No sé si el clasismo repugnante que desprenden estos comentarios da más asco que vergüenza o más vergüenza que asco.
Insultar a Irene Montero se ha convertido en una especie de pasatiempo nacional, una variante del dominó practicada por cuñados de toda índole que plantan su exabrupto en el bar o en las redes con la misma energía con que se planta el seis doble en la mesa. Se insulta a Irene Montero, se toma uno el carajillo, suelta un eructo y adelante. Qué se debe, Paco.
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