Como ya ha terminado la Semana santa, ya se pueden decir estas cosas: no creo en la magia, no creo en la hechicería, ni en los milagros, ni en cosas como que el alma del autor esté en la obra, impregnando las moléculas de los cuadros.
No cero que un edificio sin restaurar sea superior a uno restaurado, porque el talento humano está en el diseño, que permanece, y por lo demás, todas las piedras son más o menos igual de viejas.
No, no soy fetichista. No me la pone dura el uniforme de goma, ni el rímel de uranio, ni el pintalabios de belladona. Tampoco creo que se aprecie mejor el talento de un pintor ante el original que ante una copia, y sólo los animistas, los verdaderamente religiosos, mantienen que el original tiene un no sé qué a mayores que aporta valor económico. Un valor económico basado, no nos engañemos, en el espiritismo y la magia.
Así que mira, propongo partir el Gernika original en dos, o en tres, y que cada reclamante se lleve un trozo del original, completando el resto con la mejor copia que sea posible hacer hoy. Porque estoy seguro de que se pueden hacer muy buenas copias, respetando la textura de la pincelada, la creación, la luz, los colores y toda la creatividad implícita de la obra. ¿Qué parte de la creatividad artística se pierde en la copia? ¿Qué pierdo yo porque un lector mío lea el ejemplar 298 de mi novela en vez del 971?
¿Qué problema hay en partir un lienzo? ¿O es que estamos como con las reliquias de los santos, que unos trozos eran más milagrosos que otros?
Demostremos que somos gente seria: fragmentamos el original, lo repartimos, y lo que falte se complementa con una buena copia.
No la superstición. No a la magia.
Ya va siendo hora.
En León, de vía estrecha, eran las monjas y la FEVE.
A medida que se redujeron las vocaciones, la exclusiva del concepto fue quedando cada vez más en manos de la FEVE.
Luego, a principios de este siglo, nos prometieron convertir ese tren en un tranvía, así que quitaron el tren y nunca pusieron el tranvía.
Así que, al final, ganaron las monjas.
¿Quién lo iba a decir?
La primera vez que fui a Tarifa a ver a mi pareja llegué en autobús. Era verano, por la tarde, y la N-340 estaba colapsada desde el cruce de Bolonia como ocurre todos los veranos por la tarde. Cuando el autobús llegó a Casa Porros se veía África, o Marruecos si lo prefieres, con total claridad. Tánger y su puerto, casas diseminadas por toda su tierra, molinos de viento dando vueltas, Ceuta y la imponente Jbel Musa que confundí con Gibraltar porque me sorprendió que 14 kilómetros fueran tan escasos. En ese momento comprendí porqué el estrecho albergaba tantos muertos. Parece tan fácil… Hay días que África no se ve, no está, ha desaparecido, la han borrado. Pero no, es solo una ilusión óptica que te recuerda que no es tan fácil. Esos días, no hay muertos en el estrecho. Al menos, no de los que persiguen un sueño.
menéame