La felicidad no es un refugio, ni una placenta. Es un placebo con pinchos. La felicidad es una sala de tortura. ¿Por qué del temor a los dioses en las antiguas religiones hemos pasado hoy a tener miedo a todo y de todo, sin excepción? Porque hoy todo se ha divinizado, y absolutamente todo lo que nos rodea se ha convertido en una divinidad incuestionable, intocable y sagrada, a la que hay que someterse por respeto total hacia ella. Los animales son dioses, las lenguas son divinas, los pueblos son sagrados, los sentimientos son intocables, las opiniones son dogmas, las ideologías son imperativos incuestionables, las emociones exigen devoción, la fe impone sumisión absoluta, y si todo esto no te hace feliz, es porque eres un hereje, incapaz de comprender que vives en un mundo perfecto, en el que no tienes ninguna razón para protestar. Está prohibido ser infeliz. Una ley no escrita —todavía— te lo advierte, de forma cada vez más imperativa y menos silenciosa. Ser infeliz te convierte en sospechoso de disentir con el sistema. Tal vez, incluso, en algo peor: en un enfermo mental. El sistema tratará de «curarte». Imagínate cómo.
La ley te la dictan y escriben con ladridos de perro, pero tú a un can no podrás levantarle la voz, porque no está permitido herir su sensibilidad. Ladridos, sí; petardos, no. A ti te pueden molestar; a tu mascota, no. Se nos exige vivir en los extremos de la realidad. En los más extremos, ruidosos e irracionales contrarios. Y ser feliz es obligatorio, aun cuando no haya ninguna razón para ello. Evidentemente, así no se puede vivir. Tampoco en un manicomio. Y, sin embargo, hoy, nuestras sociedades occidentales parecen haberse convertido en un manicomio de puertas abiertas. Abiertas, sí, hacia ninguna parte. El mundo se ha convertido así en algo insufrible e incompatible con la cordura animal y humana. El mundo del siglo XXI es un laberinto lleno de locos. Y nosotros estamos dentro de ese laberinto. Algunos lo llaman democracia; otros, totalitarismo. Acaso ambos tengan razón, y la única diferencia sea la perspectiva o el punto de vista que contempla una misma realidad, laberinto o manicomio, totalitarismo o democracia.
A las personas que viven obsesionadas con un ideal —ajeno a la realidad—, un ideal con frecuencia avalado por un gremio religioso, filosófico o ideológico, que hace de la felicidad bandera, les resulta muy difícil ser tolerantes con las ideas de otras personas. El ideal puede ser la felicidad, pero puede ser también cualquier otro imperativo dominante: la solidaridad, el animalismo, la libertad, el cambio climático, la izquierda o la derecha, el feminismo, la cultura, el poshumanismo, la güija o la sopa de ajo, la fe en esto o en aquello o simplemente la vida cartuja. El problema surge cuando, en nombre de un ideal, no se permite a los demás vivir en la realidad. El respeto es el reconocimiento de lo diferente en condiciones de superioridad. En condiciones de igualdad, se llama prudencia. Y en condiciones de inferioridad es, directamente, obediencia y sumisión.
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Uno de los grandes males actuales es que muchas personas han perdido el sentido numérico y son incapaces de comprender el sentido de las cantidades cuando supera ciertos niveles de magnitud, tanto por lo alto, como por lo bajo. El alcalde de Almonte (al que pertenece Matalascañas) asegura que harían falta 800.000 millones de euros para retranquear el paseo marítimo 100 metros, eliminando 300 construcciones. Los 800.000 millones de euros es la mitad del PIB anual de España y supondría que el coste por edificación sería de 2.667 millones de euros. Vamos, ni que cada una fuese el Palacio Real de Madrid.
Pero no es la única perla de anumerismo que nos ha dejado el alcalde, porque en el artículo completo de la edición impresa podemos leer que achaca todos los problemas a la construcción de un espigón en Huelva "que impide que 300 metros cúbicos de arena pasen cada año a esta playa". Esa cantidad de arena es ridícula y se podría llevar en menos de 15 camiones.


Hubo un tiempo en el que el Partido Republicano tenía un discurso relativamente sencillo de identificar. Mercado libre, Estado mínimo, defensa del comercio internacional, fe en el capitalismo sin trabas. Un conjunto de principios económicos que, con independencia de sus efectos reales, al menos ofrecía coherencia interna. Uno podía estar o no de acuerdo, pero sabía qué esperar.
Eso cambió. No de golpe, pero sí de manera profunda. Y el momento bisagra tiene nombre propio: Donald Trump.
Lo que Trump logró en 2016 no fue solo ganar unas elecciones. Fue reescribir el manual del conservadurismo estadounidense sin apenas disimulo. Y lo hizo con una operación tan audaz como contradictoria: presentarse como enemigo de las élites siendo, él mismo, un miembro destacado de ellas. Un magnate inmobiliario, criado en el privilegio, con contactos en todos los sectores del poder económico y mediático, que supo vender la idea de que representaba al hombre común frente al establishment.
No fue casualidad. Fue cálculo político. Porque Trump entendió algo que sus rivales dentro del partido aún no querían aceptar: que el discurso tradicional republicano había dejado de funcionar para amplias capas de su propio electorado.
