
Gobierne quien gobierne, la sensación persiste: los grandes problemas estructurales no se mueven. Las promesas se renuevan cada cuatro años, pero los hospitales siguen saturados, las infraestructuras envejecen y la inversión en ciencia languidece. La explicación no hay que buscarla en la mala fe ni en la incompetencia —o no solo—, sino en un lugar mucho más prosaico: el cuadro de mando de los Presupuestos Generales del Estado.
Imagina que mañana te nombran Presidente del Gobierno. Llegas a la Moncloa con una carpeta repleta de ambiciones: más camas hospitalarias, colegios renovados, un plan de vivienda que no sea papel mojado. Te sientas ante el escritorio, abres el cajón presupuestario de 2025 y descubres algo que te congela la sonrisa: el dinero ya está comprometido antes de que firmes nada.
Si representamos el presupuesto como un treemap —esos mosaicos de bloques proporcionales al gasto—, la imagen resulta elocuente. La mayor parte del pastel tiene dueño por imperativo legal. Y no, los dueños no son los asesores ni los ministerios con ínfulas. Son los acreedores del Estado y las obligaciones heredadas de décadas anteriores.
El primer golpe de realidad lo asesta un bloque gigantesco que domina el gráfico: la Deuda Pública. Más de 128.000 millones de euros destinados a refinanciar vencimientos y abonar intereses. La cifra es tan desproporcionada que merece una traducción doméstica: de cada tres euros que el Estado pone sobre la mesa, uno se evapora antes de producir un solo servicio público. No construye hospitales, no paga a profesores, no financia laboratorios. Simplemente amortiza los excesos acumulados.
Es como si, al cobrar la nómina, el banco te descontase automáticamente un tercio para saldar las cuotas de una década de compras a plazos. Lo que queda para la compra, el alquiler y la vida cotidiana se estrecha de un modo casi asfixiante. Ese es, exactamente, el margen de maniobra real de cualquier gobierno que llegue al poder.
La segunda sorpresa aguarda al lector que busque Sanidad o Educación en el gráfico. Las encontrará arrinconadas en cuadraditos casi testimoniales. La reacción natural es de incredulidad: ¿de verdad gastamos tan poco en salud?
Gastamos, pero no desde donde se espera. El Estado central funciona aquí como un cajero automático de alta capacidad: recauda los impuestos y transfiere el grueso de los fondos a las Comunidades Autónomas a través de la Financiación Territorial, otro de los bloques dominantes del mosaico. Son los gobiernos regionales quienes gestionan los quirófanos, contratan a los médicos y deciden si abren un centro de salud o lo cierran.
De ahí la trampa retórica que encierra cada promesa electoral sanitaria del gobierno central. Cuando un presidente anuncia que va a «revolucionar la Sanidad», lo que realmente puede hacer es girar más dinero a las autonomías y confiar en que lo administren con criterio. Tiene la chequera, pero no tiene las manos para operar.
El otro gran consumidor de recursos es el sistema de pensiones —Clases Pasivas y transferencias a la Seguridad Social—. Se trata de un gasto legítimo, amparado por un pacto social que nadie discute en abstracto, pero cuya naturaleza automática genera una rigidez formidable: las pensiones se actualizan con el IPC, llueva o truene.
El problema no es el gasto en sí, sino lo que provoca cuando la economía se contrae. Si los ingresos caen, la deuda y las pensiones siguen exigiendo su porción íntegra. ¿De dónde se recorta entonces? De la única partida que queda libre y no tiene quien la defienda con la misma fuerza: la inversión. I+D, infraestructuras, digitalización. Es decir, sacrificamos el futuro para cubrir las facturas del pasado.
Diagnosticado el mal, conviene explorar las opciones sin caer en la demagogia. Los economistas coinciden en tres vías —no excluyentes— para ampliar ese margen fiscal que hoy apenas existe.
Si no se quiere recortar, hay que aumentar los ingresos. Y la única forma sostenible de hacerlo es que la economía crezca por encima del ritmo al que se acumula la deuda. Un PIB más robusto genera más recaudación sin necesidad de subir impuestos, y el peso relativo de la deuda se reduce por pura aritmética. Es la vía más amable, pero también la más lenta: requiere reformas estructurales en productividad, educación y tecnología cuyos frutos no se recogen en una legislatura.
Si el Estado transfiere decenas de miles de millones a las Comunidades Autónomas, ¿por qué no condicionar parte de esa financiación a resultados verificables? La idea es sencilla en su formulación —«te asigno más fondos para Sanidad si demuestras que has reducido las listas de espera»— y compleja en su ejecución, pero no utópica. Las spending reviews que practican países como Holanda o Canadá ofrecen un modelo: auditar cada euro, eliminar duplicidades y reasignar recursos hacia lo que funciona.
