Estoy leyendo a demasiada gente sedienta de sangre que afea a Donald Trump haberse echado atrás, y me parece repugnante, estúpido y descerebrado. Son tantas las ganas de atacar y ridiculizar, de todos los modos posibles, al presidente norteamericano, que hasta cuando hace lo más lógico y aporopiado se aprovecha para decirle que es un mierda, o reírle las gracias a los del TACO.
Comprendo que Israel promueva esas cosas, proque ellos querían sangre, mucha sangre, y todo lo que no sea un mar de sangre es un error, ¿pero el resto?
¿De veras vais a decirle al abusón de la clase que es un mierda y un mariquita por no haberle partido la cara al gafotas que no le dio el bocata? ¿Sois de esos? Jo, Anselmo, que maricón eres, que el gafotas se ha reído de tí. Vaya mierda es el Anselmo, que promete hostias a los pequeños y luego no les pega. Vaya pringado el Anselmo, que dijo que se mearía en la mochila d elso de primero y luego no se meó.
Yo es que leo por aquí y por medios similares, y alucino. Burlarse de Trump por no haber tirado una bomba atómica. Burlarse de él por no haber matado un millón más. ¿Qué son los que hacen eso? ¿Primos de Netanyahu o simples hijos de puta sin filiación conocida?
Nunca termina uno de sorprenderse con la cantidad de canallas que hay por ahí sueltos.
Después de las gravísimas declaraciones de Donald Trump en el día de ayer martes 7 de abril y del extraño paso atrás a última hora en el que se involucraba a un actor externo como Pakistán está claro que EEUU es oficialmente un país ridículo y que su presidente, demente ya a la vista de todos, no es meritorio de su cargo o es más bien el que ocuparía uno en una república bananera.
Las hipótesis que cabrían barajar son las siguientes:
1. Fue un farol de Donald Trump, otro más, llevado al extremo hasta el punto de que la Casa Blanca se desentendiese diciendo que sólo él, el presidente, sabía lo que haría, como si de una autocracia se tratara, con el fin de con ese tono amenazante conseguir a la desesperada que Irán abriese el estrecho de Ormuz.
2. Miembros de la Casa Blanca han disuadido a Trump de que escalara la guerra sabiendo que eso podría suponer cometer flagrantes crímenes de guerra difíciles de excusar que haría copartícipes y juzgables a varios miembros de su equipo.
3. La participación de Pakistán fue real y habría amenazado en conversaciones internar con participar activamente en la guerra, sin descartarse la escalada nuclear en caso de que Irán fuese atacado como lo había anunciado Trump.
Aún resulta difícil saber qué ha pasado realmente pero todo apunta a que lamentablemente fue lo primero ya que cualquier escenario debe contemplar ya la posibilidad de replantear la continuidad de Trump al cargo. Sin embargo, la única hipótesis con menos fuerza para ello es la primera, la de la estrategia dialéctica sin un plan de ataque real, es decir, un farol.
Y esto parece estar verificándose con el hecho de que ya nos encontramos en "el día siguiente", han pasado ya muchas horas y Trump sigue soltando bravuconadas de victoria bélica compartidas por sus portavoces y republicanos más cercanos.
Entonces, ¿Nada ha cambiado? ¿Que un presidente de un país que habla insistentemente de la paz sea capaz de amenazar con matar a millones de personas y destruir un país no tiene ninguna consecuencia? ¿Ya se han enfriado esas palabras? ¿Vamos a permitir que vuelva a ocurrir? ¿Vamos a poner al fin fin a esto?
Naciste sabiendo sentir. No sabiendo hablar: sabiendo sentir. La diferencia es enorme y nadie te la explica.
Cuando tenías tres meses eras un sistema emocional puro y sin filtros. Hambre, miedo, placer, apego. Sin comentarista interior, sin narrativa, sin "proceso mis emociones de forma disfuncional". Solo cuerpo. Solo presente. Los budistas llevan dos mil años intentando volver a ese estado y cobrando un dineral por el intento. Tú lo tenías de serie y te lo quitaron.
¿Quién? El lenguaje. Que por cierto, no es tuyo.
Antes de que llegara, la emoción era el idioma. Y funcionaba de puta madre. Darwin lo documentó en 1872: la cara de asco es la misma en Tokio y en el Amazonas, enseñar los dientes es una amenaza universal, el llanto tiene cadencias distintas para el dolor y para el hambre. Millones de años de evolución afinando ese sistema. Sin ambigüedad. Sin malentendidos. Sin "creo que lo que me quieres decir es". Compartido con primates, eficaz, honesto. Es el protolenguaje. El idioma que no necesita que nadie te lo enseñe porque ya viene instalado de fábrica.
Luego llegaste tú con tus palabras. Y lo liaste todo.
El lenguaje llegó de fuera. De tus padres, de la tele, de la cultura, de gente que tampoco eligió el suyo. Se instaló en tu cabeza sin pedirte permiso —antes de que pudieras opinar— y desde entonces no ha parado de hablar. William Burroughs lo llamó "un virus del espacio exterior". No en sentido metafórico: el sistema simbólico se replica usándote como huésped, coloniza tu experiencia y convierte cada momento presente en una narración sobre el momento presente. Dejas de vivir. Empiezas a comentar que vives.
Porque las palabras no describen las emociones: las construyen, las recortan y las deforman. Lisa Feldman Barrett lleva años demostrando con neuroimagen que la emoción que experimentas depende de las categorías conceptuales que tienes disponibles. Sin la palabra, te cuesta más construir la experiencia con nitidez. El lenguaje no es el mapa del territorio emocional: es el arquitecto que decide qué habitaciones existen y cuáles no. Y encima te cobra alquiler.
