Buenas noches. Me llamo Manuel, soy enfermero, y además profesor asociado de bioética en la Universitat de les Illes Balears. Sin embargo, usaré estos títulos como presentación, no como falacia de autoridad. Porque solo un cretino usa los títulos para asegurar que tiene razón, así que permitidme ahora argumentar mi opinión sobre la objeción de consciencia en la sanidad.
Ha salido la noticia de obligar a Ayuso a hacer un registro de médicos objetores de consciencia. Dejando aparte la justificación de que sea necesario para "esos médicos que se niegan a hacerlo en la pública y luego lo hacen en la privada" (hecho sobre el que no tengo constancia o pruebas de que ocurra habitualmente, así que no lo abordaré), abordemos un tema bastante complejo per sé con una gran pregunta:
¿Debe un profesional sanitario poder ser objetor de consciencia con el aborto u otros actos con gran repercusión bioética?
He visto muchos comentarios señalando la "puta religión" del profesional de tuno. Simplificando un acto muy complejo a un simple "quiero que hagan el aborto, ¡piensen lo que piensen!". Pero no quiero centrarme únicamente en el aborto, esa no es la pregunta que planteamos. La pregunta es si es ético y correcto que un médico, enfermero, etc... se niegue a realizar un acto que va en contra de sus creencias. En bioética hay cuatro pilares fundamentales: la autonomía (la capacidad de decidir sobre tu vida y salud), la beneficiencia (todo acto debe hacerse provocando un bien al paciente), la no maleficiencia (todo acto debe evitar en lo posible provocar un mal), y la justicia (el reparto de recursos debe ser equitativo a las necesidades).
Evidentemente, aquí el principal pilar bioético en conflicto es la autonomía del profesional vs la autonomía del paciente. La paciente (mujer gestante) desea poner fin al embarazo. El médico que en teoría debería hacerlo, no desea hacerlo por un conflicto bioético.
Esto, hablemos en plata, tiene mala solución. No solo porque no puedes realmente obligar a un médico a hacer un acto en contra de sus principios, si no porque hacerlo sería sentar un precedente peligroso que degradaría la calidad y la autonomía de todos los profesionales.
Porque claro, si planteamos obligar a nadie a realizar un acto así, ¿dónde ponemos el límite? La objeción de consciencia es un concepto necesario en ambientes donde los conflictos éticos están a la orden del día. Intntar limitar la posibilidad también supone imponer una limitación a la capacidad de oponerse o plantear oposición a una decisión difícil.
Si obligamos a un cirujano a practicar un aborto en contra de sus principios, ¿cómo podemos entonces justificar que otro profesional se niegue o plantee dudas ante una decisión mayoritariamente aceptada? No sé si estoy logrando plantear bien la pregunta, así que os pongo un ejemplo real con un paciente que tuve años ha.
Un médico me ordenó ayudarle a intubar a un paciente en una UCI. Dicho paciente había expresado en el pasado que no deseaba ser intubado, pero por A o por B, no lo dejó por escrito. Cuando el paciente empeoró, el doctor decidió intubarlo. Yo le planteé los deseos del paciente, pero el médico se reafirmó en su decisión.
Mi decisión fue negarme a participar en ello y, como era mi obligación, derivar el caso a una compañera que no tuvo problemas en asistir en la intubación. Días después, fallecido el paciente, fue precisamente mi informe sobre lo ocurrido lo que permitió empezar a replantear los protocolos y la actuación ética al respecto. Porque fui un objetor de consciencia en ese momento.
Claro, este caso parece muy extremo. Pero es mucho más común de lo que parece. Y este debate ético no era tan distinto, en el fondo: existía una posibilidad de que ese paciente se salvara (es decir, viviera más tiempo) si se intubaba (principio de beneficencia), era el recurso adecuado para su situación (principio de justicia), pero el paciente había manifestado que no quería ser intubado (principio de autonomía), y yo consideré que hacerlo suponía provocar un sufrimiento innecesario a dicho paciente (principio de no maleficencia).
Y el aborto, pese a quien pese, presenta debate muy similar: Hacer el bien y respetar la autonomía de la mujer, VS evitar un mal, como es interrumpir una gestación. Porque no nos engañemos: Incluso siendo lo más permisivos posible, al practicar un aborto se impide el potencial desarrollo de un ser humano. No digo esto como una negativa al aborto, ¡claro que no! Pero no podemos tampoco negar esta realidad al hacerlo, y muchos profesionales, incluso ateos como lo soy yo, así lo consideran.
Yo no engaño a nadie: defenderé hasta la muerte el derecho de las mujeres a realizar un aborto en condiciones de seguridad y calidad sanitaria. A pesar de que considero que el aborto implica inevitablemente un mal, y por lo tanto seré un objetor de consciencia en el (improbable) caso de que tenga que atender uno en quirófano (improbable porque yo no soy enfermero de quirófano). Esto no implica que, como es mi obligación, derivara llegado el caso a la mujer a un profesional que no objete a hacerlo.
La objeción de consciencia es necesaria para garantizar un ambiente de lata exigencia ética. Los profesionales no es que no deban temer: es que deben tener el valor de mantenerse firmes en su conclusión ética, incluso si esta va en contra de la opinión mayoritaria.
Lo último que queremos son a unos profesionales sanitarios incapaces de manifestar su oposición, ya sea de palabra o de acción, a un hecho bioético complejo. Lo último que queremos es tener a unos profesionales que actúen como robots. Porque, en ese caso, harán todo lo que se espera de ellos, sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos, lo correcto o lo incorrecto de los mismos. La objeción de consciencia no solo es recomendable: es un requisito indispensable para lograr seguir mejorando nuestra capacidad bioética.
