Pocas cosas parecen tan caóticas —y, a la vez, tan hipnóticas— como un buen laberinto. Lo que para el lector es un pasatiempo de domingo, para matemáticos e informáticos es un terreno fértil donde poner a prueba ideas sobre aleatoriedad, grafos y recorridos. Entre todas las técnicas para generarlos, una destaca por su elegancia y por la garantía que ofrece: el algoritmo de Wilson, presentado en 1996 por el matemático David Bruce Wilson. Su promesa es contundente: producir laberintos perfectos y verdaderamente aleatorios.