
(No seáis cutres, si lo sabes lo sabes. No busquéis, que el premio sigue siendo con un seis y un cuatro os hago un retrato)
Casi todo el mundo ha escuchado hablar del grupo Wagner, un ejército privado de mercenarios que se hizo famoso con el tiempo, especialmente durante la guerra de Ucrania. Una rebelión del grupo Wagner, encabezada por Prigozhin durante la guerra de Ucrania contra el régimen ruso de Putin, fue neutralizada. Poco tiempo después, el grupo Wagner fue enviado a lugares lejanos, perdió contratos, fue boicoteado y Prigozhin fue asesinado junto a otras personas en un helicóptero que explotó en el aire. Algo que no me sorprendió en absoluto. A partir de ahí, se dejó de hablar paulatinamente del grupo Wagner.
Ya coexistían otros grupos parecidos a Wagner antes de su declive. Estos grupos están conformados por hombres que cobran mucho dinero por afrontar misiones con un riesgo muy elevado de morir o quedar lisiados. Son también conocidos como Shtorm-Z (Tormenta-Z en español), aunque posteriormente cambiaron el nombre a Shtorm-V. Quienes conforman estas unidades son presos que son convencidos por reclutadores enviados a las cárceles y firman un contrato. También tengo entendido que militares y soldados rusos que incumplen órdenes o cometen alguna infracción son enviados al frente para formar parte de Shtorm-Z. Ignoro si hay voluntarios idealistas o amantes de las emociones fuertes, o simplemente mercenarios en busca de grandes sumas de dinero. De eso no tengo constancia; de lo demás, sí.
No existe mucha información sobre las unidades militares penitenciarias (Shtorm-Z) en los medios occidentales. Los artículos que he leído me parecen sensacionalistas y agresivos: propaganda bélica para minar la moral del enemigo y un intento de deshumanizar en grado extremo a los miembros de estas unidades militares penitenciarias. No sé si sus fuentes son erróneas o si se trata de intoxicaciones informativas deliberadas.
Voy a contar casos reales, pero omitiendo nombres y apellidos, lugares y tipos de delito que hayan cometido.
Empecemos por el principio: las cárceles rusas tienen fama de ser extremadamente duras. Pero, como una rusa me dijo una vez: “Hay cárceles y cárceles en Rusia”. Nosotros, cuando pensamos en una cárcel rusa, pensamos en esos documentales que emiten en YouTube sobre prisiones como el famoso centro de reclusión de máxima seguridad “Delfín Negro”, donde se encuentran pedófilos o pederastas, asesinos, terroristas, caníbales y otros a los que se les da la denominación de “maníacos”.
Pero la población reclusa en Rusia es muy grande, y hay personas que han cometido delitos de asesinato, tráfico de drogas, homicidio, robo, atraco, estafa, corrupción, etc., y están presos en cárceles “normales”. Aun así, mi impresión es que la mejor de las cárceles rusas puede equivaler a la peor cárcel de algunos países occidentales.
Para muchos rusos, que el ambiente o la comida en prisión sean malos se asume con total naturalidad; con que no te torturen los guardianes, ya es una cárcel “buena”. Al igual que en España, la posesión de teléfonos móviles por parte de los presos está oficialmente prohibida. Pero también se encuentran medios para introducirlos clandestinamente y, de vez en cuando, comunicarse por vídeo con familiares, por ejemplo. Los guardianes son permisivos con algunos reclusos, a los que ya conocen desde hace años; a cambio, les dan algo de dinero por mirar hacia otro lado.
“90” es el apodo real que recibió un preso por parte de sus reclutadores de la unidad militar penal. Pero este preso tiene un nombre, un apellido, una familia (que no le dejó abandonado) y algunos amigos (su mejor amigo continúa preso), aunque como ya dije, voy a omitir ciertos detalles.
¿Por qué le llamaban “90”? Su reclutador le preguntó por su estatura. Él le dijo que medía más de 1,90 m y el reclutador respondió: “Vale, a partir de ahora te vamos a llamar 90”. Otro recibió el apodo de “9”. No sé si es una práctica común en el ejército ruso o en estos grupos militares penitenciarios poner números a sus efectivos, pero en su caso fue así.
