En 1914, durante una de sus rutinarias jornadas de trabajo, el librero Pedro Vindel comenzó a analizar minuciosamente un ejemplar manuscrito de la obra “De Officiis” del filósofo y orador romano Cicerón, un volumen que databa aproximadamente del s. XIV y que presentaba signos de desgaste en su encuadernación original. Al revisar la estructura interna de las tapas protectoras del libro, Vindel se percató de que el encuadernador medieval había utilizado un trozo de pergamino más antiguo para reforzar la cubierta.
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