El atentado contra el presidente fue el resultado de una suma de coincidencias, cuenta Ángel Amigo, militante de los primeros años setenta, y próximo a algunos de los líderes supervivientes de la banda terrorista de aquel tiempo como Iñaki Múgica Arregi, Ezkerra, y Juan Miguel Goiburu, Goi-herri. “ETA, tras la represión culminada con el proceso de Burgos de 1970, había renacido al incorporar a centenares de militantes de las juventudes peneuvistas. En enero de 1973 secuestró al empresario Felipe Huarte y logró 50 millones de pesetas. Robó en un polvorín en Hernani 3.075 kilogramos de dinamita. Meses antes, Eva Forest, principal colaboradora de ETA en Madrid, disidente del PCE, informó a Argala sobre las rutinas diarias del ministro-subsecretario de la Presidencia, Carrero. ETA, cuando comprobó su veracidad, pensó en secuestrarlo con la pretensión de provocar un golpe de efecto para canjearlo por sus más de 150 presos, su obsesión entonces”. Forest había conocido a Argala por mediación del padre Llanos y el jesuita vasco Iñaki O’Shea.
“Los planes de ETA —recuerda Amigo— cambiaron cuando, en junio, Franco nombró presidente del Gobierno a Carrero y reforzaron su escolta. Pero no sus rutinas. ETA descartó el secuestro por su riesgo y decidió matarlo. Tenía dinero y dinamita para hacerlo y una militancia revolucionaria con el entusiasmo del todo es posible de 1968. Tenía un ingeniero de minas y militantes que sabían manejar explosivos. Excavó un túnel debajo de la calzada por la que pasaría el coche de Carrero. El objetivo pasaba a ser la provocación de un golpe al régimen de impacto internacional cuyas consecuencias desconocíamos”, recuerda Amigo.
ETA tardó un mes en excavar el túnel, tras alquilar un sótano en la calle Claudio Coello, y colocó 70 kilos de dinamita. “Prepararon el atentado una treintena de militantes, pero lo ejecutaron tres. La