¿Y si la ineficiencia, el saqueo y la impunidad fueran el resultado exacto para el que fue diseñada nuestra arquitectura política? La propia Constitución y el desarrollo legislativo posterior se diseñaron para garantizar que el poder nunca saliera de las cúpulas de los partidos. La trampa”: diseñados para la corrupción. El sistema genera una selección inversa: no llegan arriba los mejores gestores, sino los más aptos para la supervivencia interna del partido. Esto convierte al presupuesto público en un botín a repartir.
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