De joven le gustaba el boxeo, entrenaba mucho y era muy valiente, según me dijo un familiar. El clásico hombre que no se arredra ante el peligro y lo afronta con temeridad. Fue condenado por homicidio (mató a un hombre con arma blanca en una reyerta) y, después de estar un breve tiempo en libertad, fue condenado por otro delito con ánimo de lucro porque no encontraba trabajo. Pasó unos 25 años aproximadamente en una cárcel rusa. Su familia le enviaba comida y ropa. A veces, su mejor amigo le dejaba su teléfono móvil para comunicarse por llamadas e incluso por videoconferencia con su familia desde la cárcel.
Rondaba casi los 60 años de edad y tenía los primeros síntomas de una enfermedad (Parkinson). Algunos se echarán las manos a la cabeza al leer esto: ¿esta gente recluta a enfermos de Parkinson? Me parece abyecto reclutar a una persona mayor con síntomas leves de Parkinson para enviarla al frente, en primera línea de fuego, dentro de una unidad penal militar y convertirla en carne de cañón, como dirían aquí. En Rusia se le denomina “carne para la picadora”.
Intentaron reclutarlo una vez, pero se negó. Sin embargo, su avanzada edad y la aparición de los primeros síntomas de Parkinson le hicieron cambiar de opinión cuando lo intentaron reclutar por segunda vez; esta vez dijo que “sí”. Por lo que me dijeron, “estaba cansado de vivir”. Y aunque le quedaban tres años de condena por cumplir, quizá se veía saliendo de prisión completamente inválido, o no quería ver la progresión de su enfermedad, o quizá no quería ser una carga para sus familiares, etc.
También escuché el testimonio de otro ex preso que estuvo con él. En este caso sí había desarraigo familiar y social. Este hombre fue herido en una pierna, pero con el dinero que ganó pudo comprarse una vivienda, tenía pensión y el Estado ruso le pagó íntegramente la prótesis para sustituir la pierna que había perdido. Aunque suene extraño, un familiar de 90 me dijo que “había tenido suerte”. También me informaron de que tanto el excombatiente como sus familiares directos tienen derecho a una serie de beneficios que el Estado otorga por haber participado directamente en una guerra o por ser familiares muy cercanos a excombatientes, una madre por ejemplo. Aunque no pregunté demasiado al respecto.
"90" fue reclutado para luchar en la guerra de Ucrania cuando el ejército ucraniano entró en el territorio ruso de Kursk. Uno de sus abuelos participó en la batalla de Kursk durante la II Guerra Mundial en el bando del Ejército Rojo de la URSS. Su abuelo iba dentro de un tanque, pero se topó con un tanque nazi que disparó primero. Él bromeaba por teléfono con un familiar: “Si me destinan a Kursk, visitaré la tumba de nuestro abuelo”.
También percibí, por lo que me contaban de él, que veía la guerra de Ucrania como una continuación de la II Guerra Mundial, donde el ejército ucraniano del régimen de Kiev serían los nuevos nazis a batir. Comentaba que muchos de ellos llevaban tatuajes y símbolos relacionados con el nazismo o con el movimiento ultranacionalista ucraniano que colaboró con el nazismo. “Son nazis”, sentenciaba.
De vez en cuando utilizaba el teléfono de un compañero y amigo de la unidad para hablar con sus seres queridos, pero solo podían hacerlo a una hora determinada por motivos de seguridad, para evitar que el enemigo conociera el contenido de sus comunicaciones y su ubicación.
Por lo que me contaron, su contrato tenía una duración de aproximadamente un año, con derecho a renovación si seguía con vida y en condiciones físicas. Tenía que combatir cerca de seis meses, luego había un periodo de descanso y después otros seis meses aproximadamente. Creo que le entregaban cerca de 8.000 euros al firmar el contrato y 4000 euros de salario mensual. Una vez que firmas, permaneces en la cárcel; pueden pasar semanas o incluso meses hasta que te llaman para alistarte. Si entonces cambias de opinión y te niegas a hacerlo, te pueden caer cuatro años más de prisión. En caso de deserción en el campo de batalla, la pena de prisión podría ascender a 20 años.
Durante varios meses estuvo combatiendo en batallas que él mismo decía que tenían un 50 % de posibilidades de sobrevivir y un 50 % de morir, aunque era una mentira piadosa para sus allegados. En realidad, el riesgo de acabar muerto o lisiado era mucho mayor.
