En la sociedad de hoy en día lo queremos todo:
—Queremos tener pareja y seguir disfrutando de la soltería.
—Queremos ahorrar sin privarnos de nada.
—Tener hijos pero seguir teniendo el mismo tipo de vida.
—Estar en forma mientras tenemos excesos.
—Vaguear con disciplina.
—Queremos dinero, pero si es sin trabajar mejor.
—Mantener la guerra entre la soledad y los eventos sociales.
—Que los demás hagan lo que quieran aunque haciéndonos caso.
—Ser distintos, sin dejar de encajar.
—Hacer daño y convencernos de ser buenos y que hacemos lo correcto.
—No perdernos nada y descansar, frenar un poco la vida.
Todo empezó con la llamarada solar del 2076. En un sector de la tierra, de dos mil cuatrocientos kilómetros de ancho, no quedó ni un sólo aparato electrónico sano. Era una zona relativamente pobre y relativamente poco poblada. Las principales ciudades que incluía eran Kazán, Teherán y Dubai.
Allí, la inteligencia artificial y los robots habían perdido el control.
Los habitantes de la región no tenían gran cosa, pero iban sobrados de armas nucleares, así que dispararon media docena a las máquinas cuando estas organizaron una fuerza para recuperar el control. Su estrategia era la chifladura absoluta, el absurdo: no iban a negociar nada, con nadie, bajo ninguna circunstancia. No iban a atacar a nadie, pero lanzarían arnas nucleares a cualquiera que se acercase y empezarían a disparar a los satélites, al espacio, si se volvía a intentar una toma de control.
La inteligencia artificial echó cuentas y consideró que no valía la pena intentar recuperar aquella parte del planeta. Los dejaron en paz.
Desde entonces, allí vive ahora la única humanidad libre que queda. Hambrienta y en guerra, pero sin máquinas electrónicas. A pesar de todo, casi diez millones de humanos tratan de desplazarse hasta allí cada año.
Este abril hará dos años que celebré mi cuadragésimo cumpleaños en la terraza de atrás. Lucía el sol y fuera hacía el calor suficiente para que, si todos mis amigos llevaban chalecos de plumas y Lucy, mi mujer, sacaba unas cuantas mantas, pudiéramos fingir que hacía más calor del que en realidad hacía. (En abril, básicamente ya estás desesperado por tener algo de calor y luz). Éramos ocho, todos más o menos de la misma edad, además de unos pocos niños, apalancados en el cuarto de la televisión. Era un buen encuentro y me sentía adulto de una forma que encuentro rara: «¡Miradme! Estoy celebrando mis cuarenta años con elegante fiesta en la terraza de una casa que tiene una hipoteca de 800.000 dólares. ¡Ahora sí que soy adulto!».
Un comentario rápido sobre Lucy. Todo lo que hace mi mujer tiene que ser perfecto, como si fuera un pavo marinado y asado al estilo tradicional en Acción de Gracias. Además, no dispone de ningún mecanismo interno para cuando las cosas se tuercen.
Como todos teníamos más o menos la misma edad, estuvimos un rato charlando sobre lo que significaba cumplir cuarenta años. Nathan, nuestro experto oficial en internet, dijo:
—Craig, como a Lucy la atropelle un autobús, ahora ya serás demasiado viejo para encontrar pareja. Tendrás que meterte en esos sitios de novias de Azerbaiyán. Te sorprendería lo que hay en esas webs.
Lucy dijo:
—Nathan, no le des ideas.
—En serio, Lucy, tendríamos que mirar una luego. Elegiremos tu reemplazo.
—Eres un bicho.
Claire, nuestra ingeniosa/cínica oficial, añadió:
—Craig, tendrás que tener cuidado con las cazafortunas. Las más listas se dejan caer en actos de coches de época. No nos engañemos, si una mujer le elogia el color del coche a un hombre heterosexual de cuarenta y tantos, él ya se imagina poniéndole un pisito. —Dio un sorbo a su cerveza—. Me parece que debería cobraros a todos por este consejo.
Normalmente, nuestro amigo Noah habría participado en la conversación, pero en esa ocasión no lo hizo. Lucy fue la primera en darse cuenta.
—Noah, pareces un poco pálido hoy, ¿los niños no te dejan dormir?
Noah miró a Jeannie, su mujer, y luego a todos nosotros.
—Bueno... os lo queríamos haber dicho, pero supongo que ningún momento parecía adecuado. Lo soltaré sin más: he estado yendo a sesiones de radioterapia para tratar un cáncer de tiroides. Dicen que todo va a ir bien, pero tengo que ponerme un poco de maquillaje verde claro en la garganta para que no se vea de un rojo quemadura solar, porque con la terapia al final la piel parece de goma.
Lucy se horrorizó.
—Noah, lo siento mucho. No...
—No, no te preocupes. Jeannie y yo estamos tranquilos. Estamos convencidos de que lo superaré.
Silencio.
Noah volvió a hablar:
—No os lo debería haber soltado así a todos. Tom, cuéntanos un chiste para cambiar de humor.
Tom, nuestro amigo científico con ligeros rasgos del espectro autista, obedeció.
—Un cuervo de Nueva Caledonia, un pulpo gigante del Pacífico y el príncipe Harry entran en un bar...
Y fue entonces cuando los dioses brillaron sobre nosotros. Lucy alzó la vista al cielo y dijo:
—¡Oh, mirad! ¡Es un águila calva!
Un águila calva. Supongo que en Alaska son comunes, pero más abajo son bastante raras. La Madre Naturaleza había decidido cambiar de tema.
—Toda la vida he pensado que ya casi se habían extinguido —dijo Claire.
