Siempre los he odiado. Los gritos de los niños me retumban en la cabeza. El reguetón a todo volumen los domingos me saca de mis casillas, y odio esa peste a colonia barata que deja ella en el ascensor, cuando sale pintada como una puerta. Nunca los saludé. Nunca me saludaron. Nos bastaba con aborrecernos en silencio. Y mientras sigo atrapada en esos pensamientos, veo a los niños, sentados sobre una caja mojada en el kiosco, inmóviles, con la mirada fija en los charcos. Con el cuerpo cansado, tomo el cepillo y empiezo a empujar el agua, sin prisa, entre...