El mundo siempre ha necesitado de verdugos. La existencia del verdugo es casi consustancial a la pena de muerte. Y digo casi consustancial porque, en las eras antiguas de nuestra civilización, y en distintos pueblos, ha existido la pena de muerte sin ejecutores propiamente dichos, pues matar al condenado consistía en cosas como lapidarlo en una pared, o abandonarlo en el desierto, o atarlo al suelo y después hacer pasar a una manada de caballos sobre él.