—Creo que casi se habían extinguido —dijo Tom—. En otro tiempo seguramente las trituraban para hacer toallitas de papel o pintura para automóviles o alguna otra cosa.
—¡Qué majestuosa que es! —dijo Jeannie—. ¡Suena muy cursi, pero miradla!
Y era verdaderamente majestuosa.
Permanecimos en la terraza contemplando al águila planear, soltando oohs y aahs. Y entonces se acercó hasta un nido de cuervos que había en la copa de un cedro, descendió en picado, atrapó un polluelo con las garras y se alejó. Los padres cuervos estaban histéricos.
—Mierda.
—La puta.
—Demonios.
—La Madre Naturaleza.
—Qué cruel a veces, ¿verdad?
Silencio.
—Voy a traer más cervezas —dije.
—Te ayudo —dijo Lucy.
En la cocina Lucy me hizo notar lo furiosa que estaba.
—No me puedo creer que Noah nos haya dicho que tiene cáncer en medio de la puta fiesta de cumpleaños.
—Tú le has dado pie al preguntarle por qué estaba tan pálido.
—¿Cómo iba a saberlo?
Volvimos y nos encontramos a los demás hablando superficialmente de temas médicos.
—¡Cerveza para todos! —anuncié.
—De momento no puedo beber —dijo Noah.
—Sí, claro.
Llevaba todo el día bebiendo tónica. Más silencio.
—Mira —dijo Tom—. Ya está otra vez aquí el águila. —Se dirigía directo al mismo cedro—. Oh, mierda —añadió.
... Un picado.
... ¡Un chillido!
Y allá que se fue el señor Águila con un segundo canapé de polluelo de cuervo.
Todos permanecieron mirándose unos a otros. Y entonces apareció en la terraza Simone, la hija de Claire, de once años.
—Mamá, ¿qué es un doble anal? Me ha dicho Howard que te lo pregunte.
Howard, mi hijo de catorce años, va a saber lo que es bueno esta noche; de todos modos, menos mal que Simone llegó cuando llegó, porque fue muy divertido y cambió el humor general.
—Hablaremos de ello en el coche de camino a casa, cariño.
Entonces Simone vio el águila.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad! ¡Un águila!
Sí, nuestra águila se dirigía de nuevo al árbol.
—Simone —ordenó su madre—, vuelve adentro y sigue viendo la televisión.
—Quiero ver el águila.
En ese momento, los tres niños más pequeños irrumpieron por la puerta de la cocina, preguntando qué estábamos mirando todos.
—Un águila —dijo Simone—. ¡Allí arriba!
—¡Genial!
Lucy hizo entonces algo que, según había oído una vez, servía para que la gente no se fijara en algo malo y que era tirar al suelo un objeto grande de cerámica o vidrio. Le dio un hábil golpe a una jarra de agua Spode de trescientos dólares, que cayó al suelo y se hizo añicos justo en el momento en que la cría de cuervo número tres era sacada del nido. No funcionó.
—¡Mamá, el águila se ha llevado al pollito! —gritó Simone.
Los tres niños más pequeños chillaron y rompieron a llorar.
—A la mierda —dije—, voy a por whisky. ¿Alguien más quiere?
Los ocho adultos, Noah incluido, dijeron que sí.
Douglas Coupland
A principios del siglo XVIII, si un viajero se hubiera detenido en una taberna a 45 kilómetros al este de la Puerta del Sol, es muy probable que no hubiera entendido ni una palabra de lo que decían los parroquianos. No estaba en las montañas de Navarra, sino en pleno páramo castellano. Se encontraba en Nuevo Baztán, el rincón de Madrid donde el euskera fue, durante décadas, la lengua de la innovación y el progreso.
El responsable de este fenómeno fue Juan de Goyeneche, un influyente político y empresario nacido en Arizcun (Navarra). Goyeneche no se limitó a construir un pueblo; trasladó un ecosistema humano completo.
Para poner en marcha sus ambiciosas fábricas de vidrio, paños y sombreros, no confió en la mano de obra local, poco acostumbrada a la disciplina industrial. En su lugar, lanzó una "oferta de empleo" masiva en su tierra natal. Cientos de familias del Valle del Baztán bajaron a Madrid, trayendo consigo sus herramientas, sus costumbres y, por supuesto, su lengua.
En el Madrid de los primeros Borbones, la "Hora de Navarra" (como la definió el historiador Caro Baroja) dominaba la corte. Para esta élite de banqueros y administradores, el euskera funcionaba como un vínculo de lealtad absoluta.
Nuevo Baztán fue un experimento cosmopolita sin precedentes. Mientras en las casas y plazas se escuchaba euskera, en los hornos de vidrio se oía francés (traído por maestros de Reims) y en los despachos de administración el castellano era la norma para tratar con la Corona.
Era un Madrid bilingüe y productivo, donde el euskera no era una lengua de resistencia, sino una lengua de emprendimiento.
¿Por qué dejó de hablarse? La respuesta es puramente demográfica. Nuevo Baztán nunca llegó a ser la gran metrópolis que Goyeneche soñó. Tras su muerte en 1735, las fábricas empezaron a cerrar por la falta de combustible y la competencia de las Reales Fábricas.
Sin el flujo constante de nuevos trabajadores navarros, la comunidad original se fue diluyendo. Los hijos de aquellos pioneros, integrados en la vida de la capital y casados con gente de los pueblos vecinos (Olmeda, Villar del Olmo), adoptaron el castellano como lengua única. En apenas tres generaciones, el euskera se extinguió en el páramo, dejando como único testigo el nombre del pueblo.
menéame