En un libro de Peter Freuchen que leí una vez», escribe Fanshawe, «el famoso explorador del Ártico cuenta que quedó atrapado por una tormenta de nieve en el norte de Groenlandia. Solo con sus víveres disminuyendo, decidió construir un iglú y esperar a que amainara la tormenta. Pasaron muchos días. Temeroso, sobre todo, de ser atacado por los lobos —porque les oía merodear hambrientos junto al tejado de su iglú—, periódicamente salía fuera y cantaba a pleno pulmón para asustarlos. Pero el viento soplaba furiosamente, y por muy alto que cantase, lo único que oía era el viento. Sin embargo, si bien éste era un problema grave, el problema del propio iglú era mucho mayor. Porque Freuchen empezó a notar que las paredes de su pequeño refugio iban gradualmente cerrándose sobre él. Debido a las peculiares condiciones atmosféricas en el exterior, su aliento literalmente congelaba las paredes y con cada respiración éstas se volvían más gruesas y el iglú se hacía más pequeño, hasta que finalmente casi no quedaba espacio para su cuerpo. Ciertamente es aterrador imaginar que tu propia respiración te va metiendo en un ataúd de hielo, en mi opinión, es considerablemente más angustioso que, digamos, El pozo y el péndulo de Poe. Porque en este caso es el hombre mismo el agente de su destrucción y, además, el instrumento de esa destrucción es precisamente lo que necesita para mantenerse vivo. Porque ciertamente un hombre no puede vivir si no respira. Pero al mismo tiempo no vivirá si respira. Curiosamente, no recuerdo cómo consiguió Freuchen escapar de aquella apurada situación. Pero no hace falta decir que escapó. El título del libro, si no recuerdo mal, es Aventura Ártica. Hace muchos años que está agotado.
Trilogía de Nueva York, Paul Auster.
Empezó un martes cualquiera, en un atasco a la salida de plaza de las Glòries. Delante de mí, un Polo gris llevaba un 4471 que me hizo gracia por el 44 del principio. Tres coches después, una furgoneta blanca con 7732. Cuando llegué a casa me di cuenta de que también tenía fichados, sin querer, el 2665 de un taxi y el 9913 de una moto. Cuatro matrículas con una pareja de números iguales en menos de una hora me parecieron muchas para una tarde de miércoles.
A la semana siguiente ya iba contándolas, y no solo en marcha. Empecé a fijarme también en los coches aparcados, lo cual fue un error porque multiplicó la obsesión. Bajaba a por el pan en Gràcia y volvía con cinco anotaciones. Iba al parking del trabajo y ya tenía tres antes de llegar al ascensor. Apuntaba en una libreta cada 5538, cada 8001, cada 1147 que pillaba ¡Los números me hablan! Una mañana, entre el Eixample y Sant Cugat, sumando los que circulaban y los aparcados en cordón, llegué a anotar cuarenta y siete. Le mandé fotos a mi hermano, que es ingeniero y suele tener paciencia conmigo, y me respondió con un audio larguísimo donde mezclaba la sorna habitual con una palabra que no me sonaba de nada y que acabaría explicándome las semanas siguientes de mi vida.
La palabra era apofenia, un término que acuñó en 1958 el psiquiatra alemán Klaus Conrad para describir esa manía humana de ver patrones con sentido en cosas que pasan al azar. Conrad la estudió en pacientes con esquizofrenia incipiente, pero la psicología cognitiva posterior, sobre todo a partir de Michael Shermer y de los experimentos clásicos de Daniel Kahneman y Amos Tversky, demostró que el mecanismo es universal y bastante útil. El cerebro está cableado para detectar regularidades porque durante cientos de miles de años eso fue lo que distinguió al antepasado que veía un tigre entre las hierbas del que se convertía en almuerzo.
A eso se le suma el sesgo de confirmación, que ya intuía Francis Bacon y formalizó Peter Wason en los sesenta. En cuanto mi atención se enganchó a las parejas, el cerebro empezó a registrar los aciertos y a pasar olímpicamente de las matrículas sin pareja que circulaban o dormían en cordón por delante. El fenómeno tiene nombre coloquial, ilusión de frecuencia, y otro más cinéfilo, fenómeno Baader-Meinhof, que se inventó un lector del St. Paul Pioneer Press en 1994 para describir esa sensación de que una palabra que acabas de aprender aparece de repente en todas partes.
Y luego está la estadística, que es la que remata el cuento. En el sistema español vigente desde el año 2000, los cuatro dígitos generan diez mil combinaciones. De esas, exactamente cuatro mil cuatrocientas sesenta y cuatro contienen una pareja de cifras iguales en cualquier posición. Casi un cuarenta y cinco por ciento. Casi una de cada dos matrículas que veo, parada o en marcha, lleva una pareja. La señal del universo era, en realidad, la mitad del parque móvil de Barcelona.
Sigo apuntándolas, eso sí. La libreta me hace compañía y me recuerda que el cerebro, cuando se aburre, se inventa misterios para tener algo que resolver.
Si justo antes de morir a mí me dieran la oportunidad de hacer las preguntas que quisiera a un oráculo mágico, que este oráculo me ofrecería las respuestas verdaderas que yo desease para morir tranquilo, le haría las siguientes once preguntas:
----- o -----
SOBRE LO FÍSICO:
1º) ¿Cuál es el fundamento primero de la realidad, la "causa primera"?
2º) ¿Cómo se compatibilizan la física cuántica y la física relativista?
3º) ¿Qué es realmente lo que conocemos como "materia oscura"?
4º) ¿Qué es realmente lo que conocemos como "energía oscura"?
5º) ¿Cómo y por qué ocurrió lo que conocemos como "Big Bang", en el marco de la estructura global de todo lo que existe?
6º) ¿Cuál es el futuro o destino último del universo, en el marco de la estructura global de todo lo que existe?
SOBRE LO VIVO:
7º) ¿Cuál es el verdadero origen físico-químico de la vida, del fenómeno biológico? ¿Qué proceso o conjunto de procesos físico-químicos mínimo necesario constituyen el origen absoluto de la vida?
8º) ¿Hay, ha habido o habrá vida, aunque sea no inteligente, en otros lugares del universo distintos del planeta Tierra, que sea distinta de la vida del planeta Tierra? Y si la hay, ¿cómo de frecuente o abundante es, tanto en el espacio como en el tiempo?
SOBRE LO INTELIGENTE:
9º) ¿Qué es exactamente, en su origen, lo que conocemos como "inteligencia"? ¿Cuál es el auténtico "algoritmo básico" de la conducta inteligente? ¿Se limita a aprender y a aplicar lo aprendido en beneficio propio?
10º) ¿Hay, ha habido o habrá vida inteligente en otros lugares del universo distintos del planeta Tierra, que sea distinta de la vida inteligente del planeta Tierra? Y si la hay, ¿cómo de frecuente o abundante es, tanto en el espacio como en el tiempo?
SOBRE MATEMÁTICAS:
11º) ¿Cómo se fundamentan las Matemáticas de manera verdaderamente rigurosa e inobjetable?
----- o -----
Si antes de morir todavía me quedase algo de tiempo para digerir intelectualmente las verdades sobre esas cuestiones reveladas por el oráculo, creo que al final, al retirarme mentalmente para contemplar el bosque en su conjunto, me quedaría una impresión de que todo, absolutamente todo es un mero proceso mecánico, que se sentiría como lógico, simple, natural y humilde. Y esto, a un mismo tiempo, me resultaría tan satisfactorio como vertiginoso y aterrador.
El año que viene hay elecciones municipales, como bien sabemos. Dentro de los clásicos populistas tenemos el reasfaltado de calles en el top 5. No las que más lo necesitan sino las que más rentan en las urnas.
Pues bien, el ayuntamiento de Alcobendas lleva meses fajado en la tarea de reasfaltado de esas calles pero demuestra su absoluta indiferencia por lo que esos barrios significan.
Hace semanas que la Calle Pintor Ribera (y aledañas) han sido reasfaltadas. Se trata de un barrio de población muy envejecida en la que el porcentaje de personas con movilidad reducida es muy alto. Es corriente ver a personas con silla de ruedas o andadores y de hecho, todos los portales tienen sus correspondientes rampas para facilitar la movilidad.

Pues bien, el ayuntamiento realizó su tarea en las calles y dejó unos enormes bloques de cemento armado en medio de la calle entorpeciendo peligrosamente el tránsito. Se trata de los armatostes que delimitan la entrada a los garajes y que desde hace semanas ocupan gran parte de la calle y los accesos a los portales. Estos mamotretos además, tienen barras de acero oxidado que despuntan. El cocktail perfecto para la caída de una persona con movilidad reducida.
Pero lo mejor no es el hecho en si. Lo verdaderamente perturbador es la respuesta de la policía local de Alcobendas cuando llamé para que una patrulla pasará por allí, hiciera fotos y diera parte al ayuntamiento para solucionarlo cuanto antes.
- Bueno, ya mandaremos a alguien. Ahora mismo estamos con la entrada de los colegios.
- Muy bien, cuando ustedes puedan.
- Pero vamos, no está usted haciendo las cosas correctamente... {WoW} SU OBLIGACIÓN (es textual) es hacer un trámite a través de las vías correspondientes del ayuntamiento. En persona o telemáticamente... La policía no está para "estas cosas"
Podría escribir ríos de tinta con todo lo que se me pasó por la cabeza al escuchar semejante frase pero directamente, pasé. Tengo claro que es una batalla perdida. Que mi frustración me iba a acompañar todo el día pero dijera lo que dijera a la persona que estaba al otro lado del teléfono iba a estar tan "pichi".
Respiré y respondí:
- Señorita, yo ya he hecho más de lo que es mi obligación. Si ocurre cualquier cosas será responsabilidad de la inacción municipal. Dejo la pelota en su tejado. Que tengas usted muy buen día.
Una semana después, todo sigue como estaba.


menéame