Estuvo a punto de perder la vida en varias ocasiones. Una vez, el ejército enemigo localizó su posición: una especie de refugio cavado en la tierra, a modo de gruta, entre trincheras, donde había redes con follaje para camuflarse.
En otra ocasión, un dron empezó a perseguirlo. Él echó a correr y, justo cuando el dron estaba a punto de alcanzarlo, logró lanzarse sobre una zona con vegetación espesa y evitar así una muerte segura.
Su unidad estaba compuesta por diez hombres. Vi varias fotos: en una de ellas, nueve hombres posaban con ropa de camuflaje muy básica y varios fusiles de asalto AK.
Nunca pregunté si había matado a algún soldado enemigo ni qué tareas desempeñaba en su unidad. Pero un día un familiar me dijo que, en una misma acción de combate, había eliminado a siete militares ucranianos con un fusil de asalto, y que le iban a conceder una condecoración por ello. Aquel detalle me sorprendió bastante, pues pensaba que los destinados a las unidades militares penales solo tenían derecho a la posibilidad de indulto, reducción de condena, dinero por adelantado al firmar un contrato y un sueldo. Creía que las condecoraciones solo las recibían los militares que forman parte del ejército regular ruso. Es posible que haya matado a más militares enemigos.
Pasado un tiempo, comunicó su decisión de seguir en la unidad militar penal: “Te doy las gracias por la comida y la ropa enviadas a prisión. El dinero que gane puedes quedártelo, es para ti. Si cumplo un año de servicio militar, renovaré. Yo me muero aquí”. Esto desató las protestas entre los familiares, que empezaron a llorar y a darlo por perdido.
Un día, un familiar me enseñó un vídeo corto en el que él aparecía en plena batalla. Era un vídeo vertical: aparecía con un casco de soldado, había explosiones y en el cielo se veían varios drones. Mientras hablaba, su rostro reflejaba tensión, pero no perdía la concentración; de vez en cuando miraba de reojo hacia todos los lados. Su familiar tenía razón: “Era valiente, muy valiente”. Es muy difícil mantener la cordura en una situación así.
Su rostro presentaba varias cicatrices. En la mejilla derecha tenía una cicatriz porque, en una pelea, otro hombre le clavó un destornillador. En la mejilla izquierda tenía varias cicatrices, como si alguien con cuchillas en los dedos se las hubiera hecho. El familiar me aclaró que esas marcas fueron producto de otra pelea: recibió varios golpes de alguien que utilizó un llavero con llaves a modo de puño americano, impactando varias veces en su mejilla.
Leí un artículo de un periodista español que definía a estos hombres como “carne”, que así eran considerados por altos mandos del ejército ruso, y que no les brindaban asistencia sanitaria alguna y les dejaban morir.
Por lo que pude escuchar de boca de un familiar que estuvo hablando con "90", eso es falso. "90" y sus compañeros de unidad sufrieron una intoxicación alimentaria muy grave por ingerir comida en mal estado y fueron atendidos sanitariamente; permanecieron encamados durante un periodo de tiempo considerable. Esa enfermedad los libró durante un tiempo de ser enviados a un destino fatal.
Después de luchar varios meses en misiones arriesgadas, casi suicidas, a "90" y a sus compañeros los destinaron a tomar un lugar donde el ejército ucraniano se había hecho fuerte, en una localidad de Donetsk.
En una de sus últimas conversaciones telefónicas, le dijo a un familiar que esta vez tendría que ser muy fuerte y que si le pasaba algo, que supiera que le quería mucho. Le habían destinado a un lugar que, según decían, era “carne para la picadora”: de cada 100 hombres que enviaban, solo uno regresaba con vida y en muy mal estado físico.
Tenían que cruzar en pequeños grupos de tres hombres montados en moto, a campo abierto, una zona donde abundaban los drones en el cielo.
Y así lo hicieron: "90" y su compañero “9” cruzaron en moto el campo abierto con destino a esa localidad. La suerte jugó a su favor. Una densa niebla apareció esos días, imposibilitando que los drones del ejército enemigo hiciesen su trabajo. Contra todo pronóstico, "90" había llegado sano y salvo; su compañero “9” también. Pero su otro compañero, más joven que ellos, había desertado. Su instinto de supervivencia hizo que cogiera la moto y se dirigiera hacia el bosque. Yo, personalmente, lo entiendo perfectamente. "90" contaba que los más mayores, como él, lo llevaban bastante bien, pero los más jóvenes tenían miedo.
