En los márgenes más sombríos de la legalidad, donde la astucia suplanta a la virtud y la palabra se convierte en herramienta de engaño, convivían dos hombres unidos por una afinidad tan peligrosa como inevitable: el arte de la estafa.
Bruno Alcázar era un consumado embaucador, dotado de una elocuencia persuasiva y una habilidad casi teatral para adoptar identidades diversas. Había hecho de la simulación su oficio y de la credulidad ajena, su sustento. Su socio ocasional, Esteban Luján, no le iba a la zaga en cuanto a mañas, pero poseía una inclinación peculiar: la querulancia. Hallaba en los vericuetos legales un escenario donde desplegar su obsesiva tendencia a denunciar, reclamar y litigar, incluso en los casos más nimios o artificiosos.
Durante un tiempo, ambos colaboraron en empresas de dudosa moralidad, urdiendo engaños con precisión casi artesanal. Sin embargo, como suele acontecer entre quienes se mueven en tales terrenos, la confianza era tan frágil como interesada. Una disputa por el reparto de un botín particularmente sustancioso fracturó su alianza.
Fue entonces cuando Esteban, herido en su orgullo y movido por su naturaleza litigante, decidió actuar. Con minuciosidad enfermiza, reunió indicios, exageró pruebas, adornó relatos y presentó una primera denuncia contra Bruno. La acusación, aunque construida sobre medias verdades, bastó para inquietarlo.
Bruno logró esquivar las consecuencias inmediatas, apelando a sus propios recursos de persuasión y a ciertas lagunas probatorias. Pero apenas había recuperado el aliento cuando llegó la segunda denuncia, más elaborada, más incisiva, como si Esteban hubiese perfeccionado su arte en el intento anterior.
Fue entonces cuando la situación adquirió un cariz distinto.
Una tarde gris, Esteban se presentó en la residencia de Bruno. No traía consigo documentos visibles ni actitud airada; su calma era, si cabe, más perturbadora.
—No pretendo destruirte —comenzó, con una voz medida, casi didáctica—. Al contrario, vengo a ofrecerte una solución mutuamente beneficiosa.
Bruno, curtido en tretas, percibió de inmediato la trampa envuelta en cortesía.
Esteban expuso su propuesta con precisión quirúrgica: retiraría ambas denuncias, desistiría de toda acción legal y permitiría que el asunto se desvaneciera en los laberintos burocráticos… a cambio de obtener acceso irrestricto a la casa de Bruno y la facultad de disponer de ella —y de su anfitrión— según su capricho.
No se trataba de un simple uso del espacio, sino de una intromisión constante, de una forma sutil pero persistente de dominio. Esteban no exigía dinero ni participación en futuras estafas; exigía control.
—Lo considerarás —añadió—. Porque, si no, los tribunales harán su trabajo. Y esta vez, me he asegurado de no dejar cabos sueltos.
El silencio que siguió fue denso, cargado de cálculos y resentimientos. Bruno comprendió que, por primera vez, no tenía la ventaja. El querulante había convertido su obsesión en un arma, y lo había colocado en una posición de extrema vulnerabilidad.
Durante días, la mente de Bruno osciló entre la rebeldía y la conveniencia. Finalmente, cedió.
Desde entonces, su casa dejó de ser un refugio para convertirse en escenario de una dominación velada. Esteban aparecía y desaparecía a voluntad, reorganizaba espacios, imponía rutinas absurdas, alteraba la cotidianidad con una meticulosidad casi enfermiza. No había violencia manifiesta, pero sí una constante erosión de la autonomía.
Y así, dos estafadores, habituados a manipular a otros, quedaron atrapados en una relación donde el engaño ya no era un medio, sino un fin en sí mismo. En aquel juego perverso, la astucia no liberaba, sino que encadenaba, y la ley, invocada tantas veces como instrumento, se transformaba en la más sofisticada de las amenazas.
