Una de las facetas de la guerra de Irán que más perplejos mantiene a los expertos es intentar responder a la pregunta de qué sucede en caso de que no se decida nada y no se haga nada.
En Ucrania, por ejemplo, si por distintas razones los contendientes decideran no hacer nada, se podría llegar a la paz. Un día se dejan de disparar. A las dos semanas, cada cual empieza a largarse a su casa, dejando la línea fronteriza donde la última batalla la dejó. Y se acabó. No es que piense que vaya a suceder, pero es útil como ejemplo de resolución de una guerra, y ha sucedido infinidad de veces en conflictos fronterizos que se activan y desactivan un par de veces por década.
¿Y qué pasa en Irán? La cuestión es que los norteamericanos han desplazado hasta allí tres portaaviones y casi cincuenta mil hombres. La cuestión es que cada día que pasa, el calendario se acerca más a las fechas en las que puede haber 45 grados y toda acción militar es poco menos que una locura. La custión es que la logística de ese despliegue, con el estrecho de Ormuz cerrado, es una verdadera pesadilla, porque hay que traerlo todo del quinto carajo, para muchísima gente y durante muchísimo tiempo.
Los iraníes se van o no la ruina, pero como en su día los afganos, están sentados en una piedra del desierto, de su desierto, esperando a ver qué hacen los otros. Sólo en botellas de agua, sin contar nada más, ¿Os imagináis el trasiego que tienen que organizar los americanos a diario? ¿Cuánto tiempo se pueden quedar allí sin hacer nada?
Parece una pregunta baladí, pero es una especie de sensor para determinar el estado real de la situación. El que puede permitirse no hacer nada, va ganando. El que se ve obligado a moverse, está en peor posición. Veremos qué estupidez deciden, porque soluciones inteligentes no hay muchas.
Un pretendido sabio, casi un rabino…digo casi porque aunque era rabino, ser un auténtico rabino es difícil. Ser un auténtico rabino quiere decir estar iluminado.
De hecho, solo era un sacerdote que no sabía nada. Pero la gente decía de él que era un sabio. Un día regresaba a su casa desde un pueblo vecino.
Al pasar, vio a un hombre que llevaba un hermoso pájaro. Le compró el pájaro y empezó a pensar para sí: “Cuando vuelva a casa me comeré el pájaro; qué hermoso que es”.
De repente, el pájaro dijo:
-¡Ni lo pienses!
¡El rabino se asustó!
-¿Qué? ¿Te he oído hablar? –preguntó.
-Sí, y no soy un pájaro común y corriente. Yo también soy casi rabino en el mundo de las aves. Y te daré tres consejos si prometes liberarme –dijo el pájaro.
El rabino pensó para sí: “Este pájaro habla, así que debe ser alguien que sabe”.
Así es como nosotros actuamos: ¡si alguien puede hablar, entonces debe saber! Hablar es muy fácil, saber es muy difícil; no existe relación entre ambas cosas. Se puede hablar sin saber y se puede saber sin hablar. No existe ninguna relación. Pero para nosotros, alguien que habla es alguien sabio.
-Muy bien, dame los tres consejos y te liberaré –aseguró el rabino.
Primero: nunca creas ningún despropósito, lo diga quien lo diga. Puede que sea un gran hombre, famoso en todo el mundo, con prestigio, poder y autoridad, pero si dice algo absurdo, no le creas –dijo el pájaro.
-¡Muy bien! –contestó el rabino.
-Segundo consejo: hagas lo que hagas, nunca intentes lo imposible, porque entonces te convertirás en un fracasado. Así que sé consciente de tus límites.
Alguien que conoce sus límites, es un sabio, y quien va más allá de sus límites es un estúpido.
El rabino asintió y contesto:
-¡Muy bien!
-Y –dijo el pájaro- este es mi tercer consejo: si haces lago bueno, nunca te arrepientas; arrepiéntete solo de lo malo.
El consejo era maravilloso, estupendo, así que el rabino liberó al pájaro.
Feliz y contento, el rabino empezó a caminar hacia su casa mientras pensaba:
“¡Qué buen material para su sermón! La semana que viene hablaré en la sinagoga y daré esos tres consejos. Y voy a escribirlos en la pared de mi casa y en mi escritorio para tenerlos siempre presentes. Esas tres reglas pueden cambiar a un hombre”.
