Hace trece años murió Aaron Swartz, y no fue una muerte cualquiera: fue el punto de inflexión que dejó al descubierto una verdad incómoda sobre internet, el poder y el castigo ejemplar. No murió por un error técnico ni por un mal cálculo legal; murió aplastado por un sistema que decidió convertirlo en escarmiento.
¿Quién fue Aaron Swartz?

Swartz fue un prodigio precoz y, al mismo tiempo, un idealista radical. A los 14 años participó en el desarrollo de RSS, cofundó Reddit, impulsó Creative Commons, y dedicó buena parte de su corta vida a una idea muy simple y muy peligrosa:
El conocimiento financiado con dinero público debería ser accesible a todo el mundo.
No era un hacker de clichés ni un pirata en busca de lucro. Descargó millones de artículos académicos de JSTOR —acceso cerrado, carísimo— con la intención de liberarlos. El resultado: una persecución judicial desproporcionada, cargos federales que podían sumarle décadas de cárcel y una presión psicológica constante. En enero de 2013, con 26 años, se suicidó.
No fue un accidente. Fue una derrota colectiva.
¿Qué ha cambiado en estos 13 años?
1. Internet ya no es el espacio ingenuo que Aaron imaginó
En 2013 todavía era creíble la idea de una red abierta, horizontal, casi libertaria. Trece años después, internet está dominado por plataformas gigantes, algoritmos opacos y monopolios de atención. La web abierta perdió terreno frente a jardines vallados.
Aaron luchaba contra el control del conocimiento; hoy el control va mucho más allá: datos personales, comportamiento, emociones, discurso político.
2. El acceso al conocimiento sigue siendo un privilegio
Pese a su muerte, la academia sigue secuestrada por grandes editoriales científicas. Sí, existe más “open access”, pero a menudo pagado por los propios autores o universidades. El negocio no desapareció: se refinó.
La idea central de Swartz —que el saber no debería depender de tu cuenta bancaria— sigue sin cumplirse.
3. El castigo al disidente digital se normalizó
Lo que en su caso parecía una exageración hoy es rutina. Activistas, filtradores y denunciantes digitales han aprendido la lección:
el sistema no te corrige, te destruye.
Swartz fue uno de los primeros en mostrar que el poder no distingue entre violencia real y desobediencia informacional: ambas se castigan con la misma saña.
4. Su figura se volvió símbolo… pero también coartada
Se le cita, se le homenajea, se le pone de ejemplo en charlas y documentales. Pero su radicalidad se ha domesticado. Se recuerda al genio, no al problema que denunció. Se honra al mártir mientras se mantiene intacto el sistema que lo empujó al abismo.
Eso es cómodo. Y profundamente hipócrita.
Lo que no ha cambiado
La pregunta que Aaron Swartz dejó abierta sigue sin respuesta:
¿Quién controla el conocimiento y con qué legitimidad?
Trece años después, la tecnología es más potente, la vigilancia más fina y el discurso más amable. Pero el fondo es el mismo:
el saber sigue siendo poder, y el poder no se regala.
Aaron Swartz no murió para que lo recordáramos.
Murió porque dijo algo que todavía hoy incomoda.

El titular de El Mundo "400.000 familias más recurren al IMV" es falso al confundir titulares con beneficiarios del IMV. Según los últimos datos publicados correspondientes a diciembre de 2025, había 799.553 hogares en los que viven 2.441.647 personas beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital, los que supone un incremento interanual de 125.824 titulares y de 393.892 beneficiarios.

Lo curioso es que en el propio texto del artículo si se señala que el incremento de familiares beneficiarias es de 125.800, pero alguien debió pensar que era más llamativo el titular falso.
Que sí, que la pornografía infantil es una guarrada y un delito perseguible, en tanto utiliza a menores para explotarlos sexualmente. Hasta ahí, todos de acuerdo. ¿Pero es un delito tan importante como para permitir que se use como pretexto para vigilar todas nuestras comunicaciones? ¿En qué clase de trampa moralista estamos a punto de caer?
Hay muchos delitos iguial de horribles, o incluso más, y no por eso hemos entregado nuestros derechos ciudadanos en bandeja para que nos conviertan en mascotas. Y también importa, por cierto, a quién se los entregamos. ¿De verdad porque cuatro degenerados fotografíen a niños desnudos, o creen imágenes de actos deleznables con ellos, vamos a entregar toda nuestra información a magnates y milmillonarios extranjeros? ¿Vamos a entregárselos a cualquier gobierno, nuestro o ajeno? ¿qué pensáis que van a ahcer luego con esos datos?
En un momento en que el verdadero tesoro que explotar son nuestros datos, no podemos entregar la privacidad de las comunicaciones, que será utilizada para vigilarnos, controlarnos, e influirnos, porque haya por ahí media docena de mierdas maltratando niños. Creerse que es por eso es tan naive, tan mentecato, tan toscamente meapilas que hasta los más acérrimos seguidores de Marcco, Heidi y el comeflorismo ilustrado deberían darse cuenta.
A los que quieren poder escanear nuestros mensajes, los niños les importan una puta mierda. No les importó el tráfico de armas, la corrupción, el fraude fiscal y el terrorismo, porque nunca estas lacras llevaron a pedir la intervención general de las comunicaciones. No les importó el tráfico de seres humanos, ni el de órganos, ni el acoso escolar, pero les importa que a un menor le toque la pilila ante una cámara. ¿Y nos lo creemos?
La pornografía infantil es un delito más, y ya está bien de generar estados de excepción por temas morales. La pobrez ainfantil también está ahí y nadie genera un estado toitalitario de excepción para atajarla. ¿Qué dirían los partidarios de violar nuestra comunicaciones si, para combatir la pobreza infantil, se violase el derecho a la propiedad privada y se comenzara mañana mismo con las expropiaciones?
Pues lo que intentan es eso mismo, pero apoyándose en el asco fácil, la lágrima fácil y un sentimenralismo ramplón e idiota orientado a los que sienten pero no piensan: esos hervíboros.
No podemos consentirlo. No podemos tolerarlo. Frente a los derechos civiles, cualquier delito debe importarnos una mierda: que se combata como cualquier otro delito y ya está. No hay excepciones cuando se trata de defender nuestras libertades.
menéame