A nadie le seduce la palabra «austeridad», pero la aritmética es implacable. Reducir el déficit primario —gastar menos de lo que se ingresa antes de intereses— es la única forma de que el bloque azul de la deuda deje de devorar el presupuesto año tras año. Cada euro de intereses que se deja de pagar es un euro disponible para hospitales, laboratorios o vías de tren. La dieta fiscal no es popular, pero sus efectos acumulativos son los más visibles a medio plazo.
Los Presupuestos Generales del Estado de 2025 —prorrogados, como tantas veces— no son una carta a los Reyes Magos. Son el inventario de nuestras hipotecas colectivas. Mejorar los servicios públicos no pasa por «gastar más», porque casi no hay margen para hacerlo, sino por gestionar con precisión de cirujano el escaso espacio libre que la deuda y las obligaciones nos conceden.
La próxima vez que un candidato despliegue ante las cámaras una promesa millonaria, conviene recordar el mosaico presupuestario y hacerse una sola pregunta: ¿de qué trozo de la tarta piensa arrancar ese pedazo?
Datos obtenidos de: www.sepg.pap.hacienda.gob.es/Presup/PGE2024Prorroga/MaestroTomos/PGE-R
Información procesada con Google Gemini 3 Pro Deep Research Mode . Texto mejorado con Anthropic Claude Opus 4.6 Pro Extended.
VOX es un partido centralista madrileño. De los de "Madrid es España dentro de España. ¿Que es Madrid si no es España?" se les queda hasta pequeño. Lo mas alucinante, es toda la aglomeración de acolitos que tiene en pueblos de la España vaciada donde si ya de por sí estan sufriendo el abandono y la despoblación, cuando sus amados dirigentes lleguen al poder, que se vayan despidiendo de su bonito enclave rural.
¿Es exageración? No.
Los críticos y partidos de la España Vaciada (como Teruel Existe o Soria ¡Ya!) sostienen esta tesis: que VOX es un partido de "asfalto y oficina" con una visión centralista.
VOX propone un modelo de Estado unitario. Para un habitante de un pueblo de Zamora, esto es un arma de doble filo. Si, se eliminan los "chiringuitos" autonómicos y se supone que el dinero se reparte con igualdad desde el centro pero se pierde la poca capacidad de decisión local. Si Madrid decide que tu pueblo es el lugar ideal para un vertedero o que no hace falta mantener esa línea de tren porque no es rentable, no habría un gobierno autonómico para frenarlo.
¿Es entonces VOX una fachada para obtener un voto fácil del entorno rural? Pues depende de lo que se entienda por "campo". Si el campo es identidad, caza, toros y lucha contra la regulación europea, el apoyo de VOX es coherente con su ideología y se siente "real" para muchos. Si el campo es descentralización, servicios públicos rurales y autonomía local, el programa de VOX (centralista y liberal en lo económico) choca frontalmente con esas necesidades, y muchos se van a llevar un tremendo varapalo si estas politicas llegan a aplicarse (que vista la deriva, tienen muchas probabilidades de ello).
Al final, VOX ha logrado captar el "voto del cabreo" del sector primario, que se siente asfixiado por las leyes de Madrid y Bruselas. Han entendido que el campo no solo quiere dinero, quiere que dejen de decirle cómo tiene que vivir. Sin embargo, VOX es un arma de doble filo del que solo están viendo el mango: la decisión de apoyar a VOX puede ser la puntada final para su estilo de vida rural a la par que la centralización hacia Madrid vaya creciendo aún mucho más de lo que ya está.
Porque nadie con coherencia se cree que VOX, un partido nacido en los barrios acomodados de Madrid (como Chamberí o Salamanca) vaya a a intentar ser la voz real de la "España rural".
Y aqui está la gran contradicción de base que muchos analistas no terminan de explicar: ¿Cómo un partido que quiere quitarle el poder a las regiones para dárselo todo a la capital (Madrid) gana precisamente en los pueblos de esas regiones?
El programa de VOX es el más centralista desde la dictadura. Su propuesta de "un solo gobierno, un solo parlamento" significa, en la práctica, que un concejal de La Puebla de Alfindén tendría el poder de un bedel, porque todas las decisiones importantes (presupuestos, sanidad, educación) se tomarían en los ministerios de Madrid.
Entonces, ¿por qué les votan allí? Hay tres razones "psicológicas" que explican por qué a ese votante no le importa (o no cree) que vaya a ser un "vasallo":
La idea del "Padre Rector" frente al "Reino de Taifas": Muchos votantes de VOX en pueblos ven las Autonomías no como autogobierno, sino como "chiringuitos". Su lógica es: "Prefiero que mande un solo señor desde Madrid (aunque esté lejos) si eso significa que se acaba el gasto en 17 parlamentos, 17 televisiones públicas y 17 redes de asesores". Creen que, si el dinero se gestiona desde un solo centro, habrá más para todos. Es una visión idealizada de la eficiencia centralista.
