Dos jóvenes cubanos, negros, campeones de boxeo, trataron de refugiarse en Brasil tras los recientes Juegos Panamericanos. Tenían el proyecto de trasladarse a Alemania de la mano de unos promotores profesionales con los que secretamente estaban en contacto. Fidel Castro, que es el propietario de estos muchachos, se comunicó con Lula da Silva y le exigió que colaborara con la inmediata devolución de la mercancía. Lula, que entiende la lógica de los negreros, se compadeció del viejo y enfermo dictador y mandó a la policía a realizar su trabajo.