre el "yo malo" (disfrazado de diablo) y el "yo bueno" (disfrazado de ángel), tenemos realmente un enfrentamiento entre un "yo pronto" vs "yo dentro de unos meses" vs "yo dentro de varios años".
En el programa del 30 de abril de 2026 de 'La hora de La 1', la periodista Silvia Intxaurrondo lanzó una reflexión que invita a replantear el modelo de desarrollo territorial español: en lugar de seguir concentrando inversiones y población en Madrid y Barcelona, ¿no sería más eficiente descentralizar hacia otras regiones?
El minuto 56:30 del 'La hora de La 1' del 30 de abril dejó sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos concentrando todo en Madrid y Barcelona en lugar de descentralizar? La respuesta del plató fue, directamente, ninguna.
Concretamente Silvia Intxaurrondo interviene el debate con esta magistral intervención: "Con lo que planteas tu del alcalde de Madrid, ¿no?, ¿y por qué no descentralizamos? Es decir, en vez de traer más gente en condiciones de estar mas apretujadillos, ¿por qué no sacamos instituciones que sólo están en Madrid o en Barcelona a otros lugares despoblados?, ¿no?, Y además así se reparte, quiere decir, que el debate puede ser otro, ¿y si repartiesemos por toda España en vez de estar todos apiñados en el mismo lugar y decir ¿cuántos más cabemos? Repartamos un poco, también puede ser el debate"
Minuto 56:30 aproximadamente:
www.rtve.es/play/videos/la-hora-de-la-1/30-04-26/17048116/
Silvia Intxaurrondo lanzó el anzuelo con claridad. Frente al problema estructural de la España vaciada y la presión insostenible sobre las dos grandes urbes, planteó una alternativa lógica: llevar administraciones, inversiones y oportunidades a otras zonas menos pobladas. Desconcentrar, en lugar de seguir densificando dos puntos del mapa hasta reventarlos.
El argumento no es nuevo, pero en un programa de máxima audiencia y con supuesta vocación de análisis profundo, la periodista abría una puerta a repensar el modelo territorial. La pregunta era: si el problema de Madrid y Barcelona es que todo el mundo quiere vivir allí porque allí está todo, ¿por qué no movemos "el todo" hacia ellos?
Lo que ocurrió después es, probablemente, lo más revelador del debate. Ningún tertuliano recogió el guante. Ni uno. El tema de la descentralización —que afecta a vivienda, empleo, desarrollo regional, sostenibilidad y calidad de vida— se evaporó en el aire, como si hablar de reubicar sedes ministeriales, agencias estatales o incentivos fiscales para empresas fuera una entelequia o, peor aún, un tema menor.
En cuestión de segundos, la conversación derivó hacia el terreno de siempre: el "erre que erre" de los alquileres, los precios desbocados y la falta de VPO. Temas reales, sin duda, pero ya trillados hasta el aburrimiento. Mientras se discutía si tocar o no la ley de vivienda o si las comunidades de propietarios son malvadas, la idea de fondo —descentralizar para no necesitar tanta VPO en Madrid— quedó sepultada.
Intxaurrondo no insistió. El formato no se lo permite, o quizás sintió el desierto a su alrededor. Y el debate perdió la única chispa de originalidad que había tenido en semanas. Porque plantear que la solución a la masificación no es construir más en los mismos sitios, sino construir oportunidades en otros lugares, es poner el dedo en una llaga que nadie quiere tocar.
Descentralizar implica mover poder económico y político. Significa que algún ministerio salga de Madrid, que una agencia europea se instale en Teruel o que un gran centro logístico elija León antes que el Corredor del Henares. Y eso, sencillamente, no interesa ni a los grandes grupos inmobiliarios ni a las autonomías que viven del centralismo de facto.
