En León, de vía estrecha, eran las monjas y la FEVE.
A medida que se redujeron las vocaciones, la exclusiva del concepto fue quedando cada vez más en manos de la FEVE.
Luego, a principios de este siglo, nos prometieron convertir ese tren en un tranvía, así que quitaron el tren y nunca pusieron el tranvía.
Así que, al final, ganaron las monjas.
¿Quién lo iba a decir?
La primera vez que fui a Tarifa a ver a mi pareja llegué en autobús. Era verano, por la tarde, y la N-340 estaba colapsada desde el cruce de Bolonia como ocurre todos los veranos por la tarde. Cuando el autobús llegó a Casa Porros se veía África, o Marruecos si lo prefieres, con total claridad. Tánger y su puerto, casas diseminadas por toda su tierra, molinos de viento dando vueltas, Ceuta y la imponente Jbel Musa que confundí con Gibraltar porque me sorprendió que 14 kilómetros fueran tan escasos. En ese momento comprendí porqué el estrecho albergaba tantos muertos. Parece tan fácil… Hay días que África no se ve, no está, ha desaparecido, la han borrado. Pero no, es solo una ilusión óptica que te recuerda que no es tan fácil. Esos días, no hay muertos en el estrecho. Al menos, no de los que persiguen un sueño.
Le gustaba enseñar su casa, decía, enseñar al mundo las cosas que más le gustaban esperando que le gustaran a quien también lo veía. Para ello, tenía Instagram, Tik Tok todas las redes sociales conocidas y por conocer. Enseñaba siempre la casa, claro, en vertical, con una visión parcial, y reducida, de su hogar y el mundo. Hoy tocaba las estanterías, llena de libros. Apenas se veían dos en cada balda. Cosas del directo. Presumía de Cervantes, Clarín, la Generación del 27. Terminó el directo y no hacía otra cosa que reírse. Dos libros por balda, sí, que no había leído en su puñetera vida. Leer, vaya tontería. Volvió entonces al directo y realizó una de sus reflexiones más profundas: no hay nada como pensar. Y como no pensar. En plan. El contador estalló en likes.
menéame