El 20 de diciembre de 2025, "90" se comunicó con su superior, diciendo que estaba en la zona y que, del grupo de tres del que formaba parte, uno había desertado… y sus familiares ya no recibieron más comunicaciones telefónicas.
Cuando alguien que pertenece a las unidades militares penales no da señales de vida, primero se le da por desaparecido. Si seis meses después sigue sin haber rastros que indiquen que esa persona sigue con vida, se le declara oficialmente fallecido.
Contrariamente a lo que he leído en artículos de prensa occidental, muchos familiares, amigos, compañeros y superiores de estos presos se preocupan por ellos. Incluso tienen grupos en Telegram donde intercambian información y mensajes de audio, preguntando si conocen a sus seres queridos, si saben si están vivos o dónde ubicarlos. También preguntan si hay alguna información en el Centro de Reclutamiento o en organismos internacionales como la Cruz Roja.
En el caso de "90", parece ser que falleció al pisar una mina. Los familiares anhelan recuperar el cadáver para que tenga un entierro digno en el cementerio de su localidad y puedan depositar flores. La dificultad se acrecienta al tratarse de una zona de conflicto bajo control ucraniano.
No se olvida a nadie, nada se olvida. Los héroes viven para siempre.
Como dice Aldous Huxley (EDIT: fallón mío, Antony Burgess) en su novela La naranja mecánica, y en concreto en ese último capítulo que fue eliminado tanto de la edición estadounidense como de la adaptación cinematográfica de Kubrick, este mensaje puede aceptarse o puede escupirse como una pepita. (De naranja, se sobreentiende...)
Pero vayamos al tema. Qué curioso que el establishment nos haya repetido durante años que todo lo que señalaba el feminismo sobre las estructuras sociales era una invención. Que no era real. Que, en el fondo, había biología, instinto. Y que, además, no tenía nada que ver con el sexo o el género asignado.
Ahora vemos que, si se deja circular libremente un servicio capaz de generar desnudos cosificadores en una red social, la abrumadora mayoría de las peticiones acaban siendo precisamente las sistémicas: son hombres quienes solicitan imágenes de mujeres. Eso no es una opinión. Son datos.
También comprobamos cómo quienes han corrompido a menores no pertenecían al colectivo LQTBiQa+, como se ha querido insinuar tantas veces, sino que se encontraban en lo más alto del sistema. Qué sorpresa. El mismo sistema diseñado y estructurado para mantener privilegios, usando el principo Gloebbeliano de transposición y echando mierda hacia fuera.
¿Necesitamos realmente más pruebas de que el orden social está mal planteado y de que urge transformarlo?

Foto: Steve Bannon y Jeffrey Epstein.
Llevamos años escuchando la misma cantinela: "el algoritmo favorece los contenidos de extrema derecha", "las redes sociales amplifican la polarización", "la tecnología está rota". Como si las plataformas digitales fueran criaturas autónomas con voluntad propia, como si los feeds de Facebook o los trending topics de X se generaran por algún tipo de magia oscura e incontrolable.
Es una narrativa cómoda. Despersonaliza la responsabilidad, tecnifica el debate, nos hace creer que enfrentamos un problema de ingeniería cuando en realidad estamos ante una cuestión mucho más antigua y prosaica: el poder del dinero para fabricar consenso.
Cuando hablamos del "sesgo algorítmico" que supuestamente beneficia a la ultraderecha, estamos invirtiendo causa y efecto. No es que el algoritmo tenga preferencias ideológicas programadas en su código. Lo que ocurre es mucho más simple y, a la vez, más preocupante: los algoritmos amplifican lo que funciona, y lo que funciona es aquello en lo que se invierte.
La extrema derecha global no domina el debate digital porque haya descubierto algún truco mágico en el funcionamiento de Twitter o YouTube. Lo domina porque ha construido una infraestructura de comunicación masiva, profesional y extraordinariamente bien financiada. Mientras la izquierda y el centro político debaten sobre la pureza ideológica de sus mensajes o se fragmentan en mil pequeñas causas identitarias, la derecha radical ha entendido algo fundamental: la batalla por el relato requiere inversión constante, coordinación estratégica y, sobre todo, repetición.