Entonces, de repente, vio al pájaro posado en un árbol, y este empezó a reír con tanta fuerza que el rabino preguntó:
-¿Qué pasa?
-¡Necio! Tengo un diamante muy valioso en el estómago. Si me hubieses matado, te habrías convertido en el hombre más rico del mundo –dijo el pájaro.
El rabino se arrepintió en el fondo de su corazón: “Soy un estúpido. ¿Qué she hecho? Creí al pájaro”. Tiró los libros que llevaba y empezó a trepar al árbol.
Era anciano y nunca en su vida había subido a un árbol. Y cuando más arriba llegaba, más arriba volaba el pájaro, yendo de rama en rama. Finalmente, el pájaro llegó a lo más alto del árbol, igual que el viejo rabino; y entonces el pájaro echó a volar. Justo en el momento en que iba a echar mano al pájaro, este echó a volar. El rabino perdió pie y cayó del árbol. Empezó a manarle sangre de las heridas. Se fracturó ambas piernas y estaba medio muerto.
El pájaro volvió a posarse en una rama baja y dijo:
-Primero me creíste, te creíste que un pájaro puede tener un precioso diamante en el estómago. ¡Memo! ¿Alguna vez has oído algo más absurdo que eso? Y luego intentaste lo imposible: nunca antes habías trepado a un árbol. Y cuando un pájaro está libre, ¿cómo pretendes atraparlo con las manos desnudas, atontado? Y luego te arrepientes, sintiendo que te has equivocado, cuando has realizado una buena obra al liberar a un pájaro. Ahora regresa a casa y escribe tus reglas, y la semana que viene ve a la sinagoga y predícalas.
Y eso es justamente lo que hacen todos los predicadores. Les falta comprensión: solo cargan con reglas, y las reglas son cosas muertas.
El CEO de una gran empresa decide que es mejor despedir a una cantidad enorme de empleados con el objetivo cortoplacista de reducir el costo de nómina, mostrar mejor rentabilidad y llevarse una jugosa bonificación y el aplauso de inversionistas. Sin embargo, a largo plazo, la empresa sufrirá la pérdida de talento humano experimentado.
Una ingente cantidad de empresas contaminan el ambiente, explotan indiscriminadamente los recursos como si no hubiese un mañana (ni siquiera permiten que se regeneren algunos recursos), para obtener beneficios lo más pronto posible sin pararse a pensar que a largo plazo eso terminará pasando factura, con una escasez de recursos o volviendo el ambiente inhabitable.
La contradicción total, queremos dejar un gran lugar para nuestros hijos y nietos, pero el afán del enriquecimiento en muy poco tiempo está destruyendo ese lugar. Las generaciones futuras van a vivir en un entorno muy hostil.
Y es que nuestra cultura y sociedad, nos empuja a pensar a muy corto plazo:
No dejes que llegue la vejez, ¡Viaja a destinos exóticos ya que sólo pueden ser disfrutados siendo joven! . Así que a buscarse la pasta a como de lugar para ir a esos sitios.
La vida es muy corta, ¡Disfrútala ya! Así que busca pasta rápido y como sea para consumir.
Uno nunca sabe cuando la muerte llegue a nuestra puerta, ¡no pierdas tiempo, vive la vida ya!. Igual que el anterior.
El futuro no existe, pueden pasar muchas cosas, ¡vive el presente! Igual que el anterior.
¿Para qué ahorras tanto si la inflación termina devorando esos ahorros? Consume ahora.
¿Para que tantos planes? Viene un COVID o una guerra o una enfermedad grave y a la mierda con esos planes.
Hasta algunos se la juegan con ¡Quiero disfrutar esto de joven! y cosas como el consumir tabaco, bebidas alcohólicas, trasnochar, alimentarse de comida chatarra, no cuidar la dieta, pasan una espantosa factura a futuro: dinero para intentar recuperar la salud perdida, mucho miedo, mucho dolor, tiempo en exámenes y consultas médicas, sacrificios y desesperanza.
¿Solución? Difícil, porque hay que lograr un delicado equilibrio entre lo corto, mediano y largo plazo. Más que esa dualidad que muestran en algunas películas y TV entre el "yo malo" (disfrazado de diablo) y el "yo bueno" (disfrazado de ángel), tenemos realmente un enfrentamiento entre un "yo pronto" vs "yo dentro de unos meses" vs "yo dentro de varios años".