Durante siglos, iglesias y catedrales no solo servían para orientar a los fieles hacia Dios, sino también para marcar las jerarquías del poder terrenal tras la muerte. Mientras el pueblo llano era sepultado en camposantos exteriores, expuestos a los elementos y al olvido, la nobleza y la alta burguesía libraban una batalla silenciosa por ocupar cada centímetro de suelo bajo las naves sagradas. Hacerse enterrar en una iglesia no era una cuestión de estética, sino de «seguro de vida» espiritual.
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