En su pueblo natal, un rancho rural de 500 habitantes en el Bajío michoacano del que emigró hace casi tres décadas, es prácticamente forastero y también –dice– una "presa fácil". Por ello, aunque ya pasaron cuatro meses desde que llegó como deportado de Estados Unidos, prefiere "aclimatarse". Y es que ahí el narco lo domina todo: sabe de las entradas y salidas del área, decide quién puede sembrar los campos, controla el precio de la canasta básica o fija el "derecho a piso" que se debe pagar por abrir una tienda en el pueblo.
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Desde que los criollos tomaron el poder en nueva España, Mexico no ha hecho más que hundirsa más y más. youtu.be/PYyApIItPqA?is=CkKdEJi8NFGag-sf