Calçotada

Cabecea sentado en el suelo, la espalda contra la pared del chamizo. La higuera, como una celosía, proyecta sombras y claros agitados por la brisa. Al alcance de la mano un vaso, con hielo y tres dedos de vermut, y un platillo con arbequinas.

Los que se van alejando de la juventud preparan las brasas. Los pequeños saltan y juegan junto al que consideran abuelo común, que ríe como si tuviera noventa años menos.

No cree, esto no es una recompensa que él se haya ganado. No más que tantos niños que sufren sin culpa. Más bien es lo que le ha tocado con algunos números que compró durante la vida. Hay quien dirá que esto no es el gordo, justito la pedrea. Seguramente. Pero, ahora mismo, no lo cambiaría por nada.