Si lo pensamos, la vida social es un absurdo:
Para la mayoría de personas somos un elemento de fondo, indiferente.
Para un gran porcentaje somos un entretenimiento.
Para algunos somos un pañuelo donde desahogarse.
Para otras personas un ser que da sentido a sus vidas, de normal por atributos que ellas mismas han otorgado o idealizado.
Para otros tantos, un desahogo para su amargura.
Pero para otra mayoría, somos parte de su rutina, un elemento más que no puede faltar porque si no se rompe la zona de confort.
En general, tenemos vida social por costumbre o porque, se supone, es lo normal. Pero mucha gente, una vez cumplen su objetivo (de normal echarse pareja) se alejan de la vida social.
No hay genuidad conviviendo en sociedad. Nunca la hubo.
Por mucho acondicionador que use para aparentar volumen y que se peine el flequillo hacia adelante para disimular, no puede ocultar el hecho de que está a solo dos pasos de tirar los peines equívocamente al contenedor amarillo. Es la Lucía Etxebarría de los artículos sobre inteligencia artificial, y dirige un medio que es la revista digital de referencia en la "izquierda Malasaña" (aunque también envían tochos a casa que sirven para descarrilar trenes), aunque la mayoría lo conoceréis por estar hasta los cojones de ver spam suyo por aquí.

Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.
Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.
Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.
Confieso que he vivido. Memorias. Pablo Neruda.
menéame