Por otro lado, el hartazgo de la "Gestión Cercana": a veces, la cercanía del poder autonómico no se traduce en mejores servicios, sino en ver la corrupción más de cerca o sentir que tu región es la "olvidada" dentro de tu propia autonomía (por ejemplo, el sentimiento de que el Gobierno de Aragón solo mira por Zaragoza capital). Ante eso, el votante piensa: "Para que me maltraten desde mi capital regional, que manden desde Madrid, que al menos es la capital de todos".
Y el peso de la identidad por encima de Gestión: Aquí está la clave, el votante de VOX no vota con el estatuto de autonomía en la mano, vota con la bandera. Para ellos, el centralismo no es "vasallaje", es "unidad". Sienten que las autonomías dividen a los españoles y que ser "vasallo de Madrid" es, en realidad, ser simplemente "español sin etiquetas". Prefieren una igualdad teórica impuesta desde el centro que una diversidad gestionada desde la región.
El riesgo real para el pueblo es el escenario que partidos como Soria ¡Ya! o Teruel Existe denuncian: si Madrid recupera todas las competencias, las inversiones se irán a lo que sea rentable para Madrid: Un ministerio en Madrid puede decidir que cerrar un ambulatorio en un pueblo de Castilla y Leon es "eficiente" porque en la hoja de Excel los números no salen. y sin una autonomía que pelee por ese territorio, el mundo rural pierde su "abogado" defensor.
VOX ha conseguido que su electorado vea el centralismo como una limpieza de administración y no como una pérdida de derechos locales. Han vendido la idea de que "Madrid" no es una ciudad egoísta, sino el símbolo de una España donde todos son iguales (aunque esa igualdad signifique que nadie tiene voz propia fuera de la Castellana).
Si se cumpliera el programa de VOX a rajatabla, el escenario para un vecino de La Puebla de Alfindén sería un choque de realidad importante por varios motivos:
Es el eterno debate entre identidad y gestión. VOX ha ganado la batalla de la identidad (la bandera, la unidad, el orgullo), pero su modelo de gestión es el que, históricamente, ha vaciado España al concentrarlo todo en un solo polo de poder.
A veces, la única forma de que la gente entienda la utilidad de una institución (como la autonomía) es perdiéndola. Lo que pasa es que, cuando se dan cuenta de que para que les pongan un pediatra tienen que ir a protestar frente al Ministerio de Sanidad en el Paseo del Prado, igual ya es tarde.
Y no solo eso, sino que el programa de VOX tiene entre sus objetivos la privatización de la sanidad, la educación, pensiones y tirando de hiperbole, hasta el aire que respiras. Cuando esas medidas empiecen a afectar en el nivel de endeudamiento de la gente, con la vivienda siguiendo su rumbo de libre mercado y donde no se podrá protestar porque es lo que designa el libre mercado, entonces vendrán los lloros masivos.
Escribo este artículo a raíz de ciertos incidentes que he observado en el portal de noticias Xataka, y con uno de sus editores en concreto: un tal Miguel Jorge.
Aparte de los titulares absolutamente tendenciosos y orientados al clickbait mas barato, que ya no están meramente circunscritos a este editor en concreto (ya que se han establecido como morma en Xataka), titulares que por cierto son cambiados a los pocos minutos por lo bochornoso, este editor Miguel Jorge ha derivado en un comportamiento que a mi parecer es muy peligroso y nefasto para un portal de noticias que intenta ser serio, o al menos medianamente digno.
Como podéis ver en este artículo reciente:
este editor se dedica a borrar sistemáticamente todo comentario que no es acorde con el sesgo que quiere imprimir en el artículo. Os lo muestro en esta vergonzosa captura de pantalla, donde ya solo quedan prácticamente comentarios de quien parece ser su alter ego Pedrosalguera:

Fijaos que el último comentario indica:

Este es su tercer o cuarto comentario idéntico antes de ser borrado de nuevo. Si entráis de nuevo, ya no vais a ver nada de el.
No solo esto, ya de por sí grave e indigno en un profesional que se precie de serlo, también ha editado comentarios de los propios usuarios para que no pusieran en tela de juicio sus propios dogmas. Esto es algo extremadamente grave que creo que acaba de inaugurar este editor en este portal.
Aquí tenéis otros ejemplos de esta censura por parte de Miguel Jorge:
En fin, una verguenza para Xataka el permitir este tipo de conductas por parte de sus editores.
Gracias por leerme este cabreo.
menéame