Olvidar es un superpoder colectivo: una renuncia seca, poco poética y necesaria para no romperse. Se nos olvida que el mundo funciona así y, cada vez que encontramos una prueba de su funcionamiento, nos estremecemos de sorpresa. La realidad es que el mundo lleva siendo una puta pesadilla desde siempre y la democracia un teatrillo con el telón agujereado. Hoy, la novedad no es la presión, sino el método: una versión depurada del mismo impulso donde la violencia se administra para que acabemos aceptando el mal menor.
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El problema de actuar de forma directa nos puede llevar a una gran guerra, el peligro es mucho más grande. No es lo mismo poner un portaaviones frente a las costas de Venezuela, secuestrar al Presidente de Venezuela y decir que a partir a partir de ahora el petróleo lo administra EE.UU.
Es imposible que esto pueda sostenerse. O el Congreso de EE:UU. toman el control a vamos a un conflicto.