Pensemos en la arquitectura real de esta operación. Hay think tanks produciendo contenido sin parar, creando el marco intelectual que luego se simplifica en titulares. Hay fundaciones que financian "periodismo independiente" que casualmente coincide con determinadas líneas editoriales. Hay ejércitos de cuentas —algunas automatizadas, muchas no— que replican, comentan, comparten.
Y hay medios digitales que operan con pérdidas durante años porque detrás hay mecenas dispuestos a asumir el coste como inversión política a largo plazo. El caso de Madrid es paradigmático. La trama destapada en torno a la Comunidad de Madrid y su financiación a medios afines mediante contratos publicitarios millonarios no es una anécdota: es el manual de instrucciones. Medios como OKDiario o Periodista Digital han recibido cantidades desproporcionadas de dinero público —el de todos— para sostener líneas editoriales que casualmente amplifican el discurso del gobierno regional. Miguel Ángel Rodríguez, el gurú comunicativo de Isabel Díaz Ayuso, no ha inventado nada nuevo: simplemente ha aplicado con eficacia la vieja receta de comprar altavoces con fondos públicos y llamarlo "inversión en publicidad institucional".
No hablamos de pequeñas ayudas. Hablamos de contratos que multiplican por diez o por veinte la audiencia real de estos medios, que convierten portales digitales de dudosa credibilidad periodística en actores centrales del debate público. Y lo más importante: lo hacen con absoluta impunidad, porque la línea entre publicidad legítima y compra de línea editorial es tan difusa que resulta casi imposible de perseguir judicialmente.
Hay, en definitiva, una estrategia industrial de producción de contenido y generación de debate. No es espontáneo. No es viral en el sentido romántico de "la gente comparte lo que le emociona". Es ingeniería social aplicada con recursos prácticamente ilimitados.
Y aquí está la clave: cuando inviertes suficiente dinero en producir contenido, en pagar profesionales que sepan envolverlo en narrativas atractivas, en saturar todos los canales posibles de distribución, el algoritmo no tiene más remedio que darte visibilidad. Porque el algoritmo no es juez moral ni árbitro político. Es una calculadora que mide engagement, clics, tiempo de permanencia. Y esas métricas se pueden comprar.
La metáfora del aceite que lo inunda todo es especialmente acertada. No se trata de ganar un debate frontal con argumentos superiores. Se trata de estar en todas partes al mismo tiempo, de manera que ningún tema pueda discutirse sin que su marco interpretativo esté presente. De que cada noticia, cada controversia, cada acontecimiento político se procese automáticamente a través de sus categorías mentales.
No necesitas convencer a todo el mundo. Solo necesitas normalizar ciertas ideas, hacer que ciertos debates sean inevitables, instalar determinadas asociaciones mentales. Y para eso, la saturación funciona mejor que la persuasión. Es la vieja técnica publicitaria aplicada a la política: si ves el mismo mensaje suficientes veces, desde suficientes ángulos diferentes, acabas integrándolo como parte del paisaje natural de las ideas.
Los medios privados, muchos de ellos en crisis económica permanente, son especialmente vulnerables a esta estrategia. Cuando tu modelo de negocio se tambalea, cuando los ingresos publicitarios se han evaporado y la competencia por la atención es feroz, resulta tentador subirse a la ola de lo que "genera conversación". Y lo que genera conversación es, cada vez más, aquello que irrita, polariza, escandaliza. Aquello que, no por casualidad, la ultraderecha financia generosamente.
Mientras tanto, el resto del espectro político sigue comportándose como si estuviéramos en 1985, como si bastara con tener razón, como si la fuerza de los argumentos pudiera competir, en igualdad de condiciones, con la artillería pesada de la manipulación financiada. Hay una ingenuidad casi conmovedora en creer que la corrección factual es un escudo suficiente contra la narrativa bien producida y masivamente distribuida.
No lo es. Nunca lo ha sido en la historia de la propaganda, y no lo es ahora que la propaganda se ha vuelto fractal, omnipresente, algorítmicamente optimizada.
El debate sobre "cómo arreglar las redes sociales" es, en gran medida, una distracción. No hay nada que arreglar en el código. El problema no es técnico. Es político y, sobre todo, económico. Hasta que no estemos dispuestos a hablar claramente sobre quién financia qué, sobre cómo se construyen los consensos artificiales, sobre el papel del dinero en la fabricación de la realidad percibida, seguiremos culpando a algoritmos inocentes de crímenes cometidos por estrategas muy conscientes de lo que hacen.
menéame