La cosa está muy jodida. El tiempo pasa y las arterias por las que circula buena parte de la energía global siguen obstruidas por el colesterol de la cerrilidad. Las negociaciones se han pospuesto, y el daño crece con cada día que pasa. Esos son los hechos.
Como me molesta tanto que un debate, cualquier debate, gire en torno a la culpa y no a las soluciones, voy a tratar de romper una lanza contra esa manía religiosa, tan cristiana, de buscar en primer lugar una percha para el mochuelo y luego, si hay tiempo y ganas, reflexionar sobre sobre las posibles salidas de una crisis.
Como parece que lo racional no funciona, en estos momentos hay dos salidas, las dos bastante irracionales.
La primera es arrasar completamente Irán de manera que no pueda poner en entredicho nunca más la libre navegación en el estrecho de Ormuz. Una bomba atómica, o diez, el país entero a tomar por culo, y muerto el perro se acabó la rabia. El problema que tiene esta solución es que las instalaciones petroleras quedarían inservibles, no solucionaría el desabastecimiento, y las nubes tóxicas irían hacia donde les saliese de los huevos, según su ancestral costumbre, causando destrucción y muerte en una amplísima región, imposible de prever. Además, una vez abierta esa caja de Pandora, sería muy difícil cerrarla y no se puede saber dónde estallaría la siguiente ola de salvajismo, hecatombe y destrucción. Puede que en Kiev, por ejemplo, aquí al lado, o vete a saber. Es una verdadera mierda de solución, pero podéis estar seguros de que hay por ahí unos cuantos psicópatas valorándola.
La segunda solución sería que un tercer país, como por ejemplo Rusia, China o Pakistán le vendan a Irán una docena de bombas atómicas, los ayatolás hagan detonar una de ellas en un desierto remoto a modo de prueba y todo el mundo se ponga firme. Seguro que a Isarel no le haría ni puñetera gracia, pero tampoco a los americanos les hizo gracia que la URSS desarrollase en los años cuarenta su bomba atómica, y no pasó nada. Igualados los contendientes en posibilidades destructivas se entra en terreno conocido: guerra fría, amenzas bravuconadas, riesgos, ¡Y PAZ! Una vez que los iraníes hubiesen demostrado que tenían la bomba, todo el mundo se iría tranquilo a casa, unos a vender petróleo y otros a vender tecnología o pelis molonas de superhéroes, porque a ver qué interés puede tener nadie en mantener cerrada la principal vía comercial de la región una vez aclarado ese asunto.
Tampoco es que la segunda sea una solución muy brillante, porque daría a entender que todo el mundo debería proverse de armas nucleares, pero actualmente hay una docena larga de países que las tienen y de momento no ha pasado nada. De momento.
La tercera es que se vuelvan todos un poco más sensatos y dejen de hacer el orangután, pero esa ni cotiza.
Durante siglos, el debate sobre la existencia de Dios ha sido el entretenimiento favorito de filósofos y teólogos. Sin embargo, para el pensamiento crítico moderno este debate no es más que una maniobra de distracción. Centrar la discusión en si existe o no un "creador" es caer en una trampa lógica diseñada para terminar en un empate técnico perpetuo, permitiendo a las religiones operar sin rendir cuentas.
El problema de este debate es que se centra en una idea infalsable. Al ser Dios una entidad metafísica fuera del tiempo y el espacio, ni la ciencia puede negarlo ni el creyente puede probarlo. Esta "niebla intelectual" beneficia exclusivamente a la religión: ante la falta de pruebas, se apela al misterio y la discusión se cierra en tablas. Es un callejón sin salida que permite a los creyentes perseverar en su fe sin cuestionarse sus creencias.
Pero eso no es todo. Los creyentes que aceptan entrar en este debate parten de la presunción de que, si existiera un Dios, su religión quedaría validada, realizando una pirueta lógica que no resiste el más mínimo análisis. Porque una cosa es que exista una "fuerza creadora" y otra bien distinta que esta fuerza avale los dogmas de cada religión. Aún suponiendo la existencia de un creador, muchas preguntas incómodas seguirían sin respuesta: ¿por que ese creador dictó un libro específico? ¿Por qué le importa lo que comemos o con quién dormimos? ¿Por qué una institución humana tiene su autoridad exclusiva? Es aquí donde el debate pierde todo el sentido.
El verdadero debate no debería centrarse en la existencia de una "fuerza superior", sino sobre las instituciones que pretenden hablar en su nombre. Podemos conceder, por un momento y por puro ejercicio lógico, la posibilidad de un creador, pero eso no otorga ni un ápice de validez a las religiones. La trampa se rompe cuando bajamos el debate al terreno de los dogmas y los postulados específicos, porque estos sí pertenecen al mundo de lo humano, lo histórico y lo comprobable. A diferencia de la abstracta idea de Dios, los dogmas religiosos son vulnerables por varios flancos. Citaré tres:
La conclusión es obvia. Debatir sobre la existencia de Dios es perder el tiempo en una abstracción cómoda para el creyente. No necesitamos demostrar que no hay nadie "ahí arriba" para denunciar que las leyes impuestas "aquí abajo" en su nombre carecen de sentido, lógica y compasión. Deberíamos dejar de discutir sobre el arquitecto y empezar a discutir sobre la precariedad del edificio religioso.
*Escrito con ayuda de Gemini AI
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