Vengo a contar una historia. No un caso real, sino un casi real. Aquí lo relevante es la moraleja del final. Evidentemente, tengo que hacer la advertencia de que todo esto es ficción y no pretende representar a ninguna institución, colectivo o persona real. Ya sabéis, eso que ponen al principio de las pelis.
Vamos al lío.
Una de mis funciones en la administración es la de emitir informes jurídicos sobre si corresponde autorizar o no la apertura de centros privados, digamos, sanitarios. Mis informes son preceptivos pero no vinculantes, lo que quiere decir que yo debo hacerlos pero no obliga al alto cargo que firma la resolución final a hacerme caso. Puede ser que yo informe desfavorable y luego salga en el diario oficial que se autoriza. Está bien, es legal. Aun así, no les gusta que mis informes sean desfavorables porque, si en algún momento saltase la liebre, se vería que alguien dentro de la administración les dijo que no.
Las personas con las que trabajo a diario son, al igual que yo, infantería. Casi todos funcionarios del sector que están prestando servicios especiales en este tema y no están en su centro público de destino. Y todos, sin excepción (y con independencia de su color político) se muestran radicalmente en contra de la privatización de un servicio público esencial.
Ah, pero la caballería (los altos cargos) son otro cantar.
Desde que comencé con este trabajo me he topado con presiones para cambiar el sentido de mis informes. No algo radical. Pongamos que veo que no cumplen un requisito de espacios: yo emito un informe desfavorable pero tras reuniones con la caballería, se me dice que lo informe "favorable condicionado" a que hagan obras para que esos espacios se adapten. Agilidad administrativa, dicen. Y sería algo maravilloso si no fuese porque luego no se comprueba que efectivamente hayan hecho tales obras. Y para sorpresa de nadie, no: no las hacen.
Primer caso: un centro privado que se había autorizado hace años "favorable condicionado" a que hiciesen una obra en el sótano me viene con que quiere que le autorice la capacidad para hacer otros tratamientos. Yo pido a la inspección técnica que comprueben si tienen los medios para esos nuevos tratamientos y, además, que comprueben si hicieron esas obras de hace años que se habían comprometido a hacer.
Resultado: no, no tenían esos espacios y llevan años haciéndolo sin los medios.
Monto en cólera y con la norma en la mano hablo con la caballería diciendo que esto nos faculta para cerrarles el chiringuito porque es una sanción muy grave. Su respuesta: piensa en los pobres pacientes, si ahora les cerramos el garito a ese centro pueden ver interrumpido su tratamiento y causarles daños.
¿Qué haríais vosotros? Mi respuesta fue que se habilitasen plazas especiales en los centros públicos inmediatamente y que a chuparla, que esos pacientes demandasen al centro privado (con toda la razón) y los crujiesen.
Lo que recibí fue una mirada condescendiente. Ese centro pertenece a cierto grupo sanitario muy potente con muchos amigos del partido gobernante. No ande jodiendo. Que piense en los pacientes.
Al final no consigo sanción, pero sí, al menos, que hagan las obras a las que se habían comprometido hace años. Me voy a casa sin saber si he perdido, he ganado o he empatado.
Segundo caso: El del karma mordiéndoles el culo a esos centros privados.
Durante años los privados llevan haciendo presión y lobby para aflojar los requisitos necesarios para abrir sus centros. Tienen mucha amistad con la caballería. Si os imagináis esto como maletines con el símbolo del dólar deslizándose encima de la mesa no va así, es algo más sutil. Es amistad, compadreo, colegueo. Se conocen. Van a los mismos sitios. Se caen bien. Se hacen favores, simplemente porque igual el día de mañana te lo pido (o no). No hay una contraprestación directa. "Trátame esto con cariño".
Así que la nueva norma, en vez de endurecer los requisitos, lo ha hecho de boquilla pero nos ha quitado un arma bastante potente. Digamos que antes yo tenía un criterio objetivo para decidir si algo cumplía o no. Pongamos que antes la norma decía que para hacer radiodiagnóstico debías tener una máquina a partir del año 2006 que constase en el catálogo X y que además cumpliese con las normas ISO:200:24587. Sencillito.
Ahora la norma me dice que tengan equipos "adecuados". ¿Adecuados, cómo? Ah, bueno, que lo decida la administración. Ya sabéis: flexibilización, acabar con la burocracia, los funcionarios sólo entorpecéis. Adivinad: esto da poder a la caballería para que les permita comprar máquinas de radiodiagnóstico del Temu, o aceptarles una declaración en la que se comprometen, palabrita del niño Jesús, a actualizarla, o que les acepte un convenio con otro centro por el que deriven ahí los pacientes cada vez que quieran hacerse una radio.
Los privados aplaudían con el culo de lo contentos que estaban. Vaya aluvión de solicitudes.
Oh, pero poco les duró la alegría. Esta flexibilización no sólo se les aplica para ellos, los de aquí, los de siempre, los compadres de la caballería.
Esta flexibilización ha habilitado también a que otros privados, de fuera, vean el pastel y estén pidiendo aún más que ellos. Y los de fuera traen más pasta. Traen equipos de abogados. Son conocidos por lo duros que son peleando. No les toques las pelotas. Cada centro suyo puede atender a diez veces más personas que los centros de los colegas de aquí. Antes eran los únicos, ahora son los peces chicos.
¡Ah, los adalides del libre mercado que antes se pasaban con una sonrisa por mi despacho! De repente ya no les gusta tanto que el Estado no intervenga. De repente se dan cuenta de que estaban jugando protegidos por lo público que tanto odian. Oh, ahora ya no me hacen chistes con funcionarios que no trabajan. Ahora todo son llamadas y que "pensemos en lo nuestro" y que "hay que priorizar nuestra tierra". Ahora me piden, tócate los cojones, que sea estricto con las normas. A tomar por culo la flexibilidad y agilidad administrativa. Ah, cómo echan de menos cuando teníamos que pedir máquinas de radiodiagnóstico específicas, raras y caras.
Me cago en la puta, que se les despierta el nacionalismo a estos antaño adalides del libre mercado y el sector privado. Y sólo hizo falta que experimentasen el libre mercado y el sector privado real.
¡Y ah de la caballería, que antes criticaba mi dureza con los informes! Ahora me pide que saque punta a todo, que todo sea perfecto, que vaya a verles el más mínimo defecto a estos foráneos. Ahora hay que defender lo nuestro; aunque la caballería entiende "lo nuestro" de forma distinta a la infantería.
No deja de joderme, porque esto sólo va a empeorar aún más unos servicios a priori públicos que, además, le van a costar más dinero al usuario. Si de mí dependiese mandaba a todos ellos a tomar por culo.
Pero qué amarga alegría experimenté ese día, mientras se lo contaba al resto de mis compañeros de la infantería y todos nos imaginábamos a los compadres viendo, atónitos, lo que salía de la caja de los truenos que ellos llevan décadas intentando abrir.
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