El proceso tiene nombre. Lacan lo llamó el estadio del espejo: el momento en que el bebé se ve en su reflejo y descubre que existe como objeto para los demás. Ya no es solo cuerpo que siente: es figura que otros observan, juzgan y nombran. Jung lo llamó individuación: el yo emerge no desde dentro hacia fuera, sino al revés, fabricado desde fuera hacia dentro por la mirada ajena y por las palabras que te nombran antes de que puedas nombrarte a ti mismo. Antes de ese momento, la psicosis sana: todo presente, sin distancia, sin observador. Después, la neurosis: un comentarista deportivo instalado en la cabeza que narra en tiempo real todo lo que haces, sientes y deberías haber sentido.
El Evangelio de Juan dice que en el principio era el Verbo y el Verbo se hizo carne. Bonito. Pero lo que realmente pasó en tu infancia fue lo contrario: la carne se hizo verbo. El cuerpo sintiente, la emoción directa, el presente puro —todo eso ascendió hacia el símbolo y no volvió. Ya no eres alguien que siente: eres un personaje que se narra. Y el narrador, para que quede claro, tampoco eres tú. Es el virus.
El neurocientífico Michael Gazzaniga lleva décadas estudiando pacientes con el cerebro dividido y llegó a una conclusión incómoda: el hemisferio izquierdo es una máquina de confabular narrativas. Genera explicaciones coherentes para cosas que no controló, decisiones que no tomó, emociones que llegaron de otro sitio. Y lo hace tan rápido y tan bien que te convence de que esa narración eres tú. No eres tú. Eres el homúnculo pequeñito que queda detrás, relegado a algún rincón, mirando cómo el intérprete izquierdo cuenta su historia y se la apropia. Somos, en el mejor de los casos, coautores de una novela que en gran parte ya estaba escrita.
Julian Jaynes propuso que las voces interiores —las prohibiciones, el "no deberías", la culpa— pudieron ser el origen literal de los dioses. El mono quería el plátano. La norma social decía que no. Esa prohibición, repetida hasta automatizarse, se convirtió en una voz que venía de arriba, de fuera, de algún lugar sin cuerpo. Los primeros dioses eran normas gramaticales con reverb. Los tuyos también.
Bob Dylan cantó que Dios le puso nombre a todos los animales. Lo que no cantó es que en cuanto les pones nombre los domesticas, los metes en una caja y los controlas. Eso mismo hizo el lenguaje con tus emociones.
En Informe para una Academia, Kafka cuenta la historia de un mono capturado que aprende a hablar, a caminar erguido y a beber aguardiente. Al final explica ante un comité científico que no lo hizo por admirar a los humanos ni por anhelo de libertad. Lo hizo porque necesitaba una salida. Cualquier salida. Michel Gondry hizo lo mismo en Human Nature, en versión de comedia romántica: el hombre criado como animal que al adquirir el lenguaje pierde la inocencia, gana la neurosis y pasa el resto de la película preguntándose si prefería antes. Spoiler: sí.
El protagonista de Altered States va en sentido contrario: se mete en un tanque de privación sensorial con psilocibina buscando regresar al yo pre-lingüístico, al estado anterior a la individuación donde el cuerpo y el mundo todavía no se han separado. La premisa científica es cuestionable. La pregunta que plantea no lo es: ¿qué queda de ti si quitas el lenguaje? ¿Hay alguien ahí dentro, o solo hay un sistema que se cuenta a sí mismo que es alguien?
Los replicantes de Blade Runner tenían implantadas memorias emocionales de infancias que nunca vivieron y lloraban mirando fotos que no eran suyas. La diferencia entre ellos y tú es que a ti todavía nadie te ha dicho que tu narración interna también, en gran medida, te la pusieron otros.
Los niños que ven un guiñol gritan "¡cuidado, el lobo!" sabiendo perfectamente que es un títere. Habitan el relato sin necesitar la distancia irónica del adulto. Eso que tienen los niños —la capacidad de estar dentro del símbolo sin necesitar comentarlo— es lo que los adultos hemos perdido. Los adultos ven el guiñol y piensan: "interesante representación del arquetipo del depredador". El lobo ya no les da miedo. Y eso no es madurez. Es disociación con buena prensa.
Pasa lo mismo con el cine. Puedes ver una película sintiéndola —dejarte arrastrar, que el corazón se acelere cuando el personaje corre, que se te haga un nudo cuando se despide— o puedes verla analizándola: plano contraplano, estructura de tres actos, "interesante uso de la elipsis temporal". Las dos formas son válidas. Pero solo una te mueve de verdad. El lenguaje, cuando funciona como escudo en vez de como puente, te saca de la experiencia y te pone a comentarla desde fuera. Y una vez fuera, el lobo ya no muerde.
El único momento en que la máquina se para del todo es el flow: cuando estás tan metido en algo que el comentarista se calla solo. Los músicos, los deportistas, los cirujanos en mitad de algo difícil lo conocen. Desaparece el monólogo. Desaparece la distancia entre el que hace y lo que se hace. O eres, o cuentas. Las dos cosas a la vez no tocan.
¿Solución? No hay. El lenguaje es el único antídoto para el lenguaje, lo cual es exactamente el tipo de trampa que solo puede diseñar un parásito inteligente. No puedes salirte del sistema. El mono de Kafka ya no puede desaprender.
Lo que sí puedes hacer es saber que estás infectado. Que el virus llegó de fuera. Que antes de él había algo.
Y que ese algo todavía está ahí, debajo del ruido, intentando decirte algo sin palabras.
menéame