Siempre se ha analizado el éxito personal a través del esfuerzo y la capacidad de "resilencia" de cada uno. Y todo eso está muy bien para el LinkedIn de Borja, que estudió en la British School y tiene un padre que "le abrió algunas puertas". Pero creo que hay algo que estos análisis no cuentan.
El test del marshmallow (¿malvavisco?) y lo que realmente mide
En los años 60 un psicólogo llamado Walter Mischel hizo un experimento muy sencillo. Seleccionaba a un niño de cuatro o cinco años, le ponía una nube de azúcar delante y le decía "si no te la comes antes de que vuelva, te doy dos." Luego se iba. Y observaba. Seguro que habéis visto algo así en páginas populares como ElRellano.
Lo que descubrió es que los niños que esperaban, que no se comían la nube, tendían a tener mejor vida. Mejores notas, mejores trabajos, mejores relaciones. Más autocontrol, vamos. Durante décadas esto se interpretó como que el éxito depende de tu capacidad de resistir al pecado. Fuerza de voluntad y disciplina. El problema es que esa interpretación es un poco regular. El test en realidad no mide el autocontrol. Mide la confianza.
Piénsalo. Si eres un niño cuya experiencia vital es que los adultos cumplen sus promesas, que el señor que salió por la puerta va a volver, pues esperas. Pero si eres un niño cuya experiencia vital es que las promesas no se cumplen, que lo que tienes ahora igual mañana no lo tienes, pues te comes la nube. Que es, objetivamente, la decisión más racional del mundo.
El niño pobre que se come el marshmallow no tiene menos autocontrol que Jose María. Tiene más información.
El multiplicador de la cuna
¿De dónde viene esa diferencia de confianza? Pues de casa. Concretamente, de cómo te hablan en casa. Los padres con recursos hablan más con sus hijos. Más vocabulario, frases más largas, más explicaciones. Cuando Jose María comprueba si el fuego quema su padre le explica la termodinámica doméstica durante veinte minutos. Cuando Yonwic toca el fuego, su madre le dice que como lo vuelva a hacer le dará una patada en la boca.
Los dos aprenden a no tocar el fuego, pero José María aprende que en el mundo se puede negociar y entender. Yonwic aprende que al mundo hay que obedecerlo. Esto se traslada luego al colegio y al trabajo y a todo lo demás. José María entra al aula convencido de que el profesor es un amigo. Yonwic entra con el cuerpo tenso.
No es que los padres de Yonwic sean peores padres. Es que están entrenando a sus hijos para el mundo en el que realmente viven. Un mundo donde cuestionas a la autoridad y lo pierdes todo. Un mundo donde ser obediente no es una limitación sino que es una estrategia de supervivencia.
El problema de enseñar resiliencia
Sabiendo todo esto las escuelas llevan décadas intentando enseñar autocontrol, disciplina, mentalidad de crecimiento. En su mayor parte no funciona. ¿Por qué? Porque correlación no es causalidad. La gente con éxito tiene mentalidad de crecimiento. Y tienen dientes más bonitos. Pero que te despiertes a las cuatro de la mañana no te hace rico. Simplemente es que los ricos tienen más motivación para madrugar.
La resiliencia no produce el éxito. El éxito produce la resiliencia. Y si eres pobre y te caes, no es que te falte mentalidad de crecimiento. Es que no hay nadie que te ayude a levantarte.
La jerarquía y el juego que no puedes ganar
Lo que de verdad determina el éxito (según décadas de estudios macroeconómicos) es dónde naciste. Si tus padres tienen dinero lógicamente tú tendrás dinero. Si no lo tienen, las probabilidades están estructuralmente en tu contra, independientemente de tus marshmallows sin comer.
La sociedad es una jerarquía y las jerarquías se perpetúan solas porque los de arriba, una vez arriba, organizan el sistema para que sus hijos también estén arriba. No siempre con mala intención sino con instinto paternal.
¿La única solución real? La movilidad social. Cuando el sistema permite que el talento suba independientemente del origen, la gente trabaja, innova, se implica. Da igual si es democracia o no, da igual si es capitalismo o comunismo. Lo que importa es si Yonwic tiene una oportunidad real de llegar donde llegó Josemari.
Y cuando esa movilidad se cierra (que se cierra siempre porque los de arriba tienen hijos y los hijos necesitan sitio) pasa lo de siempre. La gente se endeuda y pierde lo poco que tiene. Y en algún momento alguien con suficiente ambición y suficiente discurso dice "seguidme, que les vamos a quitar lo que es nuestro." Así han empezado todas las revoluciones de la historia.
En definitiva
Cualquier análisis serio sobre por qué unos triunfan y otros no debería reconocer una realidad bastante molesta para los libros de autoayuda. Comerse el marshmallow no era una prueba de carácter sino de qué barrio eres.
España, principios de los años 90. Antonio, operario de taller, ha sido llamado por el dueño de la empresa en la que lleva 20 años trabajando. No es buena señal, ya que estas reuniones nunca acaban con buenas noticias.