Durante décadas, el libre comercio había sido presentado como una bendición universal. Los tratados internacionales, la globalización, la competencia sin restricciones: todo eso, según la ortodoxia republicana, beneficiaba a todos. Pero en las zonas industriales del Medio Oeste, en los pueblos mineros de Pensilvania o en las comunidades manufactureras de Ohio, esa promesa no se había cumplido. Las fábricas cerraban, los empleos desaparecían, los salarios se estancaban. Y mientras tanto, las grandes corporaciones —las mismas que financiaban las campañas republicanas— seguían acumulando beneficios récord.
Trump no inventó ese descontento. Solo supo capitalizarlo. Y lo hizo cambiando radicalmente el mensaje: el enemigo ya no era el Estado, sino China, México, los tratados comerciales injustos, las élites globalistas. De pronto, el Partido Republicano, paladín histórico del libre mercado, empezaba a hablar de aranceles, de proteccionismo, de recuperar empleos industriales aunque eso significara romper acuerdos internacionales.
El giro fue espectacular. Pero lo verdaderamente revelador no fue el cambio en sí, sino su lógica. Trump no abrazó el proteccionismo por convicción ideológica. Lo hizo porque, en ese momento, el libre mercado ya no le beneficiaba políticamente frente a economías más competitivas como la china. Cuando eres el actor más fuerte, defiendes la apertura. Cuando empiezas a perder terreno, cierras las fronteras.
No es principio. Es táctica.
Pero el cambio no se limitó a la economía. Hubo otro desplazamiento, quizá más profundo, relacionado con la forma de ejercer y comunicar el poder.
Antes, incluso los gobiernos más agresivos necesitaban disfrazar sus intenciones. Las invasiones se justificaban con informes de inteligencia, las sanciones con violaciones de derechos humanos, las intervenciones militares con la protección de la democracia. Había un código implícito: no podías decir en voz alta lo que realmente buscabas. Había que mantener, al menos, las formas.
Trump rompió ese pacto. No solo en lo discursivo, sino en lo simbólico. Cuando habló de quedarse con el petróleo de Irak, no lo dijo como desliz. Lo repitió durante años. Cuando su administración dejó claro, por boca de John Bolton, que el petróleo venezolano era parte del interés estadounidense en el cambio de régimen, tampoco hubo eufemismos. Cuando amenazó a países enteros con destrucción económica si no cedían a sus demandas, no lo envolvió en retórica diplomática. Lo tuiteó. Cuando dejó claro que Estados Unidos iría a por los recursos que considerara estratégicos, lo dijo sin rodeos.
Y eso cambió algo fundamental en la política exterior estadounidense: la máscara dejó de ser necesaria.
Los demócratas, mientras tanto, siguen utilizando el mismo lenguaje de siempre. Hablan de alianzas, de multilateralismo, de derechos humanos, de responsabilidad internacional. Mantienen la ficción de que hay un orden basado en reglas y que ellos son sus defensores. Pero cuando se les observa actuar —en Yemen, en Siria, en su apoyo incondicional a ciertos regímenes, en su uso masivo de drones—, la distancia entre el discurso y los hechos es exactamente la misma que con los republicanos. Solo que ellos aún sienten la necesidad de ocultarlo.
Trump y el nuevo republicanismo no mienten menos. Simplemente han dejado de fingir que mienten. Y eso, paradójicamente, les ha dado una ventaja comunicativa inesperada: proyectan autenticidad. Cinismo descarado, sí, pero autenticidad al fin y al cabo.
Lo más inquietante de todo esto no es que Trump haya traicionado los principios republicanos tradicionales. Es que los ha reemplazado sin que el partido, en su conjunto, haya opuesto resistencia real. Porque, al final, esos principios no eran tanto convicciones como herramientas. Funcionaban cuando servían para ganar elecciones y mantener el poder. Cuando dejaron de funcionar, se cambiaron.
El Partido Republicano ya no es el partido del libre mercado. Es el partido de lo que funcione en cada momento. Proteccionismo si es necesario, desregulación si conviene. Apelar al pueblo llano mientras se goberna para los ricos. Romper alianzas internacionales si eso rinde electoralmente, y reforzarlas si no queda más remedio.
Lo que define a este partido ya no es un conjunto de ideas, sino una disposición absoluta a cambiar de forma para conservar el poder. La serpiente muda de piel, pero sigue siendo serpiente.
Y quizá ese sea el verdadero legado de Trump: no haber inventado una nueva ideología, sino haber normalizado la ausencia de ella. Haber demostrado que se puede gobernar sin necesidad de coherencia doctrinal, solo con pragmatismo electoral y con la capacidad de leer, y explotar, el clima político del momento.
Mientras tanto, los demócratas siguen creyendo que la batalla se gana con buenos modales y discursos bien construidos. Siguen hablando de principios, de normas, de instituciones. Y siguen perdiendo terreno ante un adversario que ya no juega con esas reglas.
Porque Trump no cambió solo al Partido Republicano.
Cambió las reglas del juego político.
Y todavía no está claro si alguien, del otro lado, se ha dado cuenta.
menéame