Mi madre tenía una taberna. Cuando era niño a veces ayudaba con las mesas a cambio de una propinilla.
A diario se sentaba en un rincón un viejo, el Tío Anselmo, a tomarse un porrón. Se lo bebía despacito, lo conduraba toda la tarde. A mí me causaba repugnancia. Olía mal, a vino rancio y sudor. Era viudo y sin hijos, vestía con descuido, estaba medio ciego. No entendía por qué mi madre le seguía poniendo el porrón y aceitunas porque casi nunca lo pagaba. Le atendía el primero, aunque otros hubiesen llegado antes.
Me fui con mi primo a trabajar a Cuba, volví años después al pueblo. Mi madre era ya casi una anciana y seguía en la taberna. El Tío Anselmo era un pajarillo acurrucado en su silla de siempre, apenas vivo. Ese día, conteniendo las lágrimas, yo mismo fui a llevarle el porrón y las aceitunas.
Eran protestas previsibles. Eran integristas biologicistas. Apocalípticos y casi religiosos. Pero si ya teníamos implantes para ver, oir, movernos… la inmortalidad era sólo un paso más. Evidentemente accidentes y enfermedades aun nos podrían matar, pero los biologicistas aun protestaban. Para diferenciarlos, se barajaron varios nombres: Ciborgs, Inmortales... pero al final cuajó Tratados.
Tras el accidente del tren, muchos heridos necesitaron un transplante o donaciones de sangre, que cada vez había menos. Por presiones de los integristas, los protocolos priorizaban a los no Tratados.
menéame