Esta norma ha generado sorpresa en algunos usuarios y conviene explicarla con calma para evitar malentendidos. No está pensada para el uso normal de Menéame ni para quienes participan de buena fe, comentan, votan o simplemente leen. Quien utiliza la plataforma de manera habitual puede estar tranquilo, porque esta medida no va dirigida a él ni le afecta en su experiencia cotidiana.
La norma apunta a un perfil muy concreto y minoritario: usuarios que convierten su relación con la plataforma en un conflicto permanente, que usan comentarios, notas o artículos para hostigar a la administración, a otros usuarios o al propio proyecto, y que alimentan de forma constante un clima de desgaste, sospecha y confrontación, lo que podríamos llamar el «metamenéame» entendido como ruido tóxico y no como crítica legítima. En esos casos, si alguien quiere dedicar tiempo y energía a ese tipo de dinámica, lo razonable es que lo haga desde una posición de compromiso real con el proyecto, es decir, como suscriptor.
La lógica es sencilla. La crítica es legítima y necesaria, pero la intimidación, el acoso o la presión constante no forman parte del contrato implícito de una comunidad abierta. Quien no encaja en ese patrón no tiene nada de qué preocuparse. Quien sí lo hace, sabe perfectamente que esta norma va dirigida a él y ya ha sido advertido. Son muy pocos casos, pero suficientemente persistentes como para que haya sido necesario poner un límite claro.
Esta medida no busca recaudar, castigar ni silenciar opiniones incómodas, sino proteger el funcionamiento diario de la plataforma y a las personas que la sostienen. Si alguien quiere mantener una relación conflictiva y absorbente con Menéame, deberá hacerlo desde una suscripción que implique asumir también responsabilidades. Y si no, siempre tiene la opción de marcharse. No hay más misterio ni doble lectura.
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