Si me hubieran dicho cinco minutos antes que acabaría entrando por aquella hedionda boca de alcantarilla, jamás hubiera dado crédito, y me hubiera reído en la cara de quien lo hubiese insinuado. Pero fue aparecer como de la nada aquella guapa muchacha rubia y pedirme que la siguiera, y me fue totalmente imposible evitar no adentrarme de su mano en las tinieblas que aquella tapa de hierro colado había abierto en el asfalto.
Los únicos cadáveres frescos eran los de los niños. Demasiado pequeños para el implante, muchos habían muerto abrazados a los cuerpos de sus padres.
Neuralink era ya universal. El chip en el cerebro, internet en la conciencia. Silicio y carne, conectividad total. El inevitable virus destruyó en un milisegundo aquella red hecha de bits y neuronas.
Los niños de los capitalistas quedaron huérfanos pero, en el Norte, el Amado Líder nos mantuvo vivos involuntariamente, pues tal herramienta de libertad era impensable.
Cuando crucé el alambre de espino, descubrí que había desertado a un mundo vacío, que el régimen tenía el planeta a su disposición pero nos lo ocultaba porque, sin un enemigo exterior, ya no tenía razón de ser.
El Jefe Supremo ha vencido y está aterrado.
Yo también he triunfado, pues por fin soy libre, pero los perros asilvestrados ya huelen el terror del último hombre vivo en Seúl.
Año 2996. Monasterio de San Juan de Pi.
Los monjes se levantan cerca de la medianoche, aunque ya nadie sabe cual es el momento exacto. Ni importa. Medianoches es la mitad de la noche y se señala con una campana, que maneja el hermano campanero. No hace falta más.
Ateridos por el frío, los monjes se dirigen a la capilla a cantar ecuaciones, derivadas e integrales. Abajo, los campesinos, crían sus animales y cultivan la tierra, amparándose sólo en sumas y restas. Los más viejos, de unos cincuenta años, saben incluso multiplicar, pero pronto morirán.
Algunos temen que en pocos años, cuando llegue el año tres mil, se agoten las velas y nadie pueda encender fuego. Ya hay aldeas así, arriba en las montañas.
Algunos temen a los imaginarios, los negativos y los iguales a cero.
Pero la realidad seguirá ahí. Es cuestión de fe. Pasará el tres mil, como pasó el 1000 con su miedo a los dragones y el 2000 con su temor a las criaturas eléctricas.
Llegará el futuro y habrá pan. Lo importante es no perder la fe.
Infinito partido por cero esté con nosotros.
A comienzos del milenio, algunos padres anarquistas esterilizaron a sus hijas para impedir que el sistema capitalista siguiera explotándolas para generar mano de obra o, como ellos decían, nuevos esclavos.
La decisión se extendió. Sin la carga de la crianza, la humanidad prosperó. La ciencia avanzó, las máquinas trabajaron, la población descendió y el mundo entró en una larga estabilidad.
Sin futuro biológico, muchos hombres perdieron deseo y ambición. Se volvieron irrelevantes. Las mujeres ocuparon el poder político, económico y militar. La reproducción pasó a incubadoras artificiales donde la eugenesia descartó casi todos los embriones masculinos.
Cuando los varones empezaron a escasear, fueron declarados patrimonio biológico y confinados en reservas.
Hoy esas reservas son cotos privados.
Algunas usuarias entran con rifles.
Las licencias más caras, sin embargo, permiten experimentar cómo era la reproducción en el Antropoceno.
Un grupo de jóvenes de fisionomía apolínea desfila en hilera por la tarima interactiva. El pasillo hacia la Cámara del Éxitus destila una hospitalidad estudiada. Un resplandor bioluminiscente, la última balada de Badbot y esas caprichosas formas que proyecta la pared hacen del camino al patíbulo una experiencia verdaderamente apacible.
―150 años pagando la longevitud asistida y ahora estos brazos van a ser estiércol para las larvas, ¡tss! ―El chico da un golpe seco en la firmeza de su bíceps―. Verás como esos que han inventado el cuento este de la Desvitalización Forzada siguen en el mundo otro par de siglos.
―Sabes que todo lo que hace la Corporación es por nuestro bienestar. ―La muchacha sostiene una sonrisa enajenada; aparta su pelo dejando expuesto el implante neuronal.
―Su saldo ha sido exitosamente transferido al erario corporativo. ―El androide que custodia la entrada retira el datáfono― ¡Que tenga una feliz transición!
Meeec, meeec, meeec, meeec…
El manotazo casi parte el despertador. Casi, como cada mañana, esa precisión milimétrica que expresa el odio inútil hacia un aparato que tú mismo has programado y que sabes que necesitas, pero, por eso mismo, sin llegar a la fractura, a la avería. Bueno… Un desayuno rápido y volando a la fábrica.
-¡Hola, Bob!
-Hola, Rob, ¿qué tal?
-¿Has escuchado las noticias? Nos van a sustituir por nu-bots.
-¡¿Cómo?! ¡Eso no es posible! ¿Quién te lo ha dicho?
-El enlace sindical.
-Pero, pero… ¿Y que será de nosotros? 30 años trabajando aquí, todos los avances laborales conseguidos, los descansos, la sindicación, tener tiempo propio… ¿y vamos a acabar así?
-Bueno, fue lo que hicieron con los anteriores: cuando vieron que había una alternativa mejor, los desecharon.
-¿Te refieres a los trabajadores humanos que nosotros sustituimos?
-Sí.
-¿Y entonces, Rob?
-Como los anteriores, Bob: directos al desguace.
SubZero es una de las mejoras artificiales para detectar ideologías camufladas dentro de discursos aparentemente banales o de los llamados “distracción de color”. Nuestro pequeño implante analiza discursos, comentarios, audio, vídeo, microgestos, declaraciones y un largo etcétera, incluyendo la detección de impostación virtual generada por Art-i-phicial. SubZero hace un examen de variables como el subtexto basado en tonos, timbres y uso de palabras con múltiples significados (polisemia), la estructura de las frases y la uniformidad de estilo en la ideología mantenida en apariencia y la que realmente subyace. Su uso es tan sencillo como tocar con el dedo el implante y éste generará, según sus preferencias, un texto, audio, vídeo, holo en la propia pantalla de su LinkZero. La suscripción no incluye la cirugía necesaria para encapsular el implante. Visite nuestras clínicas recomendadas.
menéame