Durante décadas, la arquitectura costera se levantó sobre una idea tan sencilla como errónea, como si la playa de la infancia, la misma que retenemos en nuestra memoria, fuera a permanecer intacta para siempre. Matalascañas es el recordatorio más reciente de un fallo de origen: las playas no son decorados imperecederos, son fronteras que tarde o temprano se las come el océano.
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Me parece un gasto totalmente inútil, la gente tiene que ser consciente de dónde ha comprado una casa.
Por cierto, la zona de Huelva es, para los que nos gusta mirar mapas, un sinfreno de estímulos continuos.