J: Antonio... pasa, hombre. Cierra la puerta. Tenemos que hablar con calma. (saca un puro habano de una caja de madera con detalles dorados y lo enciende)
A: ¿Ha pasado algo?
J: No, no... bueno, sí, pero nada grave. Antonio, tú y yo nos conocemos desde hace ya muchos años. Sabes que para mi esta empresa es como una familia.
A: Claro.
J: Precisamente por eso te hablo con total sinceridad. La cosa está muy complicada. La competencia aprieta muchísimo.
A: Ya, eso imagino...
J: El otro día se me presentaron aquí unos chicos, morenitos, dispuestos a trabajar por mucho menos. Muchísimo menos. No sabrán hablar el idioma pero trabajan rápido, eh, muy trabajadores. Buenos chavales.
A: ¿Pero tienen papeles?
J: Antonio, Antonio... no me metas en política. Yo soy empresario. Tengo que sacar la empresa adelante. Si no los contrato yo, los contratará otro de la competencia. Y entonces sí que nos hundimos.
A: Pero, no es eso...
J: Quieto, Antonio! Piensa en todas las familias que dependen de esta empresa. La tuya también. A veces hay que recurrir a aquello que no se quiere hacer para evitar un mal mayor.
A: Claro, ya...
J: Por eso he pensado una solución intermedia. Tú no te preocupes, que te quedas, por supuesto. Pero tendremos que ajustarnos todos un poco el cinturón, ¿lo entiendes?
A: ¿No del todo, qué quiere decir?
J: Te voy a tener que bajar el sueldo... a la mitad.
A: ¿A la mitad?
J: Temporalmente, Antoñito. Recuerda que esto es por el bien de la empresa.
A: Ya, lo entiendo, pero...
J: Pero no te preocupes. Precisamente por estas injusticias he decidido dar un paso adelante.
A: ¿Cómo?
J: Antonio, he fundado un partido.
A: ¿Un partido?
J: Sí, hombre. Un partido serio. De gente trabajadora. Nuestra propuesta estrella es acabar con esta competencia desleal.
A: ¿Cómo?
J: Impidiendo que regularicen los papeles. Así no podrán venir aquí a quitarnos el trabajo.
A: Pero, si usted los está contratando ahora mismo...
J: Antoñito, Antoñito… una cosa es lo que uno tiene que hacer para sobrevivir en el mercado y otra muy distinta lo que hay que hacer para arreglar el país.
A: Ya, si no digo que no...
J: Mira Antonio, solo tienes que firmar aquí para apoyar el movimiento.
A: ¿Firmar, yo?
J: Sí, hombre, creo que podemos contar contigo. Y si puedes hacer una pequeña aportación... pero nada, algo... simbólico. Diez mil pesetas al mes. Piensa en ello... como en una inversión, para tu futuro.
A: Diez mil pesetas, no sé yo si...
J: Una miseria para lo que queremos hacer. Defender a los trabajadores de este país.
A: Pero si me baja el sueldo...
J: Precisamente por eso, Antonio. Porque eres uno de los afectados. ¡Hazte oír! ¿O quieres que esos comunistas y sindicatos que solo quieren hundir el país y llenarlo de inmigrantes acaben ganando la partida?
A: No, no, por supuesto que no...
J: Pues firma aquí. Verás cómo entre todos arreglamos esto. Tu eres un trabajador serio y leal con la empresa, porque sabes lo difícil que es y el esfuerzo que conlleva mantener esto abierto.
A: ... (firma con un gesto de resignación)
J: Así me gusta, Antonio. Gente comprometida con España.
A: ... (medio sonríe, sin ganas)
J: Ah, y una cosa más, ya que estás aquí.
A: ¿Sí?
J: Cuando salgas, dile a la de contabilidad que te prepare tu nueva nómina.
A: ¿La de la mitad?
J: Temporalmente, Antoñito. Temporalmente... Cuando ganemos, no te preocupes que todo irá a mejor. Pero recuerda, necesitamos tu ayuda...
A: Sí, usted disculpe, que siempre la tendrá.
J: Esa es la actitud que hay que tener. Y si ves a los dos chicos nuevos que han venido hoy, mándalos al taller. Son los que van a cubrir tu turno de la tarde.
(pausa)
J: Ah., y de paso... haz que entre el sastre a mi oficina, hoy es viernes y toca traje nuevo, que la empresa ha de mantener una imagen.
Antonio no tendrá capital económico.
Pero su jefe le ha dado algo mucho más importante: la seguridad de ser un trabajador leal con la empresa y de formar parte de un proyecto que, eventualmente, acabará con la injusticia que llevó a su esforzado jefe a reducirle el salario y a contratar a inmigrantes sin papeles por el bien de esa familia que es la empresa.
Ahora a Antonio, lo que le falta en capital económico, le sobra en capital simbólico.
Antoñito no llegará a fin de mes. Pero se ha convertido en un español de bien, con dignidad y orgullo, de los que defienden a los generadores de riqueza y luchan contra la invasión extranjera.
Eso es todo lo que le queda y nadie se lo va a quitar.
menéame