El resultado fue un debate cojo: se habló de los síntomas (precios altos, falta de vivienda) pero no de la causa estructural (sobredemanda provocada por una hiperconcentración absurda). Y mientras los tertulianos reciclaban sus monólogos sobre alquiler vacacional y okupación, la propuesta de Intxaurrondo quedaba reducida a un "minuto de oro" que nadie supo aprovechar.
Al final, la sensación es agridulce: el problema se nombró, pero nadie quiso discutirlo. Y España seguirá echando horas de vuelo a un debate territorial del que todos hablan pero nadie aborda de verdad.

Ciudadanos, internautas, herederos de una Europa que espera para completarse:
No hay siglo que no proyecte su sombra sobre el nuestro, ni figura que, al alzarse por encima de su tiempo, deje de pertenecerle. Napoleón no fue solo un hombre coronado por sus victorias, sino una excepción en la historia: la voluntad encarnada que, en lugar de limitarse a conquistar territorios, se atrevió a ordenar el mundo.
Su marcha sobre Europa, antes que militar, fue conceptual. Allí donde otros veían feudos y reinos, él veía decadencia; donde había tradición, él diagnosticaba ruina. Y en medio del estruendo de los cañones, llevó a cabo una empresa más duradera que cualquier victoria: la arquitectura de una ley para una civilización.
Las batallas pertenecen a la memoria; su Código Civil pertenece al presente. Mientras los mapas se deshacían como pergaminos húmedos, ese texto lógico e implacable fijaba algo más resistente que las fronteras: un nuevo orden, metódico y racional, que llevaba dentro de sí todos los buenos valores de La Revolución.
Allí donde reinaba el privilegio, impuso la geometría de la ley; donde mandaba la sangre, estableció la justicia; donde el derecho era un mosaico de excepciones, Él lo redujo a principios universales. No liberó pueblos para dejarlos intactos, sino para despojarlos de sus rémoras, incluso a costa de su propia gloria.
Entre las brumas de Santa Elena, donde el océano podría haber diluido su nombre, Él no cayó: se replegó, en silencio previo al retorno prometido, entrando en ese territorio donde la historia se convierte en espera. Porque Napoleón vive en cada intento de someter el caos humano a la civilización, la barbarie al imperio de la ley.
Cuando Europa vacile entre la arbitrariedad y el orden, el derecho se diluya en intereses y la política reclame de nuevo una forma, no será extraño que su nombre resurja, porque Napoleón, tras haber agotado la historia, entró en el dominio de lo inevitable. Entonces veremos en lontananza la brillante sombra de El Emperador.
¡Que el mundo vigile el horizonte: el Águila no ha concluido su vuelo!
Hola,
Si ganaras acceso a algún dispositivo para poder catapultarte al pasado, sé que sería muy tentador empezar por algo sencillo pero a la vez de gran impacto: visitar a Trump cuando era un bebé.
No lo hagas.
Si algo ha quedado claro en las etapas de la construcción de un estado fascista es, con claridad meridiana, que el problema y el mal no está encarnado en una persona.
Toda la literatura y fantasía al respecto nos ha llevado a pensar que es un individuo quien planifica y diseña el mal.
Nada más lejos de la realidad.
El problema son todos los que le complacen sin rechistar, le animan, le adulan, cumplen sus peticiones y, sobre todo, aprovechan la locura de un individuo para levantar una ola enorme de acciones fascistas.
Esos son el problema.
No malgastes tu primer viaje temporal en una acción inocua.
Lo mejor es que me busques a mí de bebé y dejes en mi regazo la lista de los premios de lotería más abultados durante los siguientes 25 años . Yo sabré qué hacer para arreglar la situación, descuida.
Saludos.
"La principal causa del antisemitismo en el mundo actual es el hecho de que el Estado de Israel pretenda representar a todos los judíos y esté cometiendo un genocidio en Gaza, en nombre de todos los judíos."
"Israel lleva la estrella de David en sus tanques y aviones mientras mata a mujeres y niños en Gaza; está avivando el antisemitismo constantemente".
Mark Etkind, hijo de un superviviente del Holocausto (video en inglés):