
Hubo un tiempo en el que el Partido Republicano tenía un discurso relativamente sencillo de identificar. Mercado libre, Estado mínimo, defensa del comercio internacional, fe en el capitalismo sin trabas. Un conjunto de principios económicos que, con independencia de sus efectos reales, al menos ofrecía coherencia interna. Uno podía estar o no de acuerdo, pero sabía qué esperar.
Eso cambió. No de golpe, pero sí de manera profunda. Y el momento bisagra tiene nombre propio: Donald Trump.
Lo que Trump logró en 2016 no fue solo ganar unas elecciones. Fue reescribir el manual del conservadurismo estadounidense sin apenas disimulo. Y lo hizo con una operación tan audaz como contradictoria: presentarse como enemigo de las élites siendo, él mismo, un miembro destacado de ellas. Un magnate inmobiliario, criado en el privilegio, con contactos en todos los sectores del poder económico y mediático, que supo vender la idea de que representaba al hombre común frente al establishment.
No fue casualidad. Fue cálculo político. Porque Trump entendió algo que sus rivales dentro del partido aún no querían aceptar: que el discurso tradicional republicano había dejado de funcionar para amplias capas de su propio electorado.
Durante décadas, el libre comercio había sido presentado como una bendición universal. Los tratados internacionales, la globalización, la competencia sin restricciones: todo eso, según la ortodoxia republicana, beneficiaba a todos. Pero en las zonas industriales del Medio Oeste, en los pueblos mineros de Pensilvania o en las comunidades manufactureras de Ohio, esa promesa no se había cumplido. Las fábricas cerraban, los empleos desaparecían, los salarios se estancaban. Y mientras tanto, las grandes corporaciones —las mismas que financiaban las campañas republicanas— seguían acumulando beneficios récord.
Trump no inventó ese descontento. Solo supo capitalizarlo. Y lo hizo cambiando radicalmente el mensaje: el enemigo ya no era el Estado, sino China, México, los tratados comerciales injustos, las élites globalistas. De pronto, el Partido Republicano, paladín histórico del libre mercado, empezaba a hablar de aranceles, de proteccionismo, de recuperar empleos industriales aunque eso significara romper acuerdos internacionales.
El giro fue espectacular. Pero lo verdaderamente revelador no fue el cambio en sí, sino su lógica. Trump no abrazó el proteccionismo por convicción ideológica. Lo hizo porque, en ese momento, el libre mercado ya no le beneficiaba políticamente frente a economías más competitivas como la china. Cuando eres el actor más fuerte, defiendes la apertura. Cuando empiezas a perder terreno, cierras las fronteras.
No es principio. Es táctica.
Pero el cambio no se limitó a la economía. Hubo otro desplazamiento, quizá más profundo, relacionado con la forma de ejercer y comunicar el poder.
Antes, incluso los gobiernos más agresivos necesitaban disfrazar sus intenciones. Las invasiones se justificaban con informes de inteligencia, las sanciones con violaciones de derechos humanos, las intervenciones militares con la protección de la democracia. Había un código implícito: no podías decir en voz alta lo que realmente buscabas. Había que mantener, al menos, las formas.
Trump rompió ese pacto. No solo en lo discursivo, sino en lo simbólico. Cuando habló de quedarse con el petróleo de Irak, no lo dijo como desliz. Lo repitió durante años. Cuando su administración dejó claro, por boca de John Bolton, que el petróleo venezolano era parte del interés estadounidense en el cambio de régimen, tampoco hubo eufemismos. Cuando amenazó a países enteros con destrucción económica si no cedían a sus demandas, no lo envolvió en retórica diplomática. Lo tuiteó. Cuando dejó claro que Estados Unidos iría a por los recursos que considerara estratégicos, lo dijo sin rodeos.
Y eso cambió algo fundamental en la política exterior estadounidense: la máscara dejó de ser necesaria.
Los demócratas, mientras tanto, siguen utilizando el mismo lenguaje de siempre. Hablan de alianzas, de multilateralismo, de derechos humanos, de responsabilidad internacional. Mantienen la ficción de que hay un orden basado en reglas y que ellos son sus defensores. Pero cuando se les observa actuar —en Yemen, en Siria, en su apoyo incondicional a ciertos regímenes, en su uso masivo de drones—, la distancia entre el discurso y los hechos es exactamente la misma que con los republicanos. Solo que ellos aún sienten la necesidad de ocultarlo.
Trump y el nuevo republicanismo no mienten menos. Simplemente han dejado de fingir que mienten. Y eso, paradójicamente, les ha dado una ventaja comunicativa inesperada: proyectan autenticidad. Cinismo descarado, sí, pero autenticidad al fin y al cabo.
Lo más inquietante de todo esto no es que Trump haya traicionado los principios republicanos tradicionales. Es que los ha reemplazado sin que el partido, en su conjunto, haya opuesto resistencia real. Porque, al final, esos principios no eran tanto convicciones como herramientas. Funcionaban cuando servían para ganar elecciones y mantener el poder. Cuando dejaron de funcionar, se cambiaron.
El Partido Republicano ya no es el partido del libre mercado. Es el partido de lo que funcione en cada momento. Proteccionismo si es necesario, desregulación si conviene. Apelar al pueblo llano mientras se goberna para los ricos. Romper alianzas internacionales si eso rinde electoralmente, y reforzarlas si no queda más remedio.
Lo que define a este partido ya no es un conjunto de ideas, sino una disposición absoluta a cambiar de forma para conservar el poder. La serpiente muda de piel, pero sigue siendo serpiente.
Y quizá ese sea el verdadero legado de Trump: no haber inventado una nueva ideología, sino haber normalizado la ausencia de ella. Haber demostrado que se puede gobernar sin necesidad de coherencia doctrinal, solo con pragmatismo electoral y con la capacidad de leer, y explotar, el clima político del momento.
Mientras tanto, los demócratas siguen creyendo que la batalla se gana con buenos modales y discursos bien construidos. Siguen hablando de principios, de normas, de instituciones. Y siguen perdiendo terreno ante un adversario que ya no juega con esas reglas.
Porque Trump no cambió solo al Partido Republicano.
Cambió las reglas del juego político.
Y todavía no está claro si alguien, del otro lado, se ha dado cuenta.
menéame