En 1983 (año arriba año abajo), en plena pandemia de VIH y SIDA, era habitual mantener a los pacientes aislados completamente y solos, por el desconocimiento sobre la transmisión del virus. Fue un equipo de enfermería quien se negó a seguir esta costumbre cruel, y tratar a sus pacientes con compasión. Aún en contra de las órdenes médicas, y arriesgándose a las consecuencias que pudo acarrear, tanto legales como de salud.
Pero no hace falta ir tan lejos.
Objeción de consciencia es negarse a seguir una tendencia por inercia. Es reflexionar sobre lo que haces y tomar decisiones acordes. Es llegar a un sitio con un clima ético deficiente y ser la voz y el profesional que se niegue a seguir la tendencia. Estos son pequeños ejemplos de objeción: Hacer las cosas bien, ser un baluarte ético y moral, y no tener miedo en plantear tu visión de temas por definición muy complejos (como es cualquier debate bioético), ni tampoco tener miedo a las respuestas de la sociedad o de tus compañeros.
Y yo, que estoy muy a favor del derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, creo que es una inconsciencia tremenda demonizar a aquellos profesionales que apliquen la objeción de consciencia, ya sea sobre el aborto, la eutanasia, o cualquier otra situación de salud. Porque las consecuencias de no permitirles objetar serían mucho peores que su objeción de consciencia.
Un saludo, meneantes.
Durante muchos siglos, el feudalismo se nos ha presentado como un sistema económico atrasado, ineficiente y hasta profundamente injusto. Sin embargo, si mantenemos la cabeza fría, conviene preguntarse si alguno de sus mecanismos podrían en realidad ofrecernos lecciones interesantes para aplicar en la actualidad.
El feudalismo resolvía muchos de los problemas fundamentales de la organización económica. ¿Cómo? mediante una estructura muy simple que explicaré como siempre en unos puntos:
Primero) Estabilidad contractual a largo plazo. La relación entre señor y vasallo no era una transacción puntual. Era un vínculo permanente basado en obligaciones mutuas. En una economía que se caracterizaba por escasa movilidad y bajos niveles de información, este contrato implícito reducía considerablemente los costes de coordinación.
Segundo) Seguridad descentralizada. Como no había estados nacionales fuertes, los señores feudales tenían que asumir funciones que hoy asociamos principalmente al Estado. Estos son la protección militar, resolución de disputas y la administración del territorio. Aunque este sistema no era perfecto, permitía mantener un orden en territorios muy fragmentados.
Tercero) Asignación local de recursos. La gestión de la tierra se gestionaba a nivel de feudo. Esto favorecía decisiones más o menos adaptadas a las condiciones específicas de cada región. En términos modernos, se puede describir como una forma extrema de descentralización administrativa.
El feudalismo, además, tenía una característica muy interesante desde el punto de vista de la sostenibilidad fiscal. Los costes del sistema eran, en definitiva, transparentes. El campesino sabía exactamentte cuánto de su producción tenía que entregar al señor. El señor, por su parte, sabía cuántos hombres debía aportar en caso de guerra.
Obviamente el sistema tenía también sus limitaciones porque la movilidad social era mínima, no había mucha innovación económica y la jerarquía generaba profundas desigualdades.
Sin embargo, en un mundo con instituciones débiles y mercados muy poco desarrollados, el feudalismo ofrecía algo que a día de hoy se sigue buscando. Es decir, un sistema relativamente estable de obligaciones, protección y producción local.
Quizá por eso algunos elementos del feudalismo siguen reapareciendo en la modernidad como en el caso de grandes plataformas digitales o ecosistemas económicos dominados por entidades centrales.
La historia económica sugiere que las instituciones rara vez desaparecen del todo.
Los economistas solemos explicar la teoría de juegos con ejemplos de empresas o guerras comerciales. Pero algunos de los entornos donde podemos ver claramente la teoría de juegos son aquellos donde no hay ni reguladores, ni tribunales, ni contratos formales.
En los mercados clandestinos del Raval, los participantes (camellos) deben resolver problemas clásicos (coordinación / competencia) utilizando sólo su reputación, amenazas creíbles y equilibrios informales. Desde un punto de vista de la teoría de juegos, tenemos:
Dos vendedores pueden competir agresivamente por un mismo lugar o evitar problemas manteniendo zonas diferenciadas. Competir directamente puede aumentar ventas a corto plazo pero también eleva el riesgo de "liadas" y de intervenciones por parte de la policía. Por ello, en muchos casos aparece un equilibrio informal de división territorial.
Al no haber contratos legales, el sistema de reputación surge a partir de las transacciones repetidas. Un camello que engaña a los compradores tiene beneficios inmediatos pero destruye su posición futura en el mercado. Por tanto el equilibrio más estable suele ser uno de cooperación mínima basada en la reputación.
Cuando el riesgo de que venga la policía aumenta, los camellos pueden competir entre sí o cooperar indirectamente mediante señales que reduzcan su exposición.
Si os fijáis, se parece mucho a los modelos clásicos que aplicamos a mercados oligopolísticos. La diferencia es que aquí, a mi parecer, el enforcement no depende de tribunales o de contratos sino de mecanismos más informales y de una estrategia en la repetición.
La venta de cocaína funciona como un laboratorio extremo de teoría de juegos. Hay entornos donde los incentivos son claros, no hay contratos y las "liadas" pueden ser inmediatas.
menéame