Hubo un rey godo llamado Teodorico, que habitó allá por el norte de Italia en el siglo V, que tenía entre sus ministros a uno católico. Y este ministro, por agradar a su rey, abandonó el catolicismo y se hizo arriano, como su señor. Teodorico se enteró y ordenó ejecutarlo de inmediato. Cuando le preguntaron por qué tomó semejante decisión si el ministro lo hizo con su mejor intención, por agradarle, el rey contestó: "Si ha sido capaz de traicionar a su dios, no tardará mucho en traicionarme a mí".