Extraido del libro El Arte de Pensar de Rolf Dobelli
Para los habitantes de las Hébridas, un archipiélago al norte de Escocia, los piojos en el pelo forman parte de la vida. Si los piojos abandonan a su huésped, este enferma y tiene fiebre. Por eso, para acabar con la fiebre, los enfermos se ponían piojos en el pelo a propósito. Por lo visto, el éxito dio la razón a los de las Hébridas: en cuanto los piojos anidaban, el paciente mejoraba.
Una investigación sobre las intervenciones de los bomberos en una ciudad dio como resultado que el número de bomberos empleados cada vez estaba en correlación: cuantos más bomberos participaban en la intervención, más daños causaba el incendio. El alcalde impuso inmediatamente una suspensión de la contratación de nuevo personal y redujo el presupuesto.
Las dos historias proceden del libro Der Hund, der Eier legt (El perro que ponía huevos) y muestran la confusión de causa y efecto. Los piojos abandonan al enfermo porque tiene fiebre —simplemente les entra miedo—. Cuando la fiebre ha bajado, regresan. Y cuanto más grande y destructor es el incendio, más bomberos participan —evidentemente no al revés.
Queremos sonreírnos con estas historias, pero la falsa causalidad nos conduce al error casi a diario. Consideremos este titular: «Una buena motivación de los empleados conduce a mayores beneficios empresariales.» ¿De verdad? ¿O no será que quizá los empleados están más motivados porque le va bien a la empresa? Los autores de libros de economía y los asesores suelen funcionar con causalidades falsas —o, al menos, no garantizadas.
En la década de 1990 no había nadie más sagrado que el entonces jefe de la Reserva Federal norteamericana, Alan Greenspan. Sus oscuras declaraciones concedían a la política monetaria la aureola de una ciencia oculta que mantenía al país en la senda segura de la prosperidad. Los políticos, los periodistas y los líderes económicos adoraban a Greenspan. Hoy sabemos que los comentaristas fueron víctimas de la falsa causalidad. La simbiosis de Estados Unidos con China —el productor barato global y acreedor de la deuda norteamericana— desempeñó un papel mucho más importante. Cargando las tintas, Greenspan simplemente tuvo suerte de que la economía funcionara tan bien en su época.
Un ejemplo más. Los científicos han descubierto que los internamientos hospitalarios largos son perjudiciales para el paciente. Una buena noticia para todas las aseguradoras, a las que interesa que las estancias de sus asegurados sean lo más breves posible. Pero naturalmente, los pacientes a quienes se da el alta enseguida están más sanos que aquellos que deben quedarse más tiempo. Y eso no se debe a que los ingresos largos sean menos saludables.
Otro titular: «Demostrado científicamente: las mujeres que usan el champú X a diario tienen un pelo más fuerte.» La relación de causalidad puede corroborarse científicamente, pero no aclara nada, absolutamente nada sobre cómo el champú fortalece el pelo. Puede ser igualmente válido que las mujeres de pelo fuerte tiendan a usar el champú X (quizá porque en la etiqueta pone: «especial para cabello fuerte»).
Recientemente he leído que los escolares que proceden de hogares donde hay muchos libros obtienen mejores resultados académicos. Ese estudio llevó a que los padres corrieran a comprar libros. Un bonito ejemplo de falsa causalidad. Lo cierto es que para los padres con estudios la educación de sus hijos suele ser más importante que para los padres sin estudios. Y los padres con estudios suelen tener más libros que los sin estudios. Los libros no son lo decisivo, sino el nivel educativo de los padres... y de sus genes.
El mejor ejemplo de falsa causalidad es la relación entre la disminución de la natalidad y el retroceso en el número de parejas de cigüeñas en Alemania. Si se trazan ambas líneas de desarrollo entre 1965 y 1987, van casi perfectamente paralelas. ¿Significa eso que las cigüeñas traen a los niños? Claro que no, se trata de una correlación puramente casual y, con seguridad, no hay ninguna causalidad.
Conclusión: la relación no es causalidad. Observe bien. A veces, la flecha del efecto va justo en la dirección contraria. Y a veces ni siquiera hay flecha, como en el caso de las cigüeñas y los bebés.
menéame