Andrada despertó antes del amanecer, no por disciplina ni por misticismo, sino porque el sueño se le había roto a mitad. La casa estaba fría, y él caminó a oscuras como quien ya no espera nada del día. No encendió luces: la penumbra era un viejo hábito, casi un refugio. En el espejo del pasillo vio su cara sin adornos: ojeras, piel tirante, un gesto que no sabía si era cansancio o fastidio. Se acercó un poco, como si buscara una grieta en su propio reflejo. No encontró